Diecinueve

Pizarra

Ana Isabel Carballo | Raúl escuchó atentamente la lectura de esa mañana, levantó la mano y con gran curiosidad le preguntó a la maestra:

– ¿Qué es la avaricia?

La maestra no le mandó buscar en el diccionario, ni le dijo que a su edad ya debería saberlo, ni siquiera le dio ella una definición… sino que, como siempre hacía, se levantó de su mesa, bebió un poco de agua y, cuando vio todas las miradas esperando una respuesta, comenzó su historia:

Había una vez un empresario que debía cubrir la vacante a subdirector. La persona que lo había ocupado hasta el momento era un hombre responsable, trabajador y fiel, por lo que no quería que estas tres cosas cambiasen con el nuevo ocupante del puesto. Eso sí, quería una cosa más: estaba cansado de la seriedad de su trabajo y necesitaba a su lado a alguien sumamente feliz. De entre todos los candidatos que tenía en su empresa, escogió a las dos personas más alegres, fieles, trabajadoras y responsables. Durante varios días, estos hombres lo dieron todo para demostrar que todo eso que se les pedía lo cumplían con creces y, lo más importante, ninguno de ellos perdió su sonrisa ni mostró ninguna mala cara por cansancio o incomodidad en su trabajo. Pero el empresario, antes de decidir cuál de los dos alcanzaría definitivamente el puesto, decidió hacerles la “prueba del diecinueve”:

Después de un largo día de trabajo, ambos trabajadores llegaron a sus respectivas casas y la sorpresa de los dos fue grande cuando, colgada en el pomo de su puerta, había una bolsita de terciopelo negra con una nota que decía: “Todo esto te lo has ganado por tu fidelidad a la empresa”.

Emocionado, el primer hombre entró en su casa, abrió la bolsita, la vació encima de la mesa y comprobó que en su interior había diecinueve diamantes. Una gran alegría le embargó el alma y comenzó a pensar todo lo que podría hacer con aquellos diamantes. Para empezar, podría dejar ya de trabajar duro, pues su futuro estaba asegurado. Y no solo el de él, sino el de su mujer y sus hijos a los que podría darles una vida feliz. Lleno de alegría fue a buscar a su mujer para darle la buena noticia. Cuando volvieron a la mesa del salón donde estaban colocados en una correcta línea horizontal los diamantes, comenzó a contarlos de nuevo. Uno, dos, tres, cuatro… dieciocho, diecinueve… ¿Y el veinte? ¿Dónde estaba el diamante número veinte? El matrimonio contó una y otra vez los diamantes y la cuenta seguía siendo la misma: diecinueve. Buscaron en la bolsita negra aterciopelada, nada; se agacharon para rebuscar entre la alfombra, nada; siguieron todos los pasos que había hecho el marido desde que llegó a casa y… nada.

Aceptaron que no habían perdido ningún diamante sino que en realidad solo había diecinueve. Entonces el hombre comenzó a calcular que si trabajaba unas horas extras cada día, podría conseguir el diamante número veinte en cuarenta años. Pero eso era mucho tiempo, necesitaba tener los veinte diamantes en menos tiempo. Entonces pensó que, después de trabajar en la empresa, podría buscar otro trabajo por las tardes, así en quince años conseguiría su diamante. Pero aun así era mucho tiempo para esperar al veinte. Su mujer, entonces, comentó que si ella trabajaba también, podrían conseguirlo en diez años. Así dispusieron y comenzaron a trabajar duramente por conseguir su veinteavo diamante.

Fueron pasando los días y aquel hombre comenzó a agotarse. Su vida familiar estaba empezando a sufrirlo también: sus hijos ya no le veían, pues ni comía en casa ni llegaba a tiempo para verlos antes de que estuvieran dormidos; su mujer también llegaba cansada y aburrida y, entre los dos, solo tenían el tiempo suficiente para hacer las tareas de casa necesarias, después de las cuales se iban a dormir agotados.

¿Y qué pasó con el otro candidato al puesto? Este hombre cogió su bolsita de terciopelo negro, llamó a su mujer y a sus dos hijos y entre todos descubrieron lo que había en su interior. ¡Diecinueve diamantes! Con esos diecinueve diamantes podían dejar de trabajar y ser felices toda su vida. Comenzaron a hacer montoncitos para repartirlos, pero siempre quedaba un montoncito con un diamante menos. Entonces, el hijo pequeño propuso que por qué no se quedaban con un número par de diamantes y los otros los donaban. A todos los miembros de la familia les pareció una idea estupenda. Recogieron los diamantes que les habían tocado y siguieron con sus vidas como hasta ahora, con la felicidad que muchos habían envidiado.

¿Y el empresario? ¿Qué decidió? Nuestro empresario comprobó que cada día el primero de los candidatos, venía más triste al trabajo, incluso alguna vez le había contestado de malas maneras; su trabajo se había vuelto más pobre y lento y ya no le proporcionaba la alegría de antes. La elección fue fácil, el segundo candidato siguió trabajando como siempre, feliz y fiel a la empresa, por lo que el puesto fue para él.

La avaricia demostró una vez más el poder destructor que tiene en las personas; y la bondad, demostró que el compartir con los demás hace felices a todos.

– ¿Sabéis ya lo que es la avaricia? –preguntó la maestra.

Las caras de satisfacción de sus alumnos daban la respuesta.

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