Corazón de Jesús, Rey y centro de todos los corazones

Cristo Resucitado
Cristo Resucitado (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | El salmista, apenas levantado por la mañana, vuelve su corazón orante y se dirige a Dios con fe intensa y esperanzada:

Escucha Dios mío, mis palabras,
oye mi suspiro,
atiende  a mi clamor.
Dios mío, mi Rey, que a ti te suplico (Sal 4,2-3)

«Mi Rey», «mi Dios» son profesión de fe en la divinidad y realeza de Yahvé pero manifiestan la cercanía íntima de Yahvé como «centro y Rey» del corazón del orante.

Esta alabanza brota, como obsesión religiosa, en los labios del salmista y se basa en la grandeza de un Dios Creador y guía de su persona y del pueblo de Israel. Es frecuente en el salterio la aparición de salmos que presentan y cantan al Dios de Israel como el único y verdadero frente a los falsos dioses de las naciones circundantes (Sal 95,1-6; 98,1-5).

En el Nuevo Testamento ese Dios-Rey ha tomado carne. Con el tiempo entrará a lomos de un borriquillo en Jerusalén, atrayendo con su persona a los que le presentaban sus ramos y túnicas a modo de alfombra real. Lo anunciaba el profeta:

¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey, justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna.
Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero y proclamará la paz a los pueblos.
Su dominio irá de mar a mar,
desde el Río hasta los extremos del país (Zac 9.9-10).

Antes había presentado su Corazón como centro de aprendizaje (Aprended de mí…Mt 11, 29), de atracción (Cuando sea elevado atraeré a todos hacia mí Jn 3,14; 12,32) y como fuente de vida (Al instante de su costado brotó sangre y agua Jn 19,34). Muchos se sintieron atraídos por él: los Magos (Mt 2,2), los que le seguían atraídos por su predicación y curaciones de todo tipo, el buen ladrón (Lc 23,42), el centurión romano (Mt 27,54). Había en Cristo una realeza y majestad que lejos de asustar o alejar a la gente, la cautivaba y acercaba a su corazón.

Los que más estuvieron en torno a su persona, y centraron en Él su existencia, fueron los apóstoles a los que llamó para que estuvieran con él (Mc 3,14). En Cristo descubrieron que sus palabras eran «vida eterna» (Jn 6,68) y no había lugar mejor al que ir que quedarse con Él.

Incluso quedaron atraídos en su mirada material en el momento de la Ascensión (Hch 1,10). Desde ese momento su Corazón resucitado vivo les atraerá en cualquier circunstancia y podrán encontrarlo en todo momento puesto que «se quedó en medio de ellos» (Jn 20,19, Lc 24,36), «hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). «Jesucristo es el rey centro de todos los corazones. Reunidos en Él por medio de la verdad, nos acercamos a la unión del reino, donde Dios “enjugará toda lágrima” (Ap 7,17), porque será “todo en todos” (1 Cor 15,28)»

«En este mundo Cristo es rey de los corazones.  Sólo deseó ese reino que no es de este mundo y que, al mismo tiempo, en este mundo se arraiga por medio de la verdad en los corazones humanos: en el hombre interior. Por este reino anunció el Evangelio e hizo grandes signos. Por este reino, el reino de los hijos y de las hijas adoptivos de Dios, dio su vida en la cruz» (Juan Pablo II, Ángelus, Castelgandolfo, 25 de agosto 1985).

Anterior

En Monóvar, Alicante

Siguiente

Para leer (nº 149)