El santo del pueblo: Antonio de Padua

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Jesús García Gañán, Presbítero | Antonio de Padua es un santo muy conocido y querido por todos los que nos confesamos cristianos, seguidores de Cristo crucificado y resucitado para nuestra salvación. El Papa León XIII le llamaba, con razón, el santo de todo el mundo.

Le apodaron el “martillo de los herejes”

Nació entre los años 1188 y 1195. Seguramente el lugar de su nacimiento fue Lisboa, la capital portuguesa, y era hijo de una familia acomodada de aquel lugar. Sus padres le bautizaron con el nombre de Fernando, y vieron en él un auténtico regalo de Dios, pues fue el primogénito de sus hijos y estaba dotado de índole buena, probidad e integridad de costumbres. Siendo Fernando adolescente, ingresó en el Monasterio de San Vicente, de los canónigos regulares de San Agustín, y dos años más tarde, cuando tenía 17 años, se trasladó al Monasterio agustiniano de Santa Cruz en Coimbra. Nueve años permaneció nuestro santo en este lugar, dedicándose sobre todo al estudio, la intensa vida espiritual y la piedad. Cuentan los biógrafos del santo que en su juventud fue tentado por la violencia de las pasiones propias de esa edad, pero el casto joven nunca, ni por un instante, se rindió a las exigencias de la pubertad y del placer.

El año 1220 fue crucial para la vida de Francisco. A principios de este año, cinco franciscanos menores misioneros fueron asesinados en Marruecos y las reliquias de estos protomártires franciscanos fueron llevadas al Monasterio de Coimbra en el cual Fernando estaba. Este suceso despertó en nuestro protagonista el deseo de morir mártir de Jesucristo e ingresar en la Orden de los Franciscanos Menores. Con estas palabras que siguen comunicó el santo su deseo de ingresar en la orden a hermanos que iban a pedir a su monasterio: Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito de vuestra orden si me prometiérais enviarme, luego de haber entrado, a tierra de sarracenos para que sea partícipe de la corona de los santos mártires. A la mañana siguiente, Fernando ingresó en el convento de San Antonio de Olivares de Coimbra, de la Orden Franciscana, cambiando su nombre por el de Antonio. Una enfermedad no le permitió salir a misiones al poco de su entrada, pero algunos lugares en los cuales ejerció su labor apostólica, fueron la Romaña y Rímini, donde luchó grandemente contra las herejías, ganándose el apodo de incansable martillo de los herejes.

Fama de santidad en Padua

Pero no solo en Italia, sino que también nuestro protagonista tuvo que acudir a Francia, para ayudar a combatir en aquel lugar la herejía albigense, y tuvo como principal cometido la enseñanza de la Teología a los religiosos de su orden, compaginándola con el apostolado entre el pueblo. A finales del año 1229, Antonio fue enviado a Padua, donde predicaba con gran ímpetu la palabra de Dios al pueblo. Vivía en austeridad y recogimiento, y ayudaba a muchas personas con su testimonio de vida. Muchos señalan que era tanto el fervor del pueblo por su persona y su predicación que se abalanzaban sobre él las gentes para recortar pedazos de su hábito.

Consumido Antonio por tanto esfuerzo, quiso retirarse ya en los últimos años de su vida al eremitorio franciscano de Camposampiero, en cuyas cercanías había un gran nogal. El santo pidió que se le construyera allí una celda entre las ramas del árbol, para poder, de esta manera, dedicarse a la meditación y el recogimiento, pero pocos días más tarde se trasladó al convento de Arcella, cercano a Padua. Antonio murió el día 13 de junio de 1231, y los niños, al enterarse del suceso, recorrieron las calles de la ciudad al grito de ¡Ha muerto el santo! ¡Ha muerto San Antonio! Como podemos comprobar, San Antonio de Padua, gozó de gran fama de santidad desde los primeros años de su vida. Fue un santo muy querido en vida por su gente, y en la actualidad es también uno de los santos a los que más creyentes rinden devoción. El pueblo cristiano acude a él por una lista interminable de favores: resucita a muertos, cura enfermedades, convierte a los herejes, hace que los ricos se desprendan de sus bienes y los compartan con los pobres, encuentra las cosas perdidas y conserva la amistad con el niño Jesús.

Modelo de santidad para nosotros

Fue tal la fama de santidad que tenía, que apenas un año después de su muerte, el Papa Gregorio IX lo canonizó, y en 1946, el Papa Pío XII lo proclamó doctor de la iglesia con el título de Doctor Evangélico. Demos gracias a Dios por la vida de los santos, que tanto nos enseñan con su palabra, su testimonio de vida y su buen hacer. Ellos son los amigos de Dios por excelencia; supieron ponerse en manos del Señor y dejarse hacer por Él. Cantemos a los santos con estas preciosas palabras salidas de un alma agradecida por el testimonio de tantos amigos de Dios con los que contamos en nuestra historia: Dios os bendice, los hombres cantan que sois felices; Dios os bendice, los amigos cantan que sois de Dios. El amor está en vuestra casa y vosotros en la casa del Padre, el amor está en vuestra casa y vosotros en las manos de Dios.

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