Unidos en el Sagrado Corazón

Fr. , OCD | No se puede separar a un padre de un hijo. No. Si se da esta realidad, todo cambia y llegan los problemas y sufrimientos. Un padre cría a su hijo con todo su amor. Le abre su corazón para darle todo lo que necesita y al mismo tiempo escuchar lo que le susurra el hijo al crecer en el amor. El padre escucha al hijo y el hijo escucha al padre. Cuanto más se abre el corazón de ambos, más unión hay y más frutos de madurez vendrán de este trato crucial en la vida de todo ser humano. Un padre da la vida, educa en valores y virtudes y custodia la vida de su hijo en unión a su esposa, pero nos quedamos ahora en la relación paterno filial. Es clave en la vida de toda persona para crecer y llegar a la vida adulta sin nada que complique su día a día. Es una relación indisociable que si se rompe se sufre por ambas partes.
Cuanto más se quieren un padre y un hijo, más fácil es entrar en el Corazón de Dios. Es el paso que tenemos que dar en la vida para orar a fondo y de verdad. Es así como podemos conocer esa relación indisociable entre el Padre y el Hijo. Esto es rezar: abrir el corazón a Dios Padre y a Dios Hijo como abrimos el corazón a nuestros padres o los padres a los hijos. De este modo penetramos en las entrañas de Dios… ¡Entrar en el Sagrado Corazón y desde ahí abrirnos al Corazón del Padre! ¿Alguna vez lo hemos pensado o vivido desde la oración? Un alma que ama y se deja amar por Dios, al orar de corazón, se acerca cada vez más a esa unión singular de Dios Padre con Dios Hijo.
Si vamos más allá y aprendemos de un maestro de oración de la talla de San Juan de la Cruz, entramos hasta lo más secreto del Sagrado Corazón. Es tal el amor del Hijo… ¿Y el amor del Padre? ¿Cómo rezamos al Padre? ¿Cómo rezamos al Hijo? ¿Unimos a los dos en nuestra vida de oración? ¿Nos sentimos llenos de ese amor que mana de la unión del Padre y del Hijo? Entre los escritos breves del doctor místico encontramos los Dichos de luz y amor, son breves sentencias que nos ayudan en el camino hacia Dios. Entre ellas encontramos la Oración de alma enamorada. Una oración sublime dirigida al Padre hablando del Hijo y de todo lo que un alma enamorada siente, vive y desborda según crece en el amor. El alma en amor creada abre su corazón al Padre diciéndole: ¡Señor Dios, amado mío! No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero.
¿Somos capaces de decir esto de corazón? ¿Queremos algo más en esta vida que a Cristo? ¿Somos conscientes de lo que Dios Padre nos ha dado en su Hijo? Dios Padre no nos quita nada, ¡lo da todo! Somos nosotros los que perdemos este regalo inmenso cuando nos vamos por los caminos que no conducen hacia al Corazón del Hijo. Nos perdemos nosotros… El Corazón del Hijo está abierto desde lo alto de la cruz y espera y llama y sueña con la vuelta de los que se pierden. Es un Corazón vivo. Es el Corazón de Dios que se ha hecho carne para mostrarnos el camino hacia el Padre y entrar en el Corazón del Padre.
Pero antes hemos de tener en cuenta que hay que pedir todo desde el Hijo. Hagamos lo que nos enseña el santo de Fontiveros: Si en fin, ha de ser gracia y misericordia la que en tu Hijo te pido, toma mi cornadillo [monedilla], pues le quieres, y dame este bien, pues que tú también lo quieres. Pedir así, orar así, abrir el corazón así, nos mete de lleno en el ser de la persona, de un alma enamorada que tiene todo dentro de su ser porque tiene al Hijo dentro de su corazón: Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío, y todo para mí.
¿Se puede aspirar a algo más sublime en esta vida teniendo todo esto? ¿Qué más necesitamos? ¿Queremos más?
Pues sí, ¡el pan de la Eucaristía!, ¡el Corazón del Hijo!, ¡la unión plena con Él! Por eso no podemos dejar de lado la última saeta de esta Oración de alma enamorada: Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón. ¿Es posible esto? Sí, si vamos a por el Pan Vivo y no reparamos en meajas que se caen de la mesa de tu Padre.
¿Cómo queremos vivir, como corazones orantes, buscando migajas que caen de la mesa o alimentados de la mesa del Padre que nos da el Pan de su Hijo que nos abre las puertas del cielo? ¡Salgamos de nosotros! ¡Entremos en el Corazón de Cristo! ¡Callemos! ¡Amemos! ¡Esperemos! ¡Demos pasos! ¡Miremos al cielo! ¡El Sagrado Corazón nos espera y con Él, el Corazón del Padre de la gloria! ¡Todo es gracia! ¡Todo es luz! ¡Todo es amor! Así, abriendo de par en par nuestro corazón en oración, nuestra vida dará un vuelco único cuando nuestro corazón busque con sinceridad la unión con el Corazón del Padre y el Corazón del Hijo. ¡No es imposible! ¡Es un camino a recorrer! ¡Sabemos que la meta es impresionante!: ¡Entrar en el Corazón del Padre estando unidos al Corazón del Hijo! Algo tan alto, tan sublime y al mismo tiempo tan fácil de experimentar en primera persona como es responder una pregunta: ¿puedes amar a Dios en tu corazón?