Enterrar y orar por los difuntos

Enterrar y orar por los difuntos
Enterrar y orar por los difuntos (Maestro de Alkmaar | 1504)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Piadosa y saludable es la plegaria
que sigue a los hermanos que se fueron;
Jesús la acoge, lumbre de la gloria,
camino de esperanza, fiel consuelo.

Jesús fue nuestra ofrenda en el Calvario,
del Paraíso puerta, y libre acceso;
que en su preciosa sangre inmaculada
lavados fuimos mundo y universo.

La muerte a él nos une y asemeja,
que de la santidad es el espejo,
y en él abandonados avanzamos,
en él purificados, hasta el cielo.

Fray Rufino Gálvez

SEMBRAR EN ESPERANZA

Durante las jornadas previas a las JMJ de Cracovia visitamos los campos de exterminio de Auswitch y nos recordaban el signo de crueldad que la llamada “solución final” supuso como deseo de borrar la memoria de los judíos ya exterminados cremando sus restos en uno de los actos más cruentos del siglo XX. Paseábamos en silencio por aquel campo en donde se cuenta que las cenizas se expandieron por el aire en muchos kilómetros llegando incluso a Cracovia. Aquel acto contrario a la razón nos estremecía… cientos de miles de personas a quienes se les intentó negar la existencia y el destino. En memoria de todos ellos, de San Maximiliano Kolbe, Santa Edith Stein y de tantos de quien no guardamos memoria física de sus restos, honramos su testimonio confesando la caridad que expresa enterrar en dignidad a los difuntos.

Con ocasión de la publicación de la instrucción Ad resurgendum cum Christo algunos medios de comunicación han elevado sus interrogantes respecto a la doctrina de la Iglesia sobre el sentido cristiano de la última de las bienaventuranzas: el deber de honrar el cuerpo de los difuntos en la espera de la resurrección de la carne. Una bienaventuranza que atiende al presente y al futuro, en este compás de espera del día de la Parusía. “Enterrar es la forma más idónea para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal” (Ad rersurgendum cum Christo).

Para la antropología cristiana, como recuerda dicha instrucción, el cuerpo humano es sagrado, porque es templo del Espíritu Santo, y merece todo el respeto a la espera de la Parusía, más allá de la funcionalidad con la que parece que algunos asumen el destino del cuerpo de los difuntos, respondiendo al criterio de ¿qué es más práctico? ¿qué es más emotivo? ¿qué nos pone en relación con la Naturaleza?

DESDE LA PALABRA

El respeto por el cuerpo del difunto confiriéndole una sepultura digna es uno de los signos más ancestrales de nuestra civilización, cuando menos practicada en el Neolítico y difundida por las Altas Culturas. Es una de las expresiones veraces de la creencia en la inmortalidad y la vida futura y por ende del hecho transcendente. No en vano, Israel conoció el periodo de esplendor en Egipto de las mastabas y pirámides.

Ellos fueron testigos de cómo para otros pueblos, ser privado de sepultura era visto como un castigo, como uno de los peores males entre los hombres (cfr. Sal 79,3). Este era uno de los castigos con que se amenazaba a los impíos (cfr. 1Re 14,11s; Is 34,3; Jer 22,18s). Por eso, efectuar la caridad a través del entierro de una persona yacente era una de las obras de piedad más venerables en el judaísmo. De ahí las exhortaciones de Ben Sira: “A los muertos no les niegues tu generosidad” (Sir 7,33); “Hijo, por un muerto derrama lágrimas y, como quien sufre atrozmente, entona un lamento; amortaja el cadáver como es debido, y no descuides su sepultura” (Sir 38,16).

El testimonio relevante de esta práctica la ofrece el libro de Tobías: “En tiempos de Salmanasar hice muchas buenas obras a mis hermanos de raza: procuraba pan al hambriento y ropa al desnudo. Si veía el cadáver de uno de mi raza fuera de las murallas de Nínive, lo enterraba. Enterré también a los que mandó matar Senaquerib” (Tob 1,16s). Tobías incluye la obra buena de “enterrar a los muertos” después de las obras de misericordia de “dar de comer al hambriento” y de “vestir al desnudo”. Esta enumeración conjunta es la que posiblemente influyó para que esta práctica de caridad fuera incluida como la última obra de misericordia corporal después de las seis enumeradas por Jesús en el Discurso del Juicio Final contenido en Mateo 25.

Esta consideración de obra de bienaventuranza se vio refrendada con el pensamiento de Santo Tomás quien también la incluye en último lugar en el elenco de las obras de misericordia. Para explicar el porqué Jesús no la enunció, argumenta que dicho silencio sobre la sepultura en las seis primeras obras de misericordia, se debe a que las anteriores son de “una importancia más inmediata”, aunque eso no quite la profundidad y el alcance amoroso de sepultar a los muertos (cfr. ST II-II, q. 32, a. 2, ad 1). Y señala que con este proceder los difuntos “no caen en el deshonor de los que restan sin sepultura, ya que los corazones misericordiosos deben tener afecto al difunto aún después de muerto; y es por esta razón que son loados aquellos que entierran a los muertos, como por ejemplo Tobías y los discípulos que sepultaron a Jesús en la tumba” (STh II-II, q.32, a.2, ad 1).

El más famoso muerto enterrado y en una tumba ajena fue el mismo Jesucristo. José de Arimatea facilitó una tumba de su propiedad para el Señor. Pero no sólo eso, sino que tuvo que tener valor para presentarse ante Pilato y pedir el cuerpo de Jesús. Y también participó Nicodemo, quien ayudó a sepultarlo. (Jn. 19, 38-42). Las discípulas, María y Juan honraron espiritualmente y físicamente el cuerpo, lo que la ley permitía en la tarde del Calvario, y aún más esperaban… en la mañana de Pascua. El modo como su cuerpo tratado, manifiesta la fe que los discípulos tenían en la divinidad de Cristo: el modo de fajar su cuerpo, la cantidad de ungüentos… no fue sólo algo procedimental. Manifestaba la intuición en la noche oscura, aquello no podía terminar así sin más. Las palabras aún no entendidas “en tres días reconstruiré este Templo” debían ejercer su función.

DESDE NUESTRA CULTURA

Fieles a esta consigna, la tradición cristiana ha honrado no sólo los restos mortales de los mártires, como acredita la primera arqueología cristiana, sino que ha originado una arquitectura y urbanismo de la esperanza: los campos santos, las diversas formas de cementerios que no necrópolis o mausoleos.

La Iglesia nos ofrece la oportunidad de enterrar a los muertos en un Cementerio o Campo Santo. De esta forma, el cementerio es tierra bendecida y consagrada a Dios, es un lugar apto para orar por aquellas personas que nos han precedido en el encuentro definitivo con el Señor. Hasta la Edad Contemporánea, lo habitual en la civilización cristiana era enterrar dentro o en torno a una iglesia, monasterios y conventos, capillas… En el Norte de España es frecuente ver cómo los cementerios rodean las iglesias parroquiales en esa creencia de la solidaridad entre la parroquia de los vivos y de los difuntos.

UNA IMAGEN PARA ORAR

Concluimos con este artículo la lectura que hemos realizado del Políptico del Maestro de Aalmark. La tabla que nos ocupa es la que posee una composición más compleja, por desgracia la que ha sufrido la pérdida de la capa pictórica. En la sección inferior se desarrolla un sepelio en donde los miembros de una cofradía dan sepultura a un caballero en un cementerio. Por su condición pudiera ser un burgués, pues acuden miembros de una cofradía de dolor que ora, un enterrador, dos fosores y dos ministros. En la escena superior de modo más ingenuo técnicamente, se representa una visión simplificada del Juicio Final. La doble escena manifiesta la fe de la Iglesia en la resurrección.

Para los cristianos, la obra de sepultar a los difuntos es un evento que manifiesta con lucidez el sentido profundo de la muerte. Cristo se enfrenta con la “vieja enemiga” del género humano y triunfa sobre ella. La muerte retrocede ante Aquél que es «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). A partir del gran acontecimiento de la Resurrección la relación entre los hombres y la muerte cambió. Quien cree en Cristo no tiene que temer a la muerte porque aunque muera vivirá. Esta es nuestra fe.

En conclusión, la obra de enterrar a los muertos nos hace pensar con firmeza, a los cristianos, que poseemos un futuro. Nuestra vida, en su conjunto, no se acaba en el vacío y en la nada. Por eso es necesario cumplir otra obra de misericordia, que es orar por los difuntos. La Beata Ana Catalina Emmerick decía, hablando de sus visiones, que muchas almas difuntas se sentían aliviadas al ver gente orante en los cementerios porque Dios les permitía beneficiarse de esos rezos. Por lo tanto, enterrar a los muertos y orar por ellos es, siempre, un acto de inmensa caridad. Como dice el Papa Benedicto XVI: «sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente» (Spe Salvi, n. 2).

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