La excelencia de la misericordia

Estuve en la cárcel y vinisteis a verme
Estuve en la cárcel y vinisteis a verme (Maestro de Alkmaar | 1504)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

“Acordaos de los que están presos,
como si vosotros mismos estuvierais también con ellos en la cárcel.
Pensad en los que son maltratados,
pues también vosotros tenéis un cuerpo que puede sufrir”.
(Carta a los Hebreos 13, 3).

La sexta obra de misericordia se enuncia junto a la quinta con dos destinos para la acción de visitar o “venir a ver”. En una primera reflexión podríamos objetar que la implicación personal de porqué visitar a un enfermo o a un cautivo, no es la misma. De ahí que un primer sentimiento primario nos lleva a la compasión para con el enfermo y con frecuencia, al juicio para el convicto, pues es fácil pensar que “por algo está ahí”. Pero no todo es tan simple, pues así como la enfermedad mayoritariamente no tiene porqué ser la consecuencia de nuestras opciones libres, también el delito no tiene porqué ser juzgado como un acto exento de condicionantes, un acto intrínsecamente libre y por tanto culpable.

Para que podamos ejercer esta obra de misericordia, hay que participar del corazón de la misericordia. Generalmente no es una obra de misericordia de la que la mayor parte de los cristianos tengamos un compromiso continuado, pues o carecemos de reclusos en nuestro entorno, o la participación directa en la pastoral penitenciaria es algo muy residual y específico. Sin embargo, forma parte de la misión de nuestras diócesis y como tal, con sus carismas específicos (La Merced, La Trinidad…) con sus delegados y equipos, con su labor de sensibilización, formación para el acompañamiento, misión concreta y su solidaridad orante (algo que con frecuencia realizamos en la liturgia y quizá no siempre reparamos en lo que decimos).

Reconozco esta situación en mí mismo y por eso he querido abrir mi atención a la reflexión que hacen algunos misioneros de la misericordia que son testigos desde la pastoral penitenciaria en esta forma de caridad. Agradezco al Padre Carod su programa en Radio María “Libertad para los cautivos”, sus comentarios a la realidad y experiencias. A los religiosos mercedarios y mercedarias que en estas semanas me han ofrecido pistas para la lectura, y al recuerdo del Hermano Adriano Trescents (FSC), popularmente conocido como HAL, fallecido en marzo de 2006 a los 87 años, tras una visita a los presos de la cárcel de Lérida, y de quien la Diócesis de Lérida ha iniciado el proceso de beatificación recientemente. Acompañé en el coche a HAL en dos ocasiones, en verano era su actividad incesante por las cárceles más distantes de Cataluña. Su llegada era esperada como un acto de libertad. Tras cada visita ordenaba sus ideas, programaba los encargos y comenzaba su oración… tantas veces cobrando forma de relato escrito que podemos gustar en sus numerosas publicaciones. Su testimonio de misionero de la misericordia entre los encarcelados fue un regalo para todos: pedagogo itinerante, evangelizador de calle, apóstol de periferias, discípulo de la Verdad que libera. Releer su testimonio sobre sus visitas a la cárcel están cargadas de evangelio y compasión.

De todo ello me llegan frases lapidarias sobre la misión de estos misioneros: “No entramos allí para nosotros, sino para ellos… No estamos allí en nuestro nombre, sino en el de Dios. Somos nosotros los que entramos y salimos, pero es Dios quien ya nos espera dentro; porque Él siempre está muy cerca de los que cumplen en cada Centro”.

La cárcel es percibida como un lugar adecuado para aquellos que se merecen todo tipo de represiones, privaciones y castigos y así la sociedad se siente tranquila de que estén allí. Con frecuencia somos rápidos en juzgar y condenar a las personas. No nos detenemos a descubrir las posibles razones, situaciones y circunstancias que han llevado a cometer un delito o a vivir inmerso en el mundo de la delincuencia. Por ello deben desvanecerse muchos prejuicios y juicios. Me decían: “Si las cárceles son necesarias en nuestro sistema, entonces hay que cambiar el sistema”. ¿Sabías que la mayoría de los presos son pobres, que la mayoría son de barrios de exclusión, que la mayoría están por motivos vinculados a las drogas y a su adicción, que la mayoría fueron asistidos en los juicios por abogados de oficio? ¿Sabías además que hay inocentes en prisión, que algunos están hasta 4 años en preventivo esperando un juicio, que la prisión por sí sola no cura, ni reinserta? ¿Eres consciente de que los presos por estar presos no dejan de ser personas, que la privación de libertad atenta contra la dignidad humana, que allí se pasa muy mal, que la prisión rompe mucho por dentro, que cumplir más de 14 años los vuelve prácticamente irrecuperables?

Cuando cambiamos la perspectiva al valorar la causa por la que alguien injustamente está en la cárcel, vemos la injusticia de ésta, y si escuchamos el testimonio de hermanos en la fe que han sido encarcelados por su fe… algo nos interroga. “Lo experimenté, –escribió el cardenal Nguyen Van Thuan– en la prisión, todos esperan la liberación, cada día, cada minuto. En aquellos días, en aquellos meses muchos sentimientos confusos me enredaban la mente: tristeza, miedo, tensión…

DESDE LA PALABRA

Pensando en las palabras del cardenal Nguyen, quizá logremos entrar en el corazón de algún hombre o mujer que se encuentran en una cárcel física o encerrado en alguna prisión del alma. Y así visitarle desde nuestro corazón con una oración, con un recuerdo o, ¿por qué no? con una visita física. Para un cristiano, visitar a los presos, no es un acto de justicia, ni un mero hecho filantrópico. Visitar un preso es un genuino acto de caridad revestido con un adorno especial que llamamos misericordia. Ser misericordioso es más que un sentido de simpatía, exige una entrega del corazón y de la inteligencia para compadecerse de las miserias ajenas: las obras de misericordia son las manos de la caridad. “Este es el ayuno que yo deseo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos romper todos los yugos”. Nuestros juicios se detienen en la superficie, mientras el Padre Dios mira el interior, el corazón. Dios sabe cómo somos y nos sigue amando y perdonando porque su misericordia es eterna, como dice el salmo 136. Jesús hizo suyas las palabras del profeta Isaías: “Me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos”.

Jesús aseguró que “No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”. La misericordia y el perdón de Dios van más allá de la justicia. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario. Dios no rechaza la justicia, Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está en la base de una verdadera justicia, para que la justicia no sólo haga reparar el mal, sino que regenere a quien ha obrado mal.

Dios fue el primero en cumplir esta obra de misericordia excelente, quiso librar al hombre de la esclavitud del pecado (Romanos 5, 12- 21) y por ello se hizo uno de nosotros, en Jesucristo, y vino al mundo a salvarnos de esa situación de “cárcel” en que nos encontrábamos. Visitó esta humanidad devolviéndole la capacidad de ser libre interiormente y volver a vivir en armonía con Él y con todo lo demás. Y si nos da ese poder, significa que está en nuestras manos, elegir la libertad del bien o dejarnos atar por el mal. Es hermoso releer en esta clave el Descenso de Jesús a los Infiernos, como un modo de liberación de las puertas de la cárcel infernos, para que los reclusos sean liberados, desde Adán al Bautista. Recomiendo esta lectura en el fresco de El Angélico en San Macos de Florencia.

La palabra y los signos del Papa Francisco entre los encarcelados a quienes lava los pies en Jueves Santo, nos sirven de aliciente. En el discurso dirigido a los presos de Filadelfia en Septiembre de 2015 decía: “Una sociedad, una familia que no sabe sufrir los dolores de sus hijos, que no los toma con seriedad, que los naturaliza y los asume como normales y esperables, es una sociedad que está condenada a quedar presa de sí misma, y de todo lo que la hace sufrir… Este momento de la vida de ustedes solo puede tener una finalidad: tender la mano para volver al camino, tender la mano que ayude a la reinserción social. Una reinserción de la que todos formamos parte, a las que todos estamos invitados a estimular, acompañar y generar. Una reinserción buscada y deseada por todos: reclusos, familias, funcionarios, políticas sociales y educativas. Una reinserción que beneficia y levanta la moral de toda la comunidad y la sociedad. Y quiero animarlos a tener esta actitud entre ustedes con todas las personas que de alguna manera forman parte de este instituto. Sean forjadores de camino, sean forjadores de nuevos senderos. Todos tenemos algo de lo que ser limpiados y purificados. Todos. Que esta conciencia nos despierte a la solidaridad entre todos, a apoyarnos y a buscar lo mejor para los demás”.

ORACIÓN DEL PRESO

Conocemos la sensibilidad del Maestro de Almaark en el análisis que hemos ido realizando de su Políptico en el Rijksmuseum. En este caso la escena está cargada de realismo. Percibimos un interior de una cárcel, en el fondo algunos presos tras las rejas, a la izquierda otro preso es azotado, en el centro, otro, deformado por los grillos. En primer plano, los visitantes, traen ayuda económica para los presos, y al fondo Jesús bendice este “descenso a los infiernos”.

La interpretación del Logo del Año de La Misericordia tiene una lectura vinculado a este artículo de la fe, el Señor en su muerte ha liberado el poder carcelario del mal. Hacemos nuestra esta oración del recluso, somos voz para quienes pueden aún conocer con más intensidad el amor liberador de Cristo.

Cristo, yo soy un preso. Solo tú sabes lo que cuesta rezar a un preso.
También para ti fue difícil rezar en la cruz, y gritaste tu angustia,
tu cólera, tu desilusión, tu amargura: “¿Por qué me has abandonado?”.
Pero nuestro “por qué” es una petición de justicia,
aunque pocos quieran escucharnos y crean en nosotros como personas.
Jesús, tú también fuiste un preso, un torturado, un acusado y un condenado.
Tú, cuyo último escándalo, fue canonizar,
sin milagros ni procesos, a un ladrón condenado a muerte.
A Tí, Señor, víctima de todas las injusticias cometidas por la justicia humana, dirigimos nuestro grito.
Acéptalo como oración. Perdona y olvida todo el mal que hemos hecho.
Aunque no todos los hombres nos perdonen y nos sigan marcando en la sociedad como delincuentes.
Señor, no me gustaría perder mi dignidad humana por el hecho de haber entrado en la cárcel.
Tú solo eres mi último hilo de esperanza verdadera.
Cristo, dame fe en la verdadera libertad,
en esa libertad que está dentro de nosotros y que nadie puede arrebatarnos.
Danos fe en nosotros mismos
y en nuestra capacidad de regenerar nuestra vida
según el modelo que nos ofreces en tu evangelio.
Madre Santísima de la Merced, ruega por nosotros sedientos de libertad,
rompe las cadenas que nos esclavizan y anulan como personas.
Vela y protege a nuestras familias.
Extiende tu manto maternal sobre esta prisión,
para que, entre todos, consigamos humanizar y dignificar nuestras vidas.

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