El valor de la misa

Misa

Francisco Castro, Diácono permanente | Hace unos días me hicieron dos preguntas en relación con la Misa dominical. La primera fue: ¿La misa de la tarde del sábado me “vale” para cumplir con la del domingo siguiente? Y la segunda pregunta fue: ¿La Misa que veo por la televisión los domingos me “vale” como si fuera a la Iglesia? Son preguntas muy habituales y ambas tienen una respuesta positiva, aunque con matices.

A la de si nos “vale” la Eucaristía del sábado por la tarde para el domingo siguiente, el Código de Derecho Canónico en su artículo 1248-1, dice textualmente: “Cumple el prefecto de participar en la Misa quien asista a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde”. Es decir asistir el sábado por la tarde a Misa, es como si lo hiciéramos el domingo siguiente.

En cuanto a la segunda pregunta sobre si seguir la Eucaristía el domingo por la televisión me “vale” como si fuera a la Iglesia, la respuesta nos la da el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 2181 cuando nos dice: La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de prefecto, (aunque se recomienda que se participe también en los demás días) a no ser que estén excusados de ir a Misa por varias razones serias, como una enfermedad que nos impida salir de casa, el cuidado de los niños pequeños, tener que cuidar enfermos sin nadie que nos pueda sustituir. En estas circunstancias sí es válido seguir la celebración de la Eucarística por televisión. Precisamente, esta opción de seguir por la televisión la Misa, ha crecido entre las personas de más edad, a raíz de la pandemia que sufrimos por el COVID19, precisamente por temor a un contagio y sus consecuencias. Pero esta opción tiene una gran carencia: la de comulgar, es decir recibir el Cuerpo de Cristo. Por eso es aconsejable que las personas que por las circunstancias antes descritas no puedan asistir personalmente a la iglesia el domingo, se pongan en contacto con su parroquia, para que les lleven la Comunión y de esta forma recibir al Señor.

La Constitución Apostólica Sacrosanctum Concilium (47) nos indica quién y para qué se instituyó la Eucaristía: “La noche del Jueves Santo, nuestro Salvador, en la última Cena, la noche en que fue entregado, instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y su sangre para perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y confiar así a su Esposa amada, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección, sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo, el alma llena de gracia y se nos da la gloria futura”.

La forma en que Cristo instituyó la Eucaristía fue cuando estaba reunido los Apóstoles en el Cenáculo, Jesús tomando en sus manos el pan, lo partió y se lo dio, diciendo: “Tomad y comed todos de él porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Después tomó en sus manos el cáliz con el vino y les dijo: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres, para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración mía”.

Por lo tanto la Eucaristía es el memorial del sacrificio de Cristo, en el sentido de que hace presente y actual el sacrificio que Cristo ha ofrecido al Padre, una vez para siempre, sobre la Cruz, a favor de la humanidad.

Jesucristo está presente en la Eucaristía de un modo único e incomparable. Está presente, en efecto, de un modo verdadero, real y sustancial: con su Cuerpo y con su Sangre, con su Alma y su Divinidad. Cristo, todo entero, Dios y hombre está presente en ella de manera sacramental, es decir, bajo las especies del pan y del vino. Es Cristo mismo, sumo sacerdote y eterno de la Nueva Alianza, quien, por el ministerio de los sacerdotes, ofrece el sacrificio eucarístico.

No podemos olvidar que para recibir a Cristo en la Comunión eucarística, debemos los cristianos estar en estado de gracia. Si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia.

Recordemos tal y como nos indica el Catecismo de la Iglesia Católica que la sagrada Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo y con su Iglesia, conserva y renueva la vida de la gracia, recibida en el Bautismo y la Confirmación y nos hace crecer en el amor al prójimo. Fortaleciéndonos en la caridad, nos perdona los pecados veniales y nos preserva de los pecados mortales para el futuro (CIC 1391-1397-1416).

Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si uno come de esta pan, vivirá para siempre… el que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna… permanece en mí y yo en él” (Jn 6,51.54.56).

Vivamos pues la Eucaristía como el verdadero valor que tiene. Porque la Eucaristía es acción de gracias y alabanza al Padre, es memorial del sacrificio de Cristo y de su Cuerpo y es presencia de Cristo por el poder de su Palabra y de su Espíritu.

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