Francisco y Jacinta: Dos historias de amor a Jesús y María

Fátima

Francisco José García, Presbítero | El sábado 13 de mayo del año 2000, fiesta de Nuestra Señora de Fátima, el Papa Juan Pablo II beatificó a dos de los tres videntes que tuvieron la gracia de ver a la Virgen María en Fátima: Francisco y Jacinta Marto. Dos niños que, a pesar de su corta edad fueron elegidos por Dios, junto con su prima Lucía, para entregarse a una vida de oración intensa y sacrificios voluntarios y consolar, de esta manera, a Jesús y María procurando reparar sus corazones ofendidos. 14 años después de la beatificación de estos pastorcitos en Fátima, Juan Pablo II ha sido canonizado en Roma por el Papa Francisco, juntamente con Juan XXIII, convirtiéndose ambos Papas en intercesores para todos los cristianos. Queremos fijarnos en algunos aspectos de la vida de Francisco y Jacinta Marto que pueden ayudarnos para nuestra vida de creyentes.

 
Francisco Marto y su mayor deseo: consolar a Jesús

Francisco Marto nació el 11 de junio de 1908 y fue bautizado el día 20 del mismo mes. Algunos rasgos de su carácter pueden señalarnos cómo era: tranquilo, pacífico y tímido. Cuando en los juegos, alguno se empeñaba en negarle sus derechos de ganador, cedía sin ninguna resistencia y se limitaba a decir: ¿Piensas que has ganado tú? Está bien, eso no me importa. Su juego preferido era la brisca, y una de sus mayores aficiones era tocar la flauta. Además, le gustaban mucho los pájaros, y no soportaba que les robasen los nidos; incluso hacía migas siempre con una parte del pan que llevaba de merienda para que las comiesen los pájaros.

Francisco

Tenía una sensibilidad y delicadeza especiales, y por eso, encontró su vocación en consolar a nuestro Dios que sufre por los pecados de toda la humanidad. Su padre una noche le oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba, a lo que Francisco respondió: Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra Él. Aquellas palabras de María en una de las apariciones le quedaron grabadas en su corazón: No ofendan más a nuestro Señor que ya está muy ofendido. Desde entonces, buscaba continuamente cómo sacrificarse para desagraviar a Jesús por los pecados de todos los hombres; se adentró en una profunda vida de oración, rezaba las oraciones que había aprendido de parte del Ángel de la Paz y también contemplaba los misterios del Santo Rosario. Cuando realizaba sacrificios, prefería la intimidad, ocultándose de Jacinta y Lucía. No pocas veces le sorprendían detrás de un matorral o una pared, y le descubrían arrodillado, rezando, para que nuestro Señor no estuviera triste.

Su amor a Dios se manifestó especialmente en su devoción a la Eucaristía. Pasaba largas horas adorando a Jesús sacramentado. Él lo llamaba “Jesús escondido”. No se cansaba de repetir ante Él aquella oración que les enseñó el Ángel: Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo; te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman.

En octubre de 1918 cayó enfermo y murió el 4 de abril de 1919. Tenía 10 años. Durante este tiempo ofreció todas sus dolencias a Dios para desagraviar su corazón por las ofensas de los hombres. Lo sufro todo por amor de Nuestro Señor y de Nuestra Señora, respondía.

 
Jacinta Marto y su baluarte: el Corazón Inmaculado de María

Nació el 11 de marzo de 1910 en Aljustrel, y era hermana de Francisco. Tenía un carácter demasiado susceptible, y en ocasiones resultaba ser muy antipática. Uno de sus juegos preferidos era el de los botones, es decir, el que perdía debía entregar un botón suyo al que ganaba, y de esta forma, Jacinta solía hacerse con casi todos los botones. Tenía predilección por la danza, por eso muchas veces pedía a su hermano que tocara la flauta y rápidamente se ponía a cantar y a bailar. Era muy sensible y sintió mucho la muerte prematura de su hermano. Muchas veces, después de este suceso, la encontraban sola y meditabunda: Pienso en Francisco. ¡Quién me diera poder verlo! respondía a los que la interrogaban.

Jacinta

Cuando se acercaba el momento de su muerte, también prematura, como la de su hermano, no se cansaba de repetir estas palabras a Lucía: ¡Nunca más te volveré a ver, ni a ti, ni a mi madre, ni a mis hermanos, ni a mi padre! Reza mucho por mí, hasta que yo vaya al cielo. Después allí, yo pediré por ti. Ama mucho a Jesús, al Inmaculado Corazón de María y haz muchos sacrificios por los pecadores. Ya falta poco para ir al cielo. Tú te quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando hayas de decir esto no te escondas. Di a todo el mundo que Dios nos concede todas las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. ¡Si yo pudiese meter en el corazón de todos los hombres el fuego que tengo aquí, dentro del pecho, que me está quemando y que me hace querer tanto al Corazón de Jesús y al Corazón de María…!

Murió el día 20 de febrero de 1920. Su prima Lucía dedicó a Jacinta en sus “Memorias” una poesía que demuestra la relación tan estrecha que existía entre ellas: Oh tú que la tierra pasaste volando, Jacinta querida, en vivo dolor de Jesús amando, no olvides la oración que yo te pedía. Sé mi amiga ante el trono de la Virgen María, lirio de candor, perla brillante. ¡Oh! Allá en el cielo, donde vives triunfante, serafín de amor, con tu hermanito, ruega por mí a los pies del Señor.

Francisco y Jacinta, de quienes hemos querido resaltar algunas pinceladas de su corta vida, vivieron dos historias auténticas y paralelas de amor a Jesús y María. Habiendo celebrado un año más la fiesta de la Virgen de Fátima, queremos invocar la intercesión de estos dos beatos, así como la de Juan Pablo II, recientemente canonizado, y en cuya vida la Virgen de Fátima tuvo tanto que ver. ¡Beatos Francisco y Jacinta: rogad por nosotros!

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