Comentario al Veni Sancte Spiritus (XI)

Lluvia

Luis Mª Mendizábal, Ex director Nacional del APOR

Riega lo que está seco, árido. La pereza la esterilidad la impotencia de hacer es lo que se llama aridez, sequedad. No debemos resignarnos nunca a la aridez en nuestra vida espiritual aunque es un hecho que se encuentra con cierta frecuencia. Es normal que haya altos y bajos en la vida del espíritu. En cuanto toca al fervor espiritual tenemos que aceptar esa aridez durante el tiempo en el que se abate sobre nosotros. Reconocer que es verdad, que me encuentro en aridez pero no revelarnos entonces. Se trata de estar resignados en medio de la aridez, pero no resignarnos a la aridez. Cuando la aridez no es ya sufrimiento no es buena señal. Debemos desear la devoción de la que tenemos necesidad para servir a Dios, esto no quiere decir que debamos impacientarnos ni agitarnos y que queramos violentar a la gracia. Lo que debemos hacer primero es aceptar la prueba y luego gemir serenamente –que no significa con indolencia–, por las aguas y riegos de la devoción, por el don del Espíritu, cooperando con la purificación y sincera abnegación que abren las puertas a que el Espíritu derrame a raudales sus aguas.

Riega lo que está seco. Dios sabe cambiar el desierto en manantial. El riego sobre la sequedad no se traduce siempre en fruto y efecto sensible, en la inmediata cesación del estado de aridez. Sobre todo tratándose de almas que avanzan suele suceder que el vigor y la renovación del corazón se comunican secretamente, como respuesta secreta en la fidelidad con que se mantiene ante Dios sin experimentar consuelo. Este consuelo se siente en sus efectos y es tanto más profundo y eficaz cuanto menos sensible.

Esta invocación se puede hacer también en nuestras dificultades de oración y en las dificultades para penetrar y gustar el sentido del Evangelio. Riega lo que está seco. ¡Padre, en Nombre de Jesús, dame tu Espíritu! Entonces pedimos y el Espíritu Santo suele concederlo, que ponga nuestro corazón en movimiento, que nos ayude a que las verdades evangélicas se graben y se arraiguen en el alma, que ablande nuestra dureza insensible.

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Cura lo que está herido. Está herido el hombre cuando no funciona bien como dice el Señor en la parábola del buen samaritano al hablar de aquel hombre que quedo medio muerto. Ese es el hombre herido, vulnerado. Todos nos encontramos en el estado de aquel hombre del que habla el Señor. Los cuidados procurados por el buen samaritano, imagen de Cristo, nos lo administra por el Espíritu Santo. El aceite y el vino que Jesucristo deposita sobre nuestras llagas es el Espíritu que se unge sobre las heridas que necesitan de curación.

En general hay dos etapas de conversión que corresponden a la doble operación del Espíritu Santo. La primera es un movimiento hacia la gracia, la segunda es el progreso espiritual. Es normal en el progreso espiritual que se realice lo que Jesús expone en la parábola de la oveja perdida, a saber, que cuando el pastor encuentra la oveja perdida la lleva sobre sus hombros para unirla a las demás ovejas y hacerla llegar hasta el redil paterno y dice expresamente Jesús que el pastor las toma sobre sus hombros. Esto no es signo de pereza por parte de la oveja, la lleva sobre los hombros porque esta herida. El Señor cuenta, pues, con las heridas de las ovejas que lleva hacia el Padre. Por lo tanto esto entra plenamente en los planes de Dios y no nos debe asombrar absolutamente el que nos encontremos heridos.

Pedimos al Espíritu Santo que nos cure de esas heridas conocidas o desconocidas. Efectivamente, la vida de fervor remedia las heridas. Es verdad que el Espíritu Santo no habita, ni siquiera visita al alma, que se obstina en pecar; pero aun se aleja más del alma que se cree sin herida del pecado. Llamamos, pues, al Espíritu Santo no porque nos sentimos dignos de su presencia si no como el enfermo llama al médico, pues no son los sanos los que tienen necesidad del médico si no los que se encuentran enfermos.

También se puede aplicar esta petición de curar la herida en un sentido más elevado de vida espiritual. Hay en efecto otra herida en el hombre causada por el Espíritu, causada por el amor. San Juan de la Cruz nos habla de ella: “y todos cuantos vagan de ti me van mil gracias refiriendo y todos más me llagan y déjame muriendo un no sé qué, que me quedan balbuciendo“. Lo que está herido entonces es el corazón mismo por las heridas del amor divino y el remedio de esas heridas, que aquí se invoca y que cura lo que está herido, no es otro si no que el amor mismo; como también lo expresa el mismo San Juan de la Cruz diciendo “mira que la herida de amor que no se cura si no con la presencia y la figura”.

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