Mi carne entregada, alimento de vida eterna

Misa

Luis Mª Mendizábal

El cuarto de los “signos” del Evangelio de San Juan es la multiplicación de los panes a orillas del mar de Tiberíades. A continuación, Jesús dirige el discurso del pan de vida en la sinagoga de Cafarnaúm, donde invita a interpretar correctamente el “signo” que acaba de realizar. Sólo desde esa “nueva mentalidad” de la que venimos hablando se puede entender de verdad. Ofrecemos simplemente algunas pinceladas.

El contraste entre el maná y la Eucaristía

Es uno de los puntos fuertes de este discurso: “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron” (v. 49). ¿Cuál es el motivo? Se trata, de nuevo, de ese “juego” entre la realidad superior, sobrenatural y su imagen terrena. Recordemos el agua que pide a la Samaritana: “el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14). Volveremos a encontrar el contraste incluso en la cruz. Cuando dice “tengo sed” (Jn 19, 28) le dieron a beber vinagre. Pero él hablaba de la sequedad del espíritu.

El contraste se repite debido a la idea que tenía el pueblo judío. Pensaban que el Mesías tenía que cumplir con creces lo que había hecho Moisés. Si Moisés dio un maná, el Mesías tenía que poner remedio al hambre material. Por eso, el discurso comienza con esa indicación: “en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna” (vv.26-27).

Para participar de la vida eterna de Dios

Ciertamente sació el hambre. Pero esa saciedad es signo de otra realidad superior. El Mesías viene para abrir al hombre el horizonte de estas realidades sobrenaturales. No viene simplemente a traer un pan que alimente la vida material. Él viene para que tengamos esa “vida… en abundancia” que es la vida eterna. Este es el contraste fundamental.

No se trata de un asunto marginal. Está en juego toda la redención de Cristo: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Es decir, para que tengamos la vida propia de los hijos de Dios, que se nos da, no con medida, sino en abundancia, sobradamente. El nacimiento, curación y desarrollo de la vida material son signo del nacimiento y crecimiento de la vida sobrenatural en nosotros.

Por eso les dice: “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron”. Es decir, al hombre, desde su punto de vista humano, le gustaría más un pan que le mantuviera la vida temporal pero sin término. Desde la visión puramente humana, nos gustaría tener la vida que tenemos, material pero sin que se acabe.

Son los contrastes que nosotros tenemos siempre y nos llevan a unas contradicciones tremendas. Queremos que la eternidad sea un tiempo sin término, eso no es verdadero. La inmortalidad no puede darse en una vida mortal que se mantenga siempre. Este es el gran choque, la gran dificultad. Jesús recalca que murieron. El maná no daba la vida eterna, pero no una vida temporal sin muerte. Una vida temporal sin muerte es una contradicción.

La resurrección es salir a la vida eterna e inmortal. Es la vida que Dios tiene y que da a participar al hombre. La vida eterna es la vida propia de Dios que se comunica. Jesucristo viene a traérnosla.

En la Eucaristía está Cristo dando la vida que viene del Padre

Entonces Jesús dice: “En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo” (v. 32). “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo voy a dar es mi carne, entregada para que el mundo tenga vida” (v. 51). Moisés os dio milagrosamente un pan que sostiene la vida temporal, pero que no da la del cielo. Ahora mi Padre os da el Pan del Cielo que soy yo mismo que me entrego para la vida del mundo. Es lo mismo que le decía en las tentaciones al demonio: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios” (Dt 8,3 citado en Mt 4, 4).

El hombre no solo tiene la vida que muere, sino tiene también otra vida que viene de la Palabra de Dios, que se sostiene por la Palabra de Dios, es la que Cristo trae. Esta es la clave de la Eucaristía o Pan del Cielo. Jesús dice: “Yo soy el pan de la vida: el que coma mi carne vivirá para siempre”, es decir, vivirá la vida eterna.

“Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. El pan que Él viene a darnos es para alimentar esa vida. Hay que entenderlo en el sentido de sostener esa vida. Es alimento para la vida del mundo.

La Eucaristía-Comunión es el alimento de la vida eterna. Pero esta vida no se nos da con la Eucaristía-Comunión. Porque el alimento no da la vida. La vida viene por la generación. El alimento la presupone. Eso sí, una vez que existe, la sostiene: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en Él” (v. 56). Permanece. No es una mera unión con Él, puesto que la unión se da previamente; eso sí, el vínculo se estrecha y consolida.

Se recalca en el capítulo la palabra comer. El griego original usa una palabra dura que habría que traducir por masticar. “Si no masticáis este pan…” (v. 56). Llama la atención el sentido profundamente bíblico y evangélico de la aplicación de sentidos de san Ignacio: mastica. Con esta invitación se nos hace notar cómo se entrega para ser asimilado. Ciertamente la Eucaristía es un misterio para “gustar y ver qué bueno es el Señor”. La Eucaristía nos presenta el amor redentor de Cristo inmolado por nosotros para comer y gustar. Saborear íntimamente el misterio para asimilarlo.

Esta vida es fruto de su sacrificio

Es necesario entender bien la expresión “carne”. En la cultura judía no tiene la connotación de lo opuesto al alma. Hay que entenderlo vitalmente: mi ser, mi persona, mi humanidad. Lo que soy. Yo inmolado por la vida del mundo. Mi carne por la vida del mundo, entregada por la vida del mundo. Muy probablemente esta expresión corresponde a las palabras literales de la institución del sacramento de la Eucaristía: “Esto es mi carne por vosotros”; quizá más exacto “mi carne por vosotros”, en el sentido de “mi carne entregada por vosotros”.

Por eso la Eucaristía es también sacrificio: Sacramento-Sacrificio. Y en ese sentido podemos decir que la Eucaristía-Sacrificio nos da la vida. Porque la Eucaristía, como dijo Juan Pablo II en Ecclesia de Eucaristía, es el gran misterio pascual donde se concentra y se sintetiza en la Eucaristía (cf. n. 5). Entendido en ese sentido, el Papa recalca desde el comienzo de la encíclica que del misterio pascual nace la Iglesia. Precisamente por eso la Eucaristía es el sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial.

El misterio central es el Verbo de Dios hecho carne que se ofrece por nosotros, esta es la fe cristiana. No es solo creer que Jesucristo es Hijo de Dios. Sino que es el Verbo de Dios hecho carne para ofrecerse, y ofreciéndose a sí mismo por la vida del mundo. Así entendemos mejor la expresión de la liturgia justamente posterior a la consagración: “Este es el misterio de nuestra fe”.

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