Corazón de Jesús, en quien el Padre halló sus complacencias

Bautismo de Jesús

Pablo Cervera Barranco | Hay una complacencia, que es amor, que el Padre tiene en el Hijo desde toda la eternidad. Gracias a ese amor todo recibe la existencia: «sin Él no se hizo nada de cuanto se ha hecho» (Jn 1,3).

La complacencia del Padre encuentra su manifestación en la obra creadora y, de modo culminante en el hombre: «vio que era muy bueno» (Gén 1,31). En el Corazón de Jesús puede el hombre ver ese «punto central» para encontrar de nuevo la confianza en la creación. El Corazón de Cristo ve el orden y la belleza del mundo, ve el sentido de la existencia.

La letanía nos envía la orilla del Jordán, en el momento del bautismo de Cristo, y al Monte Tabor. En ambos misterios de la vida de Cristo los evangelistas narran la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle» (Bautismo: Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22. Tabor: Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,35). «Por medio de aquella voz enviada del cielo, quiso el Padre declarar no solo que era su Hijo, sino también con qué fin lo enviaba, para que más gustosamente fuese recibido por los hombres» (Juan de Maldonado, SJ).

Los textos evangélicos evocan las palabras del profeta Isaías: «He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, mi escogido, en quien mi alma se complace. He puesto mi Espíritu sobre él; él traerá justicia a las naciones» (Is 42,1-21). En griego se utiliza la misma palabra para siervo que para hijo. El destino del Hijo será traer la justica (sanidad) al mundo mediante el tesoro del Espíritu acumulado en su Corazón a lo largo de toda su existencia y manifestado y donado en la escena del corazón traspasado y en Pentecostés.

La complacencia eterna del Padre en el Hijo se prolonga en la encarnación y misión redentora de Cristo. Cristo acogió esa misión como voluntad del Padre: «Mi alimento es hacer la voluntad del Padre». Esa voluntad fue realizada por Cristo hasta la muerte en cruz y la complacencia del Padre en el Hijo, que estaba radicada en la entrada de la Trinidad, entra a formar parte de la historia humana. «El Hijo mismo se hizo hombre y en cuanto tal tuvo un corazón de hombre, con el que amó y respondió al amor. Antes que nada al amor del Padre. Y por eso en este corazón, en el Corazón de Jesús, se concentró la complacencia del Padre. En el Corazón de Jesús el hombre y el mundo vuelven a encontrar la complacencia del Padre. Este es el corazón de nuestro Redentor. Es el corazón del Redentor del mundo» (San Juan Pablo II, Ángelus, 22 de junio de 1986).

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