Martín de Tours: apóstol de caridad

San Martín de Tours
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Jesús García Gañán, Presbítero | La memoria litúrgica de San Martin de Tours se ha celebrado el pasado 11 de noviembre, y son numerosas las Iglesias, sobre todo en Francia, que llevan el nombre de este santo al que dedicamos las siguientes páginas de nuestra revista. Que su ejemplo nos ayude y estimule en nuestro itinerario de vida cristiana, apostando por la conversión y la santidad que Dios nos pide.

Algunos datos de su vida

Martín nació en Panonia, Hungría, en el año 316. Sus padres eran paganos. Realizó sus estudios en Pavía, donde tuvo ocasión de conocer más de cerca el Cristianismo. Su padre, que era tribuno militar, para desviarle del camino de la fe, le obligó a ingresar en el ejército.

Siendo militar sucedió el hecho tan tratado en la iconografía. Era invierno, y al entrar en Amiens, encontró un mendigo casi helado, sin ropa. Dividió su capa en dos partes y entregó una al pobre. Por la noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado a un pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”. Fue después de esta visión cuando Martín renunció a las armas y decidió seguir a Cristo en una milicia más noble.

Marchó a Poitiers donde era Obispo el gran sabio San Hilario, quien lo recibió como discípulo y se encargó de instruirlo. Como Martín sentía un gran deseo de dedicarse a la oración y a la meditación, San Hilario le cedió unas tierras en un sitio muy solitario y allá fue con varios amigos, fundando el primer monasterio que hubo en Francia. En esa soledad estuvo diez años dedicado a orar, a hacer sacrificios y a estudiar las Sagradas Escrituras. Los habitantes de los alrededores consiguieron por sus oraciones y bendiciones, muchas curaciones y varios prodigios. Cuando después le preguntaban qué profesiones había ejercido respondía: fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma.

Un día del año 371 fue invitado a Tours con el pretexto de que lo necesitaba un enfermo grave, pero era que el pueblo quería elegirlo obispo. Apenas estuvo en la catedral toda la multitud lo aclamó como obispo de Tours, y por más que él se declaraba indigno de recibir ese cargo, lo obligaron a aceptar. A partir de entonces, durante 35 años, no paró de realizar viajes por toda la Galia. Nada era capaz de retenerlo. Acusaba a emperadores, reprimía a los herejes, defendía a los débiles y a los condenados a muerte, realizaba innumerables milagros, y entre ellos se le atribuye la resurrección de varios muertos. Con razón es llamado “el apóstol de las Galias”, porque nadie hizo tanto como él por el país de Francia.

Sus armas: el amor y la Cruz

Un día un antiguo compañero de armas criticó duramente a Martín diciéndole que era un cobarde por haberse retirado del ejército. Él le contestó: Con la espada podía vencer a los enemigos materiales. Con la cruz estoy derrotando a los enemigos espirituales. Durante los 27 años que fue obispo se ganó el cariño de todo su pueblo, y su caridad era inagotable con los necesitados. Realizó intensos viajes apostólicos e innumerables obras de caridad. Fue un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval. Su faceta principal, la caridad. El gesto de Amiens, dar media capa, fue superado, cuando siendo obispo, entregó su túnica entera a un mendigo, un gesto menos conocido de su vida. Podríamos decir de él que pasó por esta vida haciendo el bien, imitando a Jesucristo y poniendo en práctica el mandamiento nuevo del amor.

Murió en olor de santidad

Martín supo por revelación divina cuándo le iba a llegar la muerte y comunicó la noticia a sus numerosos discípulos. Estos se reunieron junto a su lecho de enfermo y le suplicaban llorando: ¿Te alejas padre de nosotros, y nos dejas huérfanos, solos y desamparados? El santo respondió con una frase que se ha hecho famosa: Señor, si en algo puedo ser útil todavía, no rehúso ni rechazo cualquier trabajo y ocupación que me quieras mandar. Sin embargo, Dios se lo llevó para que recibiera en el cielo el premio por sus grandes labores en la tierra.

Su ejemplo nos ilumina

¿Qué podemos aprender de San Martín de Tours para nuestra vida cristiana? Los santos son para nosotros modelos de vida; ejemplos que no debemos pasar por alto; faros de luz que iluminan las situaciones difíciles de nuestro caminar diario. Martín nos enseña a ser caritativos con quienes tenemos al lado y necesitan nuestra ayuda. Al igual que aquel buen samaritano, Martín nos enseña a hacernos prójimos de quienes claman nuestra ayuda desde situaciones difíciles y miserables. Nuestro mundo necesita propagadores de buenas noticias, como lo fue Martín en sus intensos viajes apostólicos; necesita apóstoles de amor y caridad para hacer la vida más agradable a quienes lo pasan mal, y necesita, en definitiva, personas comprometidas que, como Martín, reflejen el amor de Dios allá por donde vayan.

Que Él interceda por nosotros y que celebrar su memoria nos aliente a pensar más en los demás que en nosotros mismos, porque en esto consiste la felicidad que nuestro Dios nos ha prometido.

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