Pentecostés, la llegada del Espíritu Santo

Pentecostés

Francisco Castro, Diácono Permanente | “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestare. Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo”. (Hch 2,1-5)

Con estas palabras el evangelista San Lucas narra en los Hechos de los Apóstoles la llegada del Espíritu Santo el día de Pentecostés.

Durante cincuenta días los cristianos hemos disfrutado de la alegría de la Pascua. Y como nos indicaba nuestra querida coordinadora Mercedes Luján en el último editorial de esta revista: “La alegría pascual engrandece nuestra alma en agradecimiento al Señor y dilata nuestro corazón para clamar y pedir el Espíritu SantoEse mismo Espíritu que descendió sobre aquella primera comunidad cristiana y ese mismo Espíritu que es capaz de transformar nuestro corazón en uno semejante al Suyo”.

El tiempo pascual que hemos vivido con gozo, guiados por la liturgia de la Iglesia, ha sido por excelencia el tiempo del Espíritu Santo, donado sin medida (Jn 3,34) por Jesús crucificado y resucitado. Un tiempo de gracia que concluye con la fiesta de Pentecostés, en la que la Iglesia revive la efusión del Espíritu sobre María y los Apóstoles reunidos en oración en el cenáculo.

Los judíos llamaban Pentecostés o fiesta de las semanas a la fiesta de la recolección agrícola (Ex 23,14-16). Los cristianos, ya desde muy antiguo, llamamos así tanto a la cincuentena pascual (las siete semanas de prolongación de la Pascua) como al día último, el que hace el día número 50. Para nosotros, este día ha estado siempre marcado por la venida del Espíritu Santo sobre la comunidad apostólica, a los cincuenta días de la resurrección de Jesús (Hch 2,1). Es, por tanto, la plenitud y la madurez de la Pascua, el mejor don que el Señor Resucitado hizo y sigue haciendo a su comunidad: “su Espíritu”. Aquel día quedó llena de vida la comunidad cristiana y empezó su apertura misionera, animada por el Espíritu, predicando el mensaje de Cristo a todas las naciones.

Desde el día de Pentecostés, en que la venida del Espíritu transformó a la primera comunidad, Él es en todos los aspectos de nuestra vida la fuerza viva en la evangelización, en la construcción de la fraternidad, en el testimonio de amor y de unidad y en la celebración litúrgica y en la oración.

El Espíritu Santo es el que nos prepara para recibir a Cristo, quien nos trae continuamente a la memoria lo que Cristo nos ha dicho, es quien actualiza su misterio salvador de Pascua. Él es quien, invocado por la Iglesia en la oración de la epíclesis, sobre el agua, sobre los óleos, el pan y vino, los ordenados, los enfermos, los novios, da eficacia a todos los sacramentos.

En el Credo profesamos con fe: «Creo en el Espíritu Santo que es Señor y da la vida». La primera verdad a la que adherimos en el Credo es que el Espíritu Santo es Kyrios, es Señor. Ello significa que Él es verdaderamente Dios como lo son el Padre y el Hijo, objeto, por parte nuestra, del mismo acto de adoración y de glorificación que dirigimos al Padre y al Hijo.

El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; es el gran don de Cristo Resucitado que abre nuestra mente y nuestro corazón a la fe en Jesús como el Hijo enviado por el Padre y que nos guía a la amistad, a la comunión con Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que el Espíritu Santo con su gracia es el primero que nos despierta a la fe y nos inicia en la vida nueva que es conocer al único Dios verdadero y a su enviado, Jesucristo.

Para Santa Teresa de Jesús el Espíritu Santo, es “como un fuerte huracán, hace adelantar más en una hora la manecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas”.

Benedicto XVI afirmó que el Espíritu Santo nos impulsa a encontrarnos con el otro, enciende en nosotros el fuego del amor, y nos convierte en misioneros del amor de Dios.

Sigamos el consejo del Papa Francisco: “Dejémonos guiar por el Espíritu Santo. Dejemos que Él nos hable al corazón y nos diga esto: que Dios es amor, que Él nos espera siempre, que Él es el Padre y nos ama como verdadero papá; nos ama verdaderamente. Y esto sólo lo dice el Espíritu Santo al corazón. Sintamos al Espíritu Santo, escuchemos al Espíritu Santo y vayamos adelante por este camino del amor, de la misericordia, y del perdón”.

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