¿Te puedo llamar Madre?

Calvario
Calvario (Ribera)

Silvia María Alfonso (artículo recuperado del número 94 de la revista)

Mujer, he aquí a tu hijo

Cada escena del Evangelio es parte de la Revelación, es decir, de aquello que Dios en su amor infinito quiere expresarme porque es importante para mí ¡y para Él que a mí me llegue! Dentro de esta Revelación son especialmente importantes algunos momentos que llevan encerrado un tesoro de intimidad, por ejemplo aquellas conversaciones a solas de Jesús con Nicodemo, con la Samaritana, con Zaqueo, con María Magdalena… En este sentido tienen una especialísima importancia los últimos momentos de amistad, de despedida y de entrega que ocurren en la Última Cena y toda la Pasión.

Detenemos nuestra mirada en el Calvario, donde sucede una de estas escenas de revelación que nos desvela los sentimientos más profundos de Cristo en su agonía. El Mesías crucificado, al final de su vida terrena, saciado de dolor pero con el corazón feliz de entregarse en totalidad por sus hermanos, mira a su Madre y al discípulo a quien amaba y establece relaciones nuevas de amor entre María y los cristianos.

Desde el principio de su ministerio comienza a renovarlo todo: la relación de los judíos con Dios, la relación de unas personas con otras, el propio concepto de Dios, de perdón, de maternidad, de caridad… al final de su vida sigue haciendo nuevas todas las cosas dando un sentido y una eficacia salvadora a la propia muerte y al sufrimiento y ahora, hoy, desde su sacerdocio permanente, sigue renovando constantemente la vida y la relación de cada cual con Dios y con los demás. También sigue renovando esta entrega filial… ahí tienes a tu hijo en cada persona de manera misteriosa, y particularmente a través de la Iglesia, en cada bautizado que se acerca a los sacramentos, que se acerca al nuevo calvario de la Eucaristía.

Hoy Jesús nos vuelve a poner al cuidado de su Madre y hoy cada uno de nosotros puede hacer un silencio en su interior y clamar: María, aquí tienes a tu hijo.

Todo esto no son sin más comentarios piadosos destinados a crear un cierto cariño filial hacia la Virgen, sino que la consideración atenta del texto, su estudio desde los Padres y el común sentir eclesial nos indican que las palabras de Jesús en ese momento cumbre de amor y entrega, al borde de la muerte, revelan que su principal intención no es confiar su Madre a Juan (que también), sino entregar el discípulo a María asignándole una nueva misión materna, haciendo nueva, una vez más, su maternidad, lo cual fundamenta teológica y vitalmente nuestro “llamar Madre a María” hoy y poder confiar en ella como hijos.

Lo necesario

Otro dato que confirma lo especial de este mensaje de Jesús, es que María no necesitaba cuidado ni alojamiento: desde que Jesús se fue de casa Ella ya vivía sola, además, la presencia al pie de la cruz de su pariente María de Cleofás permite suponer que la Virgen mantenía buenas relaciones con su familia y parientes, entre los cuales podría haber encontrado acogida después de la muerte de su Hijo. No era necesario según nuestros cálculos humanos, pero sí lo era desde la exigencia del Amor que lo da todo: aquellos pequeños se quedaban solos construyendo una Iglesia que les quedaban grande, necesitaban un corazón de Madre que les guiara y confortara… y hoy nosotros, pequeños en la fe, pequeños ante el sufrimiento, ante la vida, ante el amor y ante la presencia de Dios en nuestras vidas, lo seguimos necesitando. ¡Menos mal que Dios no se guía por lo que a nosotros nos parece “lo necesario”!

Madre de Juan

Es genial la manera que tiene Dios de hacer las cosas, o más que genial podríamos decir que es infinitamente cuidadosa y delicada. La proclamación de la maternidad universal de María no se hace en la solemnidad de un discurso, sino en la solemnidad de un diálogo íntimo, de Tú a tú. Lo que hace Jesús es instaurar la relación concreta entre el discípulo y su Madre, en cada uno de los discípulos y su Madre, quizá preocupado de que esa maternidad no sea interpretada en sentido vago (nos conoce bien) sino que indique la intensa y personal relación de María con cada uno de los cristianos.

Ojalá no se nos escape esta oportunidad de hacer nueva nuestra relación con María cada día… ojalá sepamos llevarnos a María a casa.

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