In memoriam Joaquín López Maíz

Joaquín López Maíz

Francisco Castro, Diácono Permanente | El pasado 22 de junio falleció el diácono permanente D. Joaquín López Maíz, a la edad de 57 años. Esposo, padre y abuelo, ejerció su ministerio diaconal durante 18 años con total entrega en la diócesis de Valladolid.

Definir la personalidad de este abulense de pro, tanto desde la amistad que nos unía, como desde el ministerio del diaconado que compartimos sin caer en el elogio emocional no resulta sencillo. Joaquín era como lo definió el profesor D. Javier Burrieza: “una de esas grandes personas que pasan por la vida de uno, que al mismo tiempo son grandes y sencillas, que no hacen ruido, con grandes gestos de amistad y entrega a los demás. Personas que cuando faltan en tu vida te das cuenta que has conocido a un santo”.

Joaquín como el resto de los diáconos permanentes, coordinaba su vocación diaconal, con la entrega a su familia y su trabajo profesional. Una triada que a veces es difícil de compaginar sin menoscabar a ninguna de ellas. Ejercía su ministerio en una triple acción pastoral poniendo en práctica las funciones u oficios propios del diácono: el munus docenti, (diaconía de la Palabra) proclamando el Evangelio a los fieles y exhortando al pueblo con sus homilías y catequesis. El munus sanctificandi, (diaconía de la liturgia) por el que administró solemnemente el sacramento del Bautismo y los sacramentales, distribuyó la Eucaristía, bendijo el sacramento del Matrimonio en nombre de la Iglesia, presidió el rito del entierro y de los funerales y consoló a los enfermos administrándoles el viatico. Y por último el munus regendi, (diaconía de la caridad) para esta función de la caridad Joaquín tuvo siempre presente las palabras de San Policarpo dirigidas a los diáconos en su entrega a quién lo necesitaba: “Sed compasivos y diligentes, actuando según la verdad del Señor, que se hizo el servidor de todos”.

Durante su labor en las parroquias donde desarrolló su ministerio, con su visita consoladora a los enfermos se hizo servidor de todos, pues la verdadera vocación del diácono por la que fue ordenado, es ser servidor de todos, es configurarse con Cristo Siervo. Con su ejemplo y su palabra se puso al servicio de los hermanos. Con su dedicación sirvió al pueblo de Dios en nombre de Cristo, con humilde caridad y misericordia.

Como diácono casado, Joaquín se sintió particularmente responsabilizado por ofrecer un claro testimonio de la doble santidad del matrimonio y de la familia. Bendecido por el Señor, con una esposa que en todo momento apoyó su vocación diaconal, tuvo la suerte de ver incrementado el amor matrimonial con dos hijas y un nieto, donando su amor hacia ellas sin ningún tipo de límite. Compaginar la entrega diaconal y de esposo a veces lleva consigo el robar algo de tiempo a quien más quieres, pero su esposa y sus hijas nunca tuvieron la menor duda de que la entrega de Joaquín por aquellos que lo necesitaban, no sólo no significaba un pequeño abandono temporal, sino que con su generosidad mostraron que el matrimonio es un sacramento de comunión, no solo entre los esposos, sino con la Iglesia y la comunidad.

Joaquín y su esposa sabían que toda familia cristiana está llamada a asumir de forma viva y responsable la misión de la Iglesia en el mundo actual, pero en el caso de los diáconos casados, estamos llamados de una forma especial a ser un ejemplo vivo de fidelidad y de servicio a la misión de la Iglesia. Por ello el papel de la esposa es de vital importancia en esta entrega familiar, porque son ellas quienes con su apoyo y testimonio hacen posible responder al servicio de la Iglesia a través de la conexión entre el sacramento del matrimonio y el diaconado. Un verdadero ejemplo de este testimonio han sido Joaquín y su esposa, quienes con su entrega total al servicio de los demás han contribuido a hacer presente la Iglesia en el mundo actual.

Pero si hay un rasgo característico que destacar de Joaquín fue su relación con los jóvenes. Él era consciente que los jóvenes constituyen una fuerza excepcional en la Iglesia, que son el presente y sobre todo el futuro de la Iglesia. Su cercanía y conexión con ellos a través de encuentros y de la catequesis de preparación para el sacramento de la Confirmación, dio como resultado que muchos de esos jóvenes sigan hoy colaborando en las parroquias donde Joaquín ejerció su ministerio. Como padre de familia, sabía lo que es experimentar el amor hacia y de los hijos, practicó el diálogo y la comprensión, actitudes que le ayudaron a entender, ayudar y conectar mejor a los jóvenes y sobre todo a colaborar con ellos en sus problemas, dudas e inquietudes.

No puedo terminar este merecido homenaje a mi amigo Joaquín sin hacer de nuevo alusión a su origen abulense. Cualquiera que lo haya conocido, no sólo ejerciendo su ministerio, sino en la vida cotidiana, sabe que siempre que tenía ocasión presumía y llevaba muy a gala a su Ávila natal y por supuesto su devoción a la Virgen de las Vacas. Pido a Dios que la Virgen que te arropó con su manto, te acoja con sus brazos misericordiosos en la casa del Padre.

Querido Joaquín, sólo se me ocurre esta despedida:

¡Te nos has ido demasiado pronto!

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