Cuadrar las “cuentas”

Virgen del Rosario
Virgen del Rosario (Bartolomé Esteban Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Orada paso a paso suavemente,
con alma y corazón de amor saciados,
la vida de Jesús, del Evangelio,
trenzada rosa a rosa es el Rosario.

Corona de homenajes y de súplicas,
salterio de sencillos en las manos,
canción que suena a júbilo y a pena,
rumor de fe, murmullo sosegado.

La Madre Iglesia, virgen recogida,
alaba a su Señor con dulces labios,
y junto a Él contempla a la Agraciada,
al tiempo que va amores desgranando.

Es una lección de sencillez el que la Virgen María en Lourdes, Fátima y otros santuarios recomiende el rezo del Rosario. Todas las formas de orar reconocidas por la Iglesia son buenas y han sido practicadas por muchos santos. ¿Por qué María “sólo” nos invita a rezar el Rosario? Los Santos videntes de Fátima y Lourdes nos ofrecen una respuesta: siendo niños de muy poca instrucción, el Rosario era para ellos la escuela adecuada para aprender a orar bien, pues cuenta tras cuenta, nos va conduciendo de la oración vocal, pasando por la meditación, hacia la contemplación. Con el Rosario, toda persona que se deja conducir por María, puede llegar a la oración interior, sin necesidad de algún tipo de técnica especial o de prácticas complicadas.

Las oraciones vocales forman el marco para la meditación de los Misterios. que van haciendo pasar por nuestra mirada las vidas de Jesús y María. Con la meditación vamos reflexionando lo que sucede en cada Misterio y lo que significa para nuestras vidas.

Desde el principio de la Iglesia, los cristianos rezan los salmos como lo hacen los judíos. Más tarde, en muchos de los monasterios se rezan los 150 salmos cada día. Los laicos devotos no podían rezar tanto pero querían según sus posibilidades imitar a los monjes. Ya en el siglo IX había en Irlanda la costumbre de hacer nudos en un cordel para contar, en vez de los salmos, las Ave Marías. Los misioneros de Irlanda más tarde propagaron la costumbre en Europa. La tradición nos recuerda cómo la Madre de Dios, en persona, le enseñó a Sto. Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como defensa de la fe.

Domingo de Guzmán fue como legado acompañando al Obispo de Osma y en el sur de Francia se cruzó con la fuerza con la que la herejía albigense había cautivado a muchos cristianos. Por medio de su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir a unos pocos. Entre ellos a unas mujeres con las que dio forma a la fundación de la vida contemplativa en la Orden de Predicadores. Su convento se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Fue en esta capilla en donde Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara. La Virgen se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias. Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito porque muchos albigenses volvieron a la fe católica.

Un creciente número de hombres se unió a la obra apostólica de Domingo y, con la aprobación del Santo Padre, Domingo formó la Orden de Predicadores. Con gran celo predicaban, enseñaban y los frutos de conversión crecían. A medida que la orden crecía, se extendieron a diferentes países como misioneros para la gloria de Dios y de la Virgen.

Desde nuestra tradición

Hemos recorrido en estas páginas algunas de las imágenes más conocidas de Murillo y en esta ocasión nos va a acompañar la versión de la Virgen del Rosario hoy conservada en el Museo del Prado. Recientemente se han publicado estudios sobre el devenir de las otras tres versiones de este tema que realizó Murillo (Galería Pitti en Firenze, Museo Goya en Castres y la última dada a conocer en 2013 por el profesor Alberto Álvarez Calero, quien ha identificado la versión que se encontraba en el Convento sevillano del Carmen Calzado).

La serie parece haber sido realizada entre 1650-55 y mantiene un esquema casi idéntico con matices propios cada una. Sobre la imágenes marianas de Murillo en este periodo, es célebre la crítica que realizó John Ruskin: Es cierto que sus vírgenes nunca son las diosas-madres de Correggio o Rafael, pero jamás son vulgares: son mortales, pero en sus rasgos mortales se refleja tal luz de santa hermosura, tal belleza de alma dulce, tal amor insondable, que las hace a veces dignas rivales de la imaginación de los más excelsos maestros.

La composición de esta obra es extremadamente sencilla. Sobre un fondo oscuro sitúa un par de figuras de excepcional belleza, con rostros serios y poses serenas que les dan un aire de tristeza exento de sentimentalismo. La Virgen está sentada en un banco de piedra, rodeando con sus brazos al Niño Jesús, que se sostiene con un pie apoyado en el banco y el otro en la pierna izquierda de su madre. El Niño, graciosamente, ya no tan pequeño, tiene la cabeza a la altura de la de la Virgen.

Las figuras muestran el gesto más tierno y amoroso, acariciando mejilla con mejilla. Miran juntos al observador, con expresión solemne. Murillo era miembro de la Cofradía del Rosario, hermandad dedicada a la veneración de la Virgen María y, como pintura devocional que era, su Virgen del Rosario tenía el propósito de servir de apoyo visual a los fieles en sus rezos. En efecto, el rosario se encuentra en el centro de la composición, asido por ambas figuras. La naturaleza simbólica del rosario en la obra, y para el propio Murillo, se manifiesta en el hecho de que ninguna de las dos figuras aparece pasando las cuentas como se haría al rezar las avemarías o los padrenuestros. La Virgen y el Niño no rezan; están allí para inspirar fervor en el espectador que sí reza, arrodillado quizá, meditando sobre los misterios del rosario. Un saliente de piedra eleva a las figuras y las separa del observador, enfatizando su importancia y función.

En versiones anteriores del tema, la Virgen sostiene al Niño Jesús en su regazo. En esta versión, Murillo cambió la pose del Niño, que ahora está de pie, en contrapposto, con la mano izquierda sobre el hombro derecho de la Virgen y la otra mano apenas visible en la sombra del rostro de su madre. Con la mano derecha, María cubre al Niño con un paño blanco, símbolo de pureza, a la vez que sostiene el rosario. Sujeta al Niño con un gesto maternal, leve pero firme.

La primera constancia que se tiene de esta obra fue su adquisición por Carlos IV en 1788.

Una imagen para orar

Las cuentas del rosario son como las pistas de rastreo que nos adentran hacia el castillo interior en cuyo centro, dice Santa Teresa, habita Jesús. Cuenta a cuenta, paso a paso, –esto es, con paciencia, confianza y decisión– todos pueden llegar cada vez más cerca al Rey del palacio de la propia alma. El tiempo que le dediquemos a Él es el más valioso.

No rezamos el rosario porque no nos durmamos, porque la espera se nos haga larga, porque llenamos tiempos de palabras que nos entretienen. Seguro que a veces nos hemos sentido así, y a pesar de ello, el Rosario nos ha desvelado modos más profundos en que sus palabras se hacen elocuentes. Pienso en una ocasión visitando un campo de exterminio nazi, los jóvenes con los que avanzábamos por medio de tantos recuerdos de deshumanización sólo nos sentimos confortados por una experiencia: orar el rosario. Cuántas personas de fe mientras peregrinan, viajan, hacen presencia de Dios orando el rosario. Cuántos cristianos esperanzados ante el duelo de sus seres queridos dejan el murmullo de recuerdos y expresiones hechas, en ocasiones, para orar ante la memoria de sus seres queridos con el rosario. Cuántas imágenes marianas en nuestras calles o en los templos, son paradas ante las que muchas personas rezan el rosario. Con cuánta alegría los niños aprenden a rezar el rosario, cuántos recuerdos de hogar y familia nos relegan a nuestra infancia, rezando juntos.

La sencillez de este método de oración conlleva una implícita sabiduría: hay que tomarse un tiempo, aún breve, para la oración. De este tiempo podríamos destacar cinco rasgos:

Un tiempo que se toma y que se da como en todo tiempo de amor. Así también el rezo del Rosario, no se debe realizar como si fueran “50 avemarías que tengo que lograr”, al modo de una rutina en un ejercicio.

Un tiempo que se saborea. Al modo como San Ignacio recomendaba la así llamada “tercera forma de oración”, que consiste en ajustar las palabras al ritmo de la propia respiración. Muchas veces es suficiente en el rezo del Rosario hacer una breve pausa entre los misterios y nuevamente tomar consciencia, que Jesús y María me miran llenos de alegría

Un tiempo contemplado con miradas de amor. Las oraciones vocales del Rosario proporcionan “sólo” el ritmo de la oración. Con mis pensamientos puedo y debo salirme del ritmo para encontrar el Misterio que está siendo contemplado.

Un tiempo para el asombro. Algunas personas cierran los ojos para concentrarse y así poder rezar mejor. Eso puede resultar útil, aunque a menudo es suficiente en la oración mantener la mirada fija y no estar mirando alrededor. De cualquier forma, lo importante es que los ojos del corazón estén abiertos, contemplando una historia que nos implica, nos lleva y guía a su más interior misterio.

La historia da principio en Nazaret
y estalla con la muerte en el Calvario,
mas fue la gloria hermosa tras la herida,
el Cuerpo y el Espíritu y el canto.

Oh Virgen de los ojos amorosos,
que baña de oración al pueblo santo,
adéntranos muy hondo en la espesura
y dale a nuestra fe tu recio pasmo.

¡Beata Trinidad, a ti la gloria,
oh Dios amorosísimo y cercano,
a ti la excelsa gloria por la Madre,
que a ser Madre de Dios la has destinado! Amén.

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