Está en ti

| El calor del verano llegaba a todos los rincones. Desde muy temprano las guirnaldas de flores, las sillas, las luces, el escenario, los pucheros, los platos, el vino, la limonada para los más pequeños, los malabaristas, bailarines, cocineros, bufones… toda la belleza que os podáis imaginar, circulaba a toda prisa por la plaza del pueblo. Cuando sonaron las campanas de la Iglesia, todo estaba preparado para la gran fiesta.
Bueno… todo, todo… no estaba preparado para la fiesta… ¿Y los músicos? ¿Alguien ha leído que estuviesen preparándose para alegrar con su música el baile? ¿Dónde se habían metido? ¿Acaso ignoraban su importancia en ese día? No, amigos, no se habían olvidado de los demás. Pero justo en el momento en que iban a salir hacia la plaza, uno de ellos preguntó: «¿Dónde está nuestro director de orquesta?». Empezaron a mirar a su alrededor. Extrañados, se miraban unos a otros y afirmaban: «Yo lo he visto hace un momento»; «Nosotros hablamos con él antes de salir»; «Iba delante del grupo»; «No, yo lo vi detrás», «Yo no lo he visto desde ayer»; «Venía…»; Se hizo el silencio… «¿Y las partituras?»… Se hizo otro silencio. «¿Cómo tocaremos ahora?»… El silencio se hizo tan profundo que se oía el tragar de sus salivas, el castañeo de sus dientes… ¡Hasta se oía su miedo de lo profundo que era! Cabizbajos, se fueron escondiendo en los sitios más insospechados para evitar que nadie descubriese que, sin su director, habían perdido su fe en ellos mismos.
Mientras tanto, en el pueblo había comenzado el ir y venir de la gente, las risas, la comida, la bebida, las burlas de los bufones… Hasta que llegó el gran momento… ¿El baile?… No, todavía no, ten paciencia… Me refiero al momento que tantos días habían esperado: el rey, junto con sus nobles y súbditos del pueblo, se había reunido ya para escuchar las palabras de un hombre que había llegado ese gran día a su pueblo. Aquel del que tanto habían oído hablar, un hombre de Dios muy admirado por su conocimiento y amor al Señor. Esperaban ansiosos sus palabras de esperanza, esperaban que demostrase de una forma espectacular ese amor al Señor, con brillos, luces… Más el hombre -allí en el centro de todos- permaneció callado, sin decir una palabra de Dios, sin brillos, sin destellos, sin comunicaciones extrañas con el Señor. Simplemente era un hombre normal.
El rey tomó entonces la palabra y dijo: «Pueblo mío, este hombre ha venido desde muy lejos para que le hagamos todas las preguntas sobre Dios que necesitemos. Aprovechad, pues, su estancia entre nosotros». Mas el pueblo, decepcionado ante su sencillez, no se atrevió a preguntar nada. Entonces, el hombre de Dios miró a todos, sonrió y dijo: «Estamos aquí para celebrar unidos este día. Alabemos al Señor, cantemos y bailemos todos juntos».
– «¡Qué empiece la música!» – gritó la reina.
Rápidamente, un lacayo del rey se acercó a éste diciendo: «Majestad, los músicos no han aparecido en todo el día. ¿Qué podemos hacer? ¿Quién va a tocar para el baile?»
Ante semejante contrariedad, el buen hombre se levantó, se dirigió al escenario y empezó a repartir los instrumentos entre la gente del pueblo. Los hombres y mujeres repetían: «Yo no soy músico, no sé tocar este instrumento». Así uno tras otro mientras el hombre de Dios les susurraba: «Déjalo latir en tu ser». Seguidamente, el hombre comenzó a chasquear sus dedos de una manera rítmica; siguió su pie dando golpecitos en el suelo; se escuchó cómo tarareaba una bella canción…
De pronto, uno de los hombres hizo sonar el instrumento que tenía entre sus manos -al principio sonó desafinado, pero sin duda, fue capaz de seguir el ritmo hasta que los compases empezaron a tener sentido-, su compañero le siguió también, y otro más se unió, y otro, y otro, y otro… Empezaron a sonar unas hermosas voces de mujer que alababan al Señor con sus cantos. Cada vez más y más gente se implicaba en el improvisado concierto. Cantaban y bailaban para Dios, ante Dios y con Dios.
¿Los músicos se habían olvidado de ellos? ¿Se quedaron en sus escondrijos?… No, la verdad. Cuando escucharon la música y la alegría de la gente, fueron saliendo y acercándose a la plaza. Tomaron sus instrumentos y elevaron la música hasta el cielo. Ya no necesitaban partituras, ya no necesitaban a su director de orquesta. Sólo su corazón y su música eran suficientes para llegar a Dios.
En medio de esta alegría, el hombre de Dios hizo silencio y, por fin, se dirigió al pueblo y habló así: «Hermanos, habéis aprendido a reconocer los dones de la vida. Ahora ya habés oído hablar de Dios, ahora ya habéis amado al Señor. Y es así, también, como Dios se ha alegrado y gloriado con vosotros hoy. Sed, pues, felices en el Señor.