Corazón de Jesús, fuente de vida y santidad (1ª parte)

Cristo con la Samaritana
Cristo con la Samaritana (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | «Fueron los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con él, pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,32-34).

Esta es una escena con una gran concentración de detalles, con una carga simbólica muy notable. Es el punto culminante donde san Juan nos hace ver el signo escatológico. Los signos, en san Juan, son los milagros hasta el último que es la resurrección de Lázaro. Pues bien, este momento es el signo último, signo definitivo, englobante de todos ellos. Aquí Cristo manifiesta plenamente su Gloria. Y la Gloria es la manifestación de la Bondad de Dios.

De ese Vaso de alabastro (Mt 26,7; Mc 14,3; Jn 12,3) precioso que es la Humanidad de Cristo, de esa Roca (1 Cor 10,4) golpeada por la lanza del centurión romano, que la tradición llama Longinos, de ese Templo (Jn 2,21), del lado derecho, brotan sangre y agua. Esto es lo que suscita la reacción de asombro del testigo y por eso el versículo siguiente es tan machacón. «Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,33-34).

Fijémonos que un muerto es herido ulteriormente y del cual antes de que se presente resucitado (las apariciones, etc.), está dando vida porque la sangre y el agua son la sede de la vida. Ciertamente, habrá explicaciones de tipo anatómico de este acontecimiento pero la mirada del discípulo amado, la mirada del creyente que está al pie de ese crucificado, descubre anticipadamente la unidad del misterio, lo que nosotros llamamos el misterio pascual: el misterio de muerte y resurrección, está aquí, en este costado abierto del que brotan sangre y agua, vida y santidad. «El que lo vio lo atestigua, su testimonio es válido y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: “No le quebrarán hueso alguno”» —referido a las prescripciones respecto al cordero pascual y—, «mirarán al que traspasaron» (Jn 19,35-37). San Juan está verificando aquí la profecía del libro de Zacarías en la que ahora vamos a adentrarnos un poco.

Tras morir es atravesado y antes de la Pascua brota de él la vida. En su interior se ha formado ese río de agua viva que nos descubre la lanzada del costado, y que es el Espíritu Santo. Es necesario recurrir a descubrir la plenitud de esta escena en esas palabras de Jn 7 donde Cristo habla cuando sube a la fiesta de las Tiendas, el último día de las fiestas, el más solemne. Jesús puesto en pie gritó: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí» (Jn 7,37). Ir a él y creer tiene el mismo significado: «Nadie viene a mí si el Padre no le atrae» (Jn 6,44); «el que cree en mí tiene vida eterna» (Jn 6,47). Y a continuación, «como dice la Escritura, de su seno correrán ríos de agua viva» (Jn 7,38): es una traducción que significa lo interior; propiamente la palabra ahí no es corazón (kardia), sino koilia. «De sus entrañas», de su interior, «correrán ríos de agua viva. Y esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él». Es decir, del interior de Cristo, de sus entrañas, brotan esos ríos de agua viva que son el Espíritu y que recibirían los que creyeran en él, los que le miraran con mirada salvadora, con mirada de fe.

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