¿Nos dejamos lavar los pies por Cristo?

Cristo lavando los pies de los apóstoles
Cristo lavando los pies de los apóstoles (Maestro del libro de casa)

Fr. Rafael Pascual Elías, OCD | La vida de un católico no se entiende sin la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Es el centro de la fe y de la vida de oración. Nuestra fe se apoya en la acción de Dios en la historia y el momento culmen es el que acabamos de mostrar. La oración cristiana es cooperación con la providencia divina y su designio de amor hacia los hombres. ¿Y dónde se entiende a la perfección todo esto? Pues es esos momentos donde Cristo entrega todo al Padre y tras pasar por el sepulcro resucita y nos abre las puertas de la salvación.

Aquí tenemos que poner nuestra atención cuando vayamos a la oración. Si acudimos a los grandes místicos, nos encontramos con que todos meditan y oran a fondo las escenas de la Pasión y la Resurrección. Sin estos pasajes la vida de oración no puede tener fuerza. No se puede entrar en diálogo íntimo con Dios si antes no le acompañamos en los momentos donde está más solo, sufre más y al final muere para después resucitar.

Los maestros de oración no sólo rezan de un modo único teniendo en su corazón la Pasión y Resurrección de Jesucristo, sino que además lo ponen por escrito. Basta leer el Libro de oración y meditación de Fray Luis de Granada. Él, como tantos enamorados de Dios, escribe meditaciones para cada día de la semana. Con ello reza él y los que leen dichas oraciones vivas puestas por escrito. La misma Santa Teresa de Jesús recomienda la lectura de esta obra. Fray Luis recorre la Pasión día a día. Veámoslo de modo breve:

El lunes el lavatorio de los pies y la institución de la eucaristía; el martes la oración del huerto de los olivos y el prendimiento de Cristo; el miércoles los trabajos pasados la noche de su arresto, las negaciones de San Pedro y la flagelación; el jueves la coronación de espinas, la presentación a la gente antes de condenarlo a muerte y el camino del Calvario; el viernes el misterio de la cruz y la unión de la Madre con el Hijo; el sábado la lanzada, el descendimiento y llanto de María con su Hijo muerto; y el domingo la Resurrección. Todo esto para orar por la mañana. Por la noche propone algo más personal que nos ayuda también mucho.

Antes de dormir es bueno meditar sobre nuestro propio conocimiento personal y cuáles son nuestros pecados (lunes), la condición y miserias de la vida (martes), el paso de la muerte (miércoles), el juicio final (jueves), las penas del infierno (viernes), la bienaventuranza de la gloria (sábado) y los beneficios divinos (domingo).

¿Alguien encuentra un plan mejor para esta Cuaresma y Semana Santa? ¿Por qué no seguimos a Fray Luis de Granada y hacemos caso a Santa Teresa? ¿Empezamos a buscar libros espirituales que nos ayuden a crecer en nuestra vida de fe al ser fuente de oración para entrar cada vez más y con más profundidad en el Corazón de Cristo? Y ahora vamos vas más allá, utilicemos los medios que tenemos a nuestra disposición para descubrir otros místicos que nos hablan de la Pasión y la Resurrección del Hijo de Dios, nuestro Salvador, de una manera íntima, orante y contagiosa. Así nos podemos meter de lleno en meditar y hacer nuestros esos relatos evangélicos sobre los que descansa el fundamento de la Iglesia. Además nos sirven de aliento, inspiración y fuente de consuelo para todo aquello que sale en nuestro camino y nos cuesta entender y superar. ¿Alguna duda?

Empezamos por lo fácil, por lo que ya conocemos, por lo que nos relata Fray Luis de Granada a la hora de dar el primer paso. Introduzcámonos en la escena del lavatorio de los pies y oremos de corazón al ver a Cristo arrodillado como esclavo que lava los pies a su amo:

“Contempla en esta Cena, a tu dulce y benigno Jesús, y mira el ejemplo de inestimable humildad que aquí te da, levantándose de la mesa y lavando los pies a sus discípulos. Oh buen Jesús, ¿qué es eso que haces? Oh dulce Jesús, ¿por qué tanto se humilla tu Majestad? ¿Qué sintieras, ánima mía, si vieras allí a Dios arrodillado ante los pies de los hombres y antes los pies de Judas? ¿Cómo no se te ablanda el corazón con esa tan grande humildad? ¿Cómo no se te rompen las entrañas en esa tan grande mansedumbre? ¿Es posible que hayas determinado vender a este mansísimo Cordero? ¿Es posible que no te hayas compungido con este ejemplo? […] Oh apóstoles bienaventurados, ¿cómo no tembláis viendo tan grande humildad? Pedro, ¿qué haces? ¿Por ventura consentirás que el Señor de la majestad te lave los pies?” (Libro de oración y meditación n. 208).

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