Para mi la vida es Cristo

Ancla

Juan José Infantes, Presbítero | Nuestra tarea como cristianos y seguidores de Jesús consiste en dejar que la vida de Cristo sea nuestra vida de tal modo que vayamos teniendo ‘los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús’ (Fil 2, 5).

Pablo lo tiene bien claro y así nos lo transmite. Siente que su vida ya no le pertenece, es de Cristo, es otro Cristo. Es la desposesión total de la propia vida, ya no le pertenece a Pablo, sino que se la ha entregado en su totalidad a Cristo. De esta forma, Pablo nos revela que ha encontrado el norte de su vida y de su existencia.

En cualquiera de sus cartas, cuando San Pablo pronuncia el nombre de Cristo se le ensancha el corazón y sus labios rebosan de sabiduría para hablar de Jesucristo, su Señor, por el cual lo perdió todo, incluso la vida. Por eso, sus afirmaciones no son palabras vacías de contenido, sino expresión de una experiencia profunda de amor a Cristo: “Para mi la vida es Cristo”, les dice a los filipenses y nos lo sigue repitiendo hoy a cada uno de nosotros.

Para poder utilizar esta afirmación tan rotunda, hace falta tener una clara experiencia de Dios, que en Cristo, ha asumido un “corazón de carne”. Cristo no solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto.

Y este Corazón delicado y lleno de afecto, le revela a Santa Margarita María de Alacoque sus preocupaciones cuando se da cuenta que los hombres se van alejando de él, y entonces le expresa sus sentimientos más hondos: “he aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha ahorrado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor. Y en reconocimiento, no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de Amor”.

Y Santa Margarita María que ha descubierto –al igual que Pablo– que la vida ya no le pertenece, sino que se la ha entregado totalmente al Corazón de Cristo, comienza a cumplir todo aquello que el Señor le va pidiendo, se hace dócil a la voz de Cristo. El Señor mismo le había dicho: “busco una víctima para mi Corazón y te he escogido a ti”.

Tal vez en muchas ocasiones hemos deseado también cada uno de nosotros ser totalmente de Cristo, ofrecernos a Cristo, y sin embargo, andamos con dudas, con miedos, con temores… en definitiva con una falta de generosidad grande. Una falta de generosidad que se va convirtiendo en una mediocridad acuciante, nos va haciendo perder el “amor primero”. Y sabemos que el amor no dice nunca ¡basta!

Quien con el Apóstol puede decir: «para mí la vida es Cristo», se ve inevitablemente impulsado a evangelizar a todos cuantos pueda mediante un anuncio valiente y audaz del Evangelio. Y su anuncio será convincente porque brota del testimonio de quien se ha encontrado con Él, de quien lo lleva en sí, esto le ocurrió a San Pablo y a Santa Margarita María.

¿Estás tú dispuesto a hacerlo lema en tu vida?

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