Corazón de Jesús, paz y reconciliación nuestra

Colegio Stella Maris La Gavia
Colegio Stella Maris La Gavia (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | La proclamación de esta letanía infunde en nuestro espíritu un sentimiento de confianza y de seguridad: Jesús es nuestra paz, nuestra suprema reconciliación. El anhelo del hombre se encuentra saciado en el Corazón de Jesús. La perfecta felicidad del hombre se encuentra cuando tiene paz con Dios, consigo mismo y con los demás. En realidad, al menos en la dinámica de san Pablo, el binomio debería invertirse. La paz, para el apóstol, es el fruto de la reconciliación, como veremos en textos más adelante. En los evangelios la paz es anuncio, en unos casos, y realización, en otros, del bien mesiánico de la redención.

Jesús es nuestra paz. Toda la vida de Cristo está transida por el don de la paz: desde su inicio hasta su fin, hilvanando toda su existencia. Cristo trae la paz a los hombres como expresión de todos los bienes mesiánicos. Esto ocurre apenas nacido en Belén. Los ángeles proclaman a los pastores: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz» (Lc 2,14). El que nace es el «Príncipe de la paz» que había anunciado Isaías (Is 9,5). En el cenáculo anticipaba el don de la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27). El resucitado saludó con su don último: «Shalom, la Paz» (Jn 20,19.26; cf. Lc 24,36). Fruto del Espíritu derramado por Cristo al dejar este mundo es la paz: «amor, alegría y paz» (Gál 5,22).

Fue la entrega de su vida, muriendo, dejándose abrir el Corazón, lo que le convirtió en «nuestra paz» (Ef 2,14). Dirigiéndose a los colosenses, decía el apóstol de los gentiles: «Que reine en vuestros corazones la paz de Cristo, a la cual fuisteis llamados en un solo cuerpo» (Col 3,15). A los romanos les saludaba: «A vosotros, gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Rom 1,7).

Juan fue más efusivo en su saludo a las Iglesias de Asia: «Gracia y paz a vosotros de parte del que es, el que era y ha de venir; de parte de los siete Espíritus que están ante su Trono; y de parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos, el príncipe de los reyes de la tierra. Al que nos ama, y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre» (Ap 1,4-5).

El pecado original introdujo la ruptura y el desorden y sólo gracias a la encarnación y redención de Cristo Dios tiende el puente nuevamente para que tengamos acceso la paz y reconciliación perdidas. Todo el anhelo de Dios a lo largo de la historia ha buscado restablecer la amistad, la comunión, la paz. Cielo y tierra se encuentran y restablecen su comunicación cuando Cristo muere: «Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida! Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación» (Rom 5,10); «Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación» (2 Cor 5,18-19).

Sólo experimentará la paz quien, con confianza y humildad, se acerque al Corazón de Cristo que invita a ir a él: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré… Encontraréis vuestro descanso» (Mt 11,28ss). «En su Corazón encontrará paz y descanso; allí, su duda se transformará en certeza; el ansia, en quietud; la tristeza, en gozo; la turbación, en serenidad. Allí encontrará alivio al dolor, valor para superar el miedo, generosidad para no rendirse al envilecimiento y para volver a tomar el camino de la esperanza» (Juan Pablo II, Ángelus, 3 de septiembre de 1989.

«¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo».

«El primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad. No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes -hablo de la limosna-, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas».

«Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo» (San Juan Crisóstomo, Homilía 2 sobre el diablo tentador, 6).

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