¡Todo en el Padre!

Fr. , OCD | Cuando en oración, unidos a Cristo en su agonía en Getsemaní, abrimos la puerta de nuestro corazón, nos encontramos ante la mejor manera de entrar en su Sagrado Corazón. Un Corazón que se entrega del todo al Padre. Son momentos de angustia que dejan el camino dispuesto para que nosotros pongamos el corazón en el Padre como el Hijo al llegar su Pasión. Más tarde darán paso a la gloria de la Resurrección, pero vayamos paso a paso. Acompañemos a Cristo en el Huerto de los olivos y abramos nuestro corazón con Él al Padre. ¿Y qué mejor manera que rezar el Padrenuestro unidos a Cristo? En el Padrenuestro tenemos todo. Es la oración que nos ha enseñado el Hijo para dirigirnos al Padre. Ahí encontramos todo lo que nuestra alma debe tener en cuenta para crecer en la vida de oración: la preocupación por el nombre del Padre, el deseo de su Reino, el cumplimiento de la voluntad del Padre, de su designio de salvación y liberación del malo.
¿Qué más queremos? Tenemos el Padrenuestro y también la oración sacerdotal de Jesucristo antes de entrar en la Pasión (Juan 17). Con estas dos oraciones tan vivas, iluminadoras y sublimes, nuestro corazón se eleva hacia el cielo y levanta la mirada al Padre en unión a su amado Hijo. Momentos de Pasión y momentos de Gloria. Todo va unido. ¡No hay gloria sin cruz! Pero no podemos quedarnos en hacer nuestras las palabras del Hijo cuando abre su Corazón al Padre, es bueno que nosotros también hagamos nuestra propia oración al Padre de corazón.
Puede parecer algo difícil y que queda para algunos escogidos, pero nada de eso. ¡Tenemos que rezar de corazón al Padre! ¡Sin miedo! ¡Con temor reverencial! ¡Con amor pleno! ¡Con confianza filial! Lo primero es pasar horas junto al Hijo. Más adelante, el tiempo con esa unión en el Hijo, nos hace levantar la mirada al Padre sin darnos cuenta. Por último hemos de poner nuestro corazón en el Sagrado Corazón y dejar que todo nuestro ser hable, pida, agradezca, ame, interceda… y poco a poco pueda dejar todo en el Padre como Cristo en su Pasión.
¿Nos cuesta? Vayamos a un maestro de oración que nos muestra el mejor camino. ¿Cuál? Orar subiendo otro monte, no el Calvario, sino el Carmelo, pero que a fin de cuentas es lo mismo: la Subida del Monte Carmelo nos brinda la oportunidad de entrar en el corazón de San Juan de la Cruz para junto a él y al Hijo amado dialogar en intimidad con el Padre. Y lo que es más grande e increíble aún, escuchar la voz del Padre en lo secreto de nuestro corazón. El Padre es directo. Nos muestra el camino a seguir, ese camino no es otro que poner los ojos y el corazón en su Hijo, que es donde todo queda dicho y donde encontramos la respuesta a todo. No hay que dar vueltas. ¡Hay que callar! ¡Hay que escuchar! ¡Hay que amar!
Si nos alejamos de los ruidos de este mundo y de los que llevamos dentro, si dejamos que Dios hable en lo más profundo de nuestra alma y si amamos de corazón, como Dios quiere y nos enseña, entonces nuestra vida será otra muy distinta, porque todo estará puesto en Dios Padre para cumplir su voluntad. ¡Es el camino de la santidad!: Dejar a Dios ser Dios, ponerlo en el centro y avanzar por las sendas de la vida interior para escribir algo parecido a lo que nos regala San Juan de la Cruz en su Subida del Monte Carmelo:
«Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por hermano, compañero y maestro, precio y premio. Oídle a él, porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar.
Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor, y afligido, y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él, y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría, y maravillas de Dios. Como dice el Apóstol: En Cristo mora corporalmente toda plenitud de divinidad» (Subida del Monte Carmelo II,22,5-6).