Corazón de Jesús, dignísimo de toda alabanza

Cristo cura al leproso
Cristo cura al leproso (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | El Antiguo Testamento manifiesta frecuentemente la alabanza a Dios (Éx 15, Jue 5, Jdt 16, Is 12,2, Jer 17,14…) pero es en los salmos donde encontramos el género hímnico de alabanza, alegría, adoración y glorificación del Señor. Se invita a las criaturas a alabarlo por sus obras, especialmente la creación y la providencia, junto con los prodigios realizados en la historia. Hay salmos que alaban a Dios Creador y Salvador (Sal 8, 29, 103, 135, 136, 150…); otros alaban la presencia y protección de Yahvé sobre la Ciudad Santa de Jerusalén (Sal 46, 48, 76, 87) y otros lo hacen a la realeza de Dios (Sal 47, 93, 94, 96, 97, 98, 99). La alabanza de estos salmos se complementa con los salmos de agradecimiento individual (Sal 9-10, 30, 32) o colectivo (Sal 65, 66, 67, 68, 75…).

El salmo 144 desborda en alabanza a Dios y convoca a todas las generaciones para que formen parte de un inmenso coro que cante a Dios:

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey,
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

La alabanza en el Nuevo Testamento se encuentra en la oración de Jesús, también junto a la bendición, el agradecimiento y la súplica confiada en el Padre. Mt 11,25-27 expresa la alabanza al Padre bendiciéndole porque los misterios del reino quedaron escondidos a los sabios de este mundo y fueron revelados a los pequeños. La misma actitud de «alabanza en el Espíritu» se encuentra en Lc 10,21-22, así como en Jn 11,41-42: «Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado». Jesús subraya la «gloria» dada a Dios por el samaritano leproso curado, el único de los diez que volvió a dar gracias a Jesús. La vida ejemplar de sus discípulos puede convertirse en ejemplo para que otros «den gloria al Padre al ver las buenas obras» (Mt 5,16; Jn 15,8).

Junto a todos estos elementos encontramos que Cristo fue objeto también de alabanza durante su vida terrena. Así lo expresan el leproso (Mt 8,2), el centurión de Cafarnaúm (Mt 8,6), la mujer cananea (Mt 15,22-25), el epiléptico endemoniado (Mt 17,14-15), los ciegos de Jericó (Mt 20,30-31; Lc 18,43: «Recobró la vista y seguía a Jesús, glorificando a Dios; mientras todo el pueblo, viendo esto, alababa a Dios»). Cuando enseñó en la sinagoga todos hacían grandes alabanzas (Lc 4,15). Incluso una mujer conmovida por las palabras de Cristo le elogia, elogiando a su madre: «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11,27). Cuando entra solemnemente en Jerusalén, antes de la Pasión, la alabanza es entusiasta y colectiva: «Bendito el que viene en el nombre del Señor. Paz en la tierra y gloria en lo alto del cielo» (Lc 19,37-38).

Los discípulos, tras la ascensión, «estaban en el templo alabando a Dios» (Lc 24,51-52), «alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo» (Hch 2,46-47). La oración de alabanza pura es recogida en doxologías, frecuentes en el Nuevo Testamento (1 Tim 1,17; Gál 1,5; Ap 15,3-4). La Iglesia alaba a Cristo como Verbo de Dios (Jn 1,1-18) y en otros himnos cristológicos (1 Tim 3,16; Flp 2,6-11; Col 1,15-20; Hch 19,17; 2 Tes 1,12; 2 Tim 4,18; 2 Pe 3,18; Heb 13,21; 1 Pe 4,1).

También la Iglesia del cielo alaba a Cristo con palabras que recoge el Apocalipsis: «A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos» (1,5-6); «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría y la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza» (Ap 5,11-12); «A quien está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder, por los siglos de los siglos Ap 5,13-14).

«Y este hombre… es vuestro Dios.
Fue en el pasado vuestro hacedor; en el futuro será vuestro juez.
Haced de él, en el presente, vuestro héroe.
Dedicad un poco de vuestro tiempo a pensar en él, honradlo en vuestros corazones.
Podéis alabarlo en vuestro trabajo en vuestro camino, repitiendo sin fin:
gloria al cuerpo de Cristo, en su belleza.
gloria al cuerpo del Verbo encarnado,
gloria al cuerpo amamantado por el pecho de la Santísima Virgen,
gloria al cuerpo de Cristo en su cansancio,
gloria al cuerpo de Cristo en su Pasión, muerte y sepultura,
gloria al cuerpo de Cristo resucitado,
gloria al cuerpo de Cristo en el Santísimo Sacramento,
gloria al alma de Cristo,
gloria a su genio y a su sabiduría,
gloria a sus pensamientos inescrutables,
gloria a sus palabras de salvación,
gloria a su sagrado Corazón,
gloria a su valentía y a su viril humanidad,
gloria a su mansedumbre y a su misericordia,
gloria a cada pálpito de su corazón, a sus alegrías, dolores, deseos, temores,
gloria en todo a Jesucristo».

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