La fe del carbonero

Rosario

Francisco Castro, Diácono Permanente | Hace unos días un joven que rondaba la treintena me preguntó que significaba tener la “fe del carbonero”. Le conteste que esa frase es un dicho que se atribuye habitualmente a aquellos cristianos que creen sin entender nada de su religión, pero que en ningún momento se plantean que nadie le dé razones para creer. Es decir, son personas que excluyen la razón para comprender ciertas verdades religiosas. O dicho de otra forma, son personas que creen en aquello que desde su infancia les han dicho e inculcado por la simple razón de que lo que les han transmitido hay que creérselo. Y añadí, que en mi opinión creo que la “fe del carbonero”, sólo es buena para el carbonero, es decir que sólo sirve para aquél que no puede tener otra. Porque la fe expresa la respuesta humana al Dios que se revela, no sólo con su sabiduría y su amor, si no que incluye la aceptación intelectual.

Es evidente que la fe es un don gratuito de Dios. Pero ¿qué es tener fe? ¿Qué es creer?

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que cuando los cristianos profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo estas palabras: “Creo” o “Creemos” (refiriéndonos evidentemente al Dios padre de nuestro Señor Jesucristo). Y afirma que la fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Y ¿cómo responde el hombre al Dios que se revela? El hombre responde a la revelación de Dios, con la obediencia de la fe, que consiste en fiarse plenamente de Dios y acogiendo su Verdad, que es la Verdad misma.

Fray Luis de León decía de san Agustín, que el santo gracias a la Verdad de Dios pudo salir del pecado. Pero para ver la Verdad, San Agustín también necesitó del intelecto. Porque no fue sólo con el corazón como la Verdad se reveló a San Agustín, sino también a través del conocimiento. Por eso dijo “cree para comprender y comprende para creer”. He aquí una razón más para que los cristianos no nos quedemos en la “fe del carbonero”.

Cierto es que la fe es un don gratuito que Dios nos concede para que tengamos una experiencia de Él. Entonces ¿Cómo se puede llegar a tener fe? El Doctor en Teología D. Luís González-Carvajal en su libro “La fe, un tesoro en vasijas de barro” afirma que existen diversos modos de llegar a la fe como experiencia de Dios. Y enumera tres formas diferentes: puede ser como un acontecimiento repentino, como en el caso de San Pablo. O ser un proceso gradual pero perfectamente consciente como en el caso de San Agustín. E incluso puede ser un desarrollo suave e inconsciente, es decir una acumulación de experiencias que van transformando poco a poco a la persona sin que ella se dé cuenta, hasta que un día se descubre de repente en posesión de una fe intensa que llegó sin hacerse notar.

Una vez que el hombre ha sido dotado de la fe, éste somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Debe responder a ese don que le ha sido concedido por la gracia divina, y debe responder a la Revelación de Dios con la obediencia en la fe, que es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, que es la Verdad misma.

Son muchos los modelos de obediencia que aparecen en la Sagrada Escritura, citaré los dos casos más significativos: el de Abraham y el de la Virgen María. En el caso de Abraham todos conocemos las pruebas a la que fue sometido por Dios, pero él tuvo fe en Dios y siempre obedeció a su llamada. Por la fe, Abraham obedeció y salió del lugar donde vivía y se fue sin saber a dónde iba. Por la fe vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida. Por la fe, a Sara pudo concebir al hijo de la promesa. Y finalmente, por la fe, Abraham ofreció a su único hijo en sacrificio. Por eso gracias a su fe poderosa vino a ser el padre de todos los creyentes. El caso de la Virgen María es aún más digno de admirar, porque es ella quien realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que nada es imposible para Dios y da su consentimiento: “hágase en mí según tu palabra”. Durante su vida y hasta su última prueba, cuando su Hijo, murió en la cruz, nunca su fe vaciló. María no cesó de creer en el cumplimiento de la palabra de Dios, Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe. Por esta fe todas las generaciones la proclamarán como la bienaventurada. (CIC 147-148).

Pero si la fe es un acto personal en cuanto es respuesta del hombre a Dios que se revela, al mismo tiempo es un acto eclesial, que se manifiesta en la expresión “creemos”, porque, efectivamente, es la Iglesia quien cree, de tal modo que Ella, con la gracia del Espíritu Santo, precede, engendra y alimenta la fe de cada uno, por eso la Iglesia es Madre y Maestra. El Cardenal Paul Poupard (Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura) afirmó que la fe hay que vivirla en comunidad y no solo. ¿Acaso existe una mejor manera de vivir la fe en comunidad que en la Misa dominical donde profesamos nuestra fe en la Iglesia en compañía de todos aquellos que han sido agraciados con el don de la fe?

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