La palabra vino a los suyos. Prólogo del evangelio de San Juan

El prólogo es el mensaje “condensado”
El prólogo es siempre lo último que se escribe de un libro. Si está bien hecho, da la idea del libro. Es en cierta manera síntesis y da las claves de lectura del libro. Esto también sucede con el evangelio de san Juan. El prólogo (Jn 1, 1-18) da la clave del evangelio, y después de haber leído el evangelio, podemos volver sobre el prólogo entendiendo mejor todas sus claves. Es el evangelio “condensado”.
Jesucristo es la Palabra de Dios que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1, 1). El evangelio de san Juan es eso: la Palabra de Dios que llega e ilumina a todo hombre. Pero más todavía, la Palabra de Dios que ilumina a todo hombre es rechazada por los hombres porque las “tinieblas” no le recibieron: vino a los suyos y los suyos no le recibieron (v. 11). Rechazada por los hombres y acogida por algunos que se hacen hijos de Dios. Este tema se volverá a repetir.
La iluminación por parte de Cristo, el rechazo y la aceptación por parte de los discípulos es continua hasta la Cruz. Y en la Cruz es lo mismo: Palabra suprema que no es acogida. Allí está san Juan que recoge y cree en Él para que también vosotros creáis y creyendo tengáis vida eterna.
Hemos de leer el evangelio no como lectores o cronistas, sino como protagonistas: o sea que el evangelio se me revela a mí y yo lo rechazo o lo acojo. Y a los que lo reciben les da poder para ser hijos de Dios. Y por tanto soy yo el que crezco en esa filiación, con un sentido dinámico, de hacerse cada vez más hijo de Dios.
San Juan presenta a Jesucristo como la Palabra eterna del Padre
La Palabra de Dios es eterna, se ha querido comunicar a los hombres desde toda la eternidad. Nosotros, seres temporales, no podemos hablar de eternidad, no tenemos experiencia de ella, por eso todo lo que nosotros digamos de la eternidad se nos escapa. Solemos identificarla con un tiempo sin fin, pero es mucho más. Nos imaginamos el tiempo y el espacio y lo quitamos, es más exacto, pero sólo la construimos por vía negativa, y es mucho más.
Pues bien, desde el principio san Juan presenta la Palabra de Dios, y la presenta en el Padre. El principio era el Verbo, y el Verbo estaba cara al Padre, hacia el Padre, el Verbo era Dios. Esa palabra, ese Verbo es Jesucristo. Ese Jesucristo que ha conocido por los caminos de Galilea y habla, enseña, cura, acompaña… es la Palabra en todo lo que hace. Este es el que dice: En verdad os digo antes de que Abraham existiera, Yo soy (Jn 8, 58); dice: Yo soy. Y san Juan lo reconoce en su preexistencia como la Palabra. El Verbo, la Palabra, afecta a todo lo que revela en sí a nosotros.
Y esta Palabra es Cristo crucificado, Cristo amando a los hombres, dando su vida con ellos hasta el fin. Este es Jesucristo. Creer en Jesucristo no es simplemente creer que Él es Hijo de Dios y nada más, sino creer en Jesucristo, que es la verdad, que cuando Yo sea levantado entonces conoceréis que Yo soy (cf. Jn 3, 14). Este es el gran misterio. Y esta Palabra la pronuncia el Padre.
Es evidente que cuando decimos esa Palabra, se refiere al contenido de la Palabra, no a la palabra pronunciada. Y ese contenido recoge en sí todas las otras palabras que Jesús ha pronunciado. Y todo eso se condensa en la Cruz, en Cristo crucificado. Todo lo demás nos ayuda a descifrar esta Palabra. Nosotros vemos ese amor en muchos momentos de su vida, pero la explosión, la gran revelación amorosa del Padre es ahí. Y ahí hay que acogerlo. Es la palabra que el Padre me dirige en Cristo.
Palabra de amor que el Padre habla, es venida del Padre. Así que cuando oímos, por ejemplo, que Jesucristo cura al ciego de nacimiento, lo que nos interesa no es la simple curiosidad de un hecho que sucedió en un determinado lugar de Jerusalén, en un determinado día del año, sino que en su curación veo el corazón del Padre, el corazón del Padre que le ama. Que va a su encuentro, en este caso, lo cura, que lo acoge en la ternura del amor del Padre con su profundo corazón.
Cuando Jesús dice Yo soy el camino, la verdad y la vida, la verdad se refiere a esta realidad. La verdad de san Juan es el Hijo de Dios que da su vida por nosotros en obediencia amorosa al Padre para reconciliarnos con Él. Por eso Cristo crucificado es la Palabra.
A través de la Palabra, que era cara al Padre (v. 2), cara a Dios, y era Dios, todo se hizo por Ella, y sin ella no se ha hecho nada de lo que se ha hecho (v. 3). Esto es verdad a nivel natural, de toda la creación. Y esto se aplica a nuestra vida y significa que nada ha sucedido en mi vida que no se haya hecho por Él. Por muchos momentos oscuros que yo haya pasado nada ha sucedido sin Él. Todo lo que ha sucedido ha sucedido por Él y para Él aunque yo no lo entienda y aunque yo no lo sepa explicar. Pero sin Él nada ha sucedido aquí. Nada. Esto es consolador, y eso da seguridad al mismo tiempo, porque estamos ciertos del amor inmenso que nos tiene.
La Palabra es vida eterna y luz de los hombres
En ella estaba la Vida es Palabra de Vida, y comunicadora de esta Vida. Es superación de la muerte, origen de la eternidad para nosotros que nos la comunica. Esa Vida era Luz de los hombres. La Luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
Nos habla del paso y la acción de esta Palabra de luz que veremos más adelante. Por ejemplo: cuando en el sermón del Pan de Vida nos habla diciendo: el que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida eterna, el que no come mi carne ni bebe mi sangre no tendrá vida eterna (Jn 6, 54) se le fueron muchos, se escandalizaron, y a los que quedaban les dijo: ¿También vosotros os queréis marchar? (Jn 6, 67). Esta frase impresiona. Cuando uno la lee como protagonista, y dicho personalmente: ¿También tú me vas a dejar? Y le dejan muchos (cf. Jn 6, 66). Y san Pedro le contesta: ¿A dónde vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Tú eres la Palabra de Vida eterna. Nos das palabras que dan vida, que vivifican. Entendemos así que en Él estaba la vida (v. 4).
Con la luz ocurre lo mismo respecto de las tinieblas. Jesús es la luz de los hombres: Yo soy la luz (Jn 8, 12); Caminad mientras tenéis luz (Jn 8, 35); Vosotros sois la luz del mundo (Mt 5, 14). Esto tiene que aplicarse a nosotros. Desde el momento en que tenemos Vida, somos Vida y comunicadores de vida. Y en el momento en que nos dejamos iluminar por la luz, somos luz y comunicamos luz. Esto es el plan de Dios y el Evangelio, todo el Evangelio de san Juan.
El Evangelio de San Juan es un drama
Toda esta contraposición entre luz y tinieblas tiene una gran fuerza dramática. Y dentro de ese drama presenta san Juan esta lucha entre la vida y la muerte. En Él estaba la vida -san Pablo repetirá por el pecado entró la muerte (Rm 5, 12)-, y ahí se establece esa batalla que se da en nosotros. Y aparentemente triunfa la muerte, porque a cada uno de nosotros la muerte acabará por poder con nosotros. Cuando van pasando los años, va haciéndose mayor, tiene achaques, ha tenido una enfermedad y ha salido pero ha salido herido. La muerte ha dado pasos muy fuertes adelante, y ese cuerpo está desgastado, se va acercando la muerte y así sucesivamente. Desde esta óptica podríamos decir que empezar a vivir es empezar a morir.
Pero el gran mensaje de san Juan es la resurrección, y resurrección como triunfo de la vida. De tal manera que la muerte será destruida. Pero lo grande es cuando la fuerza de la Vida es capaz de vivificar por la muerte. Esto es la redención de Cristo. Significa que da vida muriendo. Y nos enseña a nosotros que lo que es reino de muerte, todo aquello que es aflictivo de la naturaleza humana, es vida cuando es vivido en el amor. O sea, que la vida está operando, aún en la muerte nuestra.
Y lo mismo pasa con la luz y las tinieblas. Hay un rechazo de esa luz. La luz también es más fuerte que las tinieblas, pero tenemos que abandonarnos a la luz y dejarnos iluminar por la luz.
Uno de los aspectos que aparecen en el Evangelio que viene a ser como una ampliación de esta síntesis del prólogo, es precisamente esto: se huye de la luz, y se huye de la luz porque uno no quiere descubrir la oscuridad que tiene dentro. Entonces prefiere mantenerla bajo la capa de la oscuridad y no quiere que se revele lo que hay de tortuoso en el corazón. Y de esto somos víctimas todos.
Viene para hacernos hijos de Dios
Esta es la palabra y luz verdadera que ilumina todo hombre, ilumina este mundo. Y estaba en el mundo, fue hecho por ella, y el mundo no la conoció… Vino a su casa y los suyos no le recibieron (v. 11). Este es el drama del evangelio de san Juan. Rechazo hasta el fin. Y es típico ese drama del pueblo en su relación con Dios. Cristo crucificado sigue llamando a nuestra puerta, a la puerta de los hombres. Y se le cierra muchas veces. Tomemos conciencia de que nosotros también estamos en medio de esta enfermedad, y que esto está pasándome también a mí hoy. Sintámonos en ese drama de Dios, de la Palabra de Dios, del amor eterno de Dios que quiere introducirnos, y nosotros no le abrimos las puertas. Por lo que sea, sabemos que es el estado en que nos encontramos, las acepciones que tenemos, las tinieblas que nos ocupan, las obras que no son del todo buenas. Pero el hecho es que le rechazamos, y ahí es donde añade: y los suyos –los suyos- no le recibieron (v. 11).
Pero ahí mismo añade: a todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios (v. 12). San Juan escribe su evangelio para transmitirnos esta Palabra con un fin, la filiación divina en nosotros. Esta es la conclusión de su evangelio: Todo esto se ha escrito para que creáis que Jesús es hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida eterna (Jn 20, 31). Recibiendo, tengáis Vida eterna de hijos de Dios y así seáis partícipes de la familia de Dios.