Corazón de Jesús, Casa de Dios y Puerta del Cielo

Jesús Resucitado
M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti
Palacio apostólico (Vaticano)

Pablo Cervera Barranco | Isaac hace su bendición patriarcal sobre su hijo Jacob y le entrega la antorcha del diálogo con el Dios de la promesa. Yendo de camino hacia Mesopotamia cae dormido y tiene un sueño: «Soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella» (Gén 28, 12). Siente que Yahvé le habla de cerca: «Yo soy Yahvé, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendecirán todos los linajes d la tierra; y por tu descendencia» (Gén 28, 13-14). La promesa de Dios no sabrá de dificultades, Dios no falla: «Mira que yo estoy contigo; te guardaré por doquiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho» (Gén 28,15). Jacob, al despertar, muy impresionado, prorrumpe en un monólogo de fe: «¡Así pues, está Yahvé en este lugar y yo no lo sabía! Y asustado dijo: “¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!”» (Gén 28,16-17).

Aquí tenemos, pues, el origen bíblico primero de la letanía que comentamos: Casa de Dios y Puerta del Cielo. Se ha prescindido de la primera frase de asombro: «¡Qué temible es este lugar!», Jacob subraya en la escena comentada y más adelante (Gén 35,7) el elemento de la Casa de Dios (=Bet ‘El). La invocación es una profesión de fe de la santidad del lugar donde levantó un altar y lo roció: «Se levantó Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Betel (= Casa de Dios), aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz» (Gén 28,18-19). Este acto expresa también el agradecimiento de Jacob por los beneficios divinos recibidos en ese lugar.

La Sagrada Escritura está atravesada por multitud de textos que recogen el binomio Casa de Dios=Casa de Yahvé, junto con los beneficios y favores que brotan al entrar en contacto con ella.

Los cristianos se saben desde el comienzo como Casa de Dios: «Nosotros somos su Casa» (Heb 3,5-6). Al entrar en contacto con Jesucristo de modo vivo e íntimo los cristianos, desde los orígenes, perciben esta realidad: «Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por mediación de Jesucristo» (1 Pe 2,4-5).

El texto por excelencia en que Cristo mismo se llama puerta lo encontramos en Jn 10: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas» (vv1-2). Y más delante: «Jesús les dijo de nuevo: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto» (vv. 7-9).

«Preparémonos a escuchar la explicación de Aquel cuya exposición hemos oído… He aquí que ha manifestado la puerta que había propuesto velada; Él mismo es la Puerta. Pues la hemos descubierto, entremos; o gocémonos de haber entrado» (San Agustín, Sobre el evangelio de san Juan, 45,9: PL 35, 1722). Esa puerta «no se cerrará jamás» (Apoc 21,25).

El gran Lope de Vega cantó a esta Puerta del Cielo, que es el Corazón de Cristo:

Hoy, para rondar la puerta
de vuestro santo costado,
Señor, un alma ha llegado
de amores de un muerto muerta.

Asomad el corazón,
Cristo, a esa dulce ventana,
oiréis de mi voz humana
una divina canción.

Muerto estáis, por eso os pido
el corazón descubierto
para perdonar despierto,
para castigar dormido.

Si decís que está velando
cuando vos estáis durmiendo,
¿quién duda que estáis oyendo
a quien os canta llorando?

Y, aunque él se duerma, Señor,
el amor vive despierto;
que no es el amor al muerto,
¡vos sois el muerto de amor!

Que, si la lanza, mi Dios,
el corazón pudo herir,
no pudo el amor morir,
que es tan vida como vos.

Anduve de puerta en puerta
cuando a vos no me atreví;
pero en ninguna pedí
que la hallase tan abierta.

Pues, como abierto os he visto,
a Dios quise entrar por vos:
que nadie se atreve a Dios
sin poner delante a Cristo.

Y aún éste, lleno de heridas,
porque sienta el Padre eterno
que os cuestan, Cordero tierno,
tanta sangre nuestras vidas.

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