… A mí me recibe

El Buen Pastor
El Buen Pastor (Bartolomé Esteban Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Si he sentir en mi ser
tus abrazos y cariño,
haz, Jesús, que como niño
pueda mirarte y creer.

Yo quiero ser el primero,
lo pide mi corazón;
mas tú me das la lección,
alzado sobre el madero.

(Fray Rufino Grández)

A la par que inicio estas líneas recibió en el correo un comunicado de Unicef a propósito de la campaña que hoy se ha iniciado invocando el final de la Guerra de Siria. De nuevo, la imagen de niños y niñas expresan el dolor de todo un pueblo. De nuevo, sus voces pequeñas quieren ser un grito, y manifiesta la canción que apoya las imágenes de la destruida Alepo: “es un grito que nace del corazón… entre la destrucción y el fuego está nuestra profunda herida”. El dolor de los pequeños es un dolor más grande. El Papa Francisco se hacía eco de la realidad: casi 3 millones de niños sirios menores de cinco años han crecido sin conocer otra realidad que la guerra. Alrededor de 4,9 millones de personas (en su mayoría mujeres y niños) han huido a los países vecinos de Oriente Medio. “Rezo por las víctimas y sus familiares y apelo a la conciencia de todos los que tengan responsabilidades políticas a nivel local e internacional para que cese esta tragedia” (5 de abril 2017).

El cuidado de los huérfanos, la iniciación en la fe, la enseñanza de valores y cultura ha sido siempre una preocupación de la Iglesia, quien de modo especial tiene como receptores de las obras espirituales de misericordia (y aún de las corporales) a los niños. Ellos han de ser enseñados, corregidos, alimentados y saciados, vestidos, sanados… pues al igual que los ancianos son los más débiles del género humano.

Es Jesús quien, con su sensibilidad y cuidado hacia los pequeños, recordó que el Reino debía ser recibido como los niños, nos enseña a reconocer su presencia en los niños. Quien acoge en mi nombre a uno de estos pequeños, a mí me acoge, y quien me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado (Mc 9, 37). Quien a vosotros recibe a mí me recibe; y quien me recibe a mí, recibe al que me envió (Mt 10, 40). El texto en Mateo profundiza la condición del creyente a imagen del niño: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el Reino de los Cielos”. Esta expresión cobra una fuerza mayor si tenemos en cuenta que en tiempos de Jesús, los niños eran uno de los grupos “marginales” de la sociedad. La ternura de Jesús se descubre en su compasión hacia los niños, los pequeños, los débiles, los que no cuentan, considerándolos a todos ellos “los más importantes” en su Reino. Jesús nos pide “volver a ser como niños”, “hacernos pequeños”. Y como siempre, predica con su ejemplo, en la humildad de Belén, Él se hizo el más pequeño. Dice San Pablo que “se despojó de su condición divina y actuó como uno de tantos”. Ante Dios todos somos pequeños y necesitados. Es necesario hacernos pequeños como un niño, que no tiene ni sabe, para recibir lo que se nos da, dejarnos hacer y enseñar, saber que estamos en buenas manos y confiar en ellas. Esto es lo que nos hace importantes para el Reino.

Murillo y los pequeños

Entre los estudios dedicados al pintor gozan de un aprecio universal los dedicados a la imagen del niño y los desheredados. Esta sensibilidad se manifiesta en las escenas infantiles de niños abandonados que poblaban las calles de su Sevilla, tras la peste de 1650, y de un modo espiritual lo vemos reflejado en su rica iconografía de la Infancia de Cristo. Vamos a analizar un conjunto pictórico para hacernos una idea más correlacionada, una de sus obras magnas: el retablo del convento de Capuchinos de Sevilla. Este retablo de la antigua iglesia conventual de los capuchinos sevillanos, contaba con un singular programa iconográfico referido a la espiritualidad de la acogida del pequeño y menor, presencia de Cristo. Tras la desamortización el conjunto fue desmembrado y recolocado. Sólo en el montaje de pintura de Murillo que conforma el actual conjunto del presbiterio de la iglesia del Convento de la Merced, Museo de Bellas Artes de Sevilla, puede recordar el impacto visual de esta obra magna de Murillo.

Sabemos que Murillo vivió en el convento con la Comunidad durante el tiempo que se prolongó su realización y que cada mañana participaba en la eucaristía conventual (1665-1668). Esta presencia, que manifestaba la implicación de su ánima en esta obra, está colmada de leyendas sobre su buena fe. Una de ellas, surgida en el siglo XIX relata la anécdota conocida de la Virgen de la Servilleta, pequeño lienzo que fue concebido como puerta del sagrario (nada que ver con la leyenda que refiere que el sacristán con el que compartía la mesa le pidió al repente una obra personal y el maestro le obsequió con una Maternidad de María pintada en una servilleta. La obra es un lienzo y está realizado con la misma técnica que el resto del conjunto).

El retablo se organizaba en tres calles, en la central aparecía representado en gran formato el milagro de San Antonio y el Niño. Quienes contemplaron durante el lustro y medio, a obra en su marco original, refieren la impresión que ofrecía poder ver esta obra perfectamente calculada para ofrecer un efecto escénico y casi místico. El programa se completaba a la izquierda con las imágenes de otros dos santos que pudieron tener al Niño en sus brazos: San Félix de Cantalicio (actualmente en el montaje del Museo de Bellas Artes de Sevilla) y San José con el Niño. San Félix de Cantalicio fue un capuchino lego, que ejerció la caridad de modo significativo, tanto que es presentado como el modelo de aquellos que al ejercer la misericordia acogen a Jesucristo.

A esta acogida fraterna se le unía la acogida paterna que representaba San José, esposo de María, que ejerció el ministerio paternal, cumpliendo las palabras del Ángel, le aceptó como obra del Espíritu en María, le puso nombre, dándole la cobertura civil que como hijo merecía ante la ley y los hombres; José fue su educador y referente en identidad y género como hombre, quien le transmitió los valores y la fe de su Pueblo, con quien aprendió la contemplación de la historia y el trabajo justo y solidario. Sin más detalles biográficos sobre la relación de Jesús y José, no es de extrañar que la piadosa literatura apócrifa, imaginase escenas piadosas, alejadas con frecuencia de la cristología encarnatoria, pero en su época,  escenas de cariño vistas como prefiguraciones del ministerio de la vida pública de Jesús.

La presencia de San Juan Bautista en ese discurso iconográfico, añadía una nota de espiritualidad. Para acoger a Jesús hay que hacerse pequeño, como hizo Juan: es necesario que yo mengüe para que Él crezca. Los pequeños acogen a los pequeños. El Reino ha de ser acogido como un pequeño lo acoge, y en ello nos debe guiar el ejemplo del Bautista, no sólo porque es representado como el niño amigo del Jesús Niño. Juan es quien representa para el cristiano cómo acoger la novedad del Reino, sabiendo que éste se manifiesta en signos alejados de los grandes y las grandilocuencias: Los ciegos ven, los sordos oyen, los cojos andan y a los pobres se les anuncia a Buena Noticia.

El quinto motivo lo testificaba un ejemplo de la fortaleza del testimonio de fe de los niños. Ya éstos dieron su vida, al ser perseguidos por el arbitrio de Herodes prefigurando el Martirio de quien acababa de nacer en Belén. Murillo pinto a las santas adolescentes Justa y Rufina, mártires hispalenses que en el siglo II denunciaron la vanidad del culto del ídolo pagano, y al igual que sus cerámicas, con la fragilidad de su vida, anunciaron la fortaleza de Dios que da el vigor de la fe a sus mártires. Según la tradición, el convento capuchino, se alzaba en el lugar en donde fueron martirizadas las santas. Las santas aparecen en el lienzo sosteniendo la Giralda de Sevilla, pues según la tradición local, cuando en el terremoto de Sevilla de 1504, los fieles sevillanos rogaron a sus patronas que la Giralda no sufriera el seísmo, éstas sostuvieron la torre de la Catedral, mitigando el impacto sísmico. En agradecimiento el Cabildo Catedralicio sugirió que la iconografía de las Santas, a partir de ese momento, representase esa intervención con el atributo de la Giralda. Quizá el efecto más logrado fuese el hecho de que la puerta del Sagrario tuviese representado el tema popularmente llamado “La Virgen de la Servilleta”. En ella, y a tamaño real, vemos cómo María sostiene al Niño Jesús que avanza hacia el plano frontal del lienzo, tendiendo una mano al espectador en un efecto de lograda tridimensionalidad. Esta representación verdadera del cuerpo divino era una imagen que evocaba el Verum Corpus que del Sagrario se ofrecía.

Podemos abrir esa puerta, en tanta puertas semejantes, del Niño-Dios, pan inmenso, que se ofrece cada día para ser medicina y aliento. Pidamos a este Dios, pequeño, que nos llama a su seguimiento hacerlo como niños, no dejemos que el orgullo, nos arrebate la condición primera del seguidor: hacerse pequeño, abrazar la minoridad. Oremos para ello:

Yo quiero ser importante
y ser voz y ser bandera,
mas no fue tal tu manera,
ni tu porte ni talante.

Quiero infinito querer,
que nada me satisface,
quiero que solo me abrace
el triunfo sin padecer.

Más tú quieres mucho más,
cuando a seguirte me invitas
y en tu corazón me citas:
Solo aquí descansarás.

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