Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad

Jesucristo

Pablo Cervera Barranco | Cada una de las invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón de Jesús «es una fuente de inspiración para nuestra vida interior: para nuestra relación con el misterio de Jesucristo» (Juan Pablo II, Ángelus, 15 de septiembre de 1985). Por este motivo, mes a mes, nos acercamos a la riqueza inmensa que encierran estas invocaciones.

San Pablo proyecta sobre Cristo un término de profundo contenido teológico que utiliza en diversos contextos: el término plenitud (pleroma). En Gal 4, 4-5 dice: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para concedernos el ser hijos por adopción». El horizonte de la fe de los hijos de Abraham se abre ahora a los hijos como herederos de las promesas divinas.

A la plenitud de los tiempos acompaña la plenitud del amor divino por el que el Padre envía al Hijo en el tiempo. Con Cristo llega «el amor, plenitud de la ley» (Rom 13,10). En Cristo, plenitud material y espiritual, se pone en marcha el misterio del plan de salvación que «Dios formó en sí, para realizar en la plenitud de los tiempos, recapitulando todas las cosas en Cristo» (Ef 1,9-10).

Cristo es eje, centro, cabeza y culmen de la creación y de la redención. En torno a él gira toda la vida de la Iglesia, «la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 9,12-13). Cristo está lleno de la gloria divina, es el pleroma de Dios. En un grito orante el apóstol canta las dimensiones del amor divino: «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo conocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios» (Ef 3,14-19).

«De su plenitud todos hemos recibido gracias sobre gracias» (Jn 1,16), dice el evangelista san Juan. Por su parte, san Pablo pedirá que esa plenitud de divinidad invada a toda la Iglesia. La plenitud que el Hijo recibe del Padre se quiere derramar sobre los cristianos: «El Padre de la gloria… desplegó todo en Cristo…y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos» (Ef 1, 17.20.22-23).

La participación histórica del cristiano en la vida divina tiene su origen en el Padre que envía al Hijo, a Cristo Dios-hombre que entra en la historia y con su dynamis invade al que le acoge con fe. La carta a los Colosenses recoge, como la dirigida a los Efesios, parecidas líneas teológicas sobre la plenitud de Cristo: «Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud» (Col 1,18-19). El versículo siguiente recoge la plenitud de Cristo recibida en la Iglesia, mediante el misterio pascual: «Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20).

Y en el culmen de esta presentación san Pablo dirá en la misma carta: «Porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). El Corazón de Jesús, Cristo Dios y hombre, posee en sí la esencia divina. Corazón de carne, está inundado por la divinidad. San Juan afirma que la encarnación es el encuentro con esa gloria divina que viene a habitar entre nosotros: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

«El misterio de Cristo: Dios-Hombre, tiene una elocuencia particular, cuando miramos a la Cruz: ¡he aquí el hombre! ¡He aquí el Crucificado!, ¡He aquí al Hombre totalmente despojado! ¡He aquí al Hombre «destrozado a causa de nuestros pecados»! ¡He aquí al Hombre «cubierto de oprobios»! Y, al mismo tiempo: ¡he aquí al Hombre-Dios! En Él habita toda la plenitud de la divinidad. ¡De la misma naturaleza que el Padre! Dios de Dios. Luz de luz. Engendrado, no creado. El Verbo Eterno. Uno en la divinidad con el Padre y con el Espíritu Santo» (Juan Pablo II, Ángelus, 15 de septiembre de 1985).

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