Fe y delicadeza

Virgen María

Silvia María Alfonso (artículo recuperado del número 96 de la revista)

Más fuerte que mi oscuridad

Bajaron a Jesús de la cruz y lo colocaron en un sepulcro excavado en la piedra. En aquel momento parecía que todo acababa en el frío silencio de aquel sepulcro oscuro; sin embargo, estamos seguros de que la llama de la fe del corazón de María fue luz en medio de esa oscuridad y en medio del desconcierto dolorosísimo de los Apóstoles.

No hace falta tener una imaginación piadosa para creer que las cosas fueron así, ya que tenemos como prueba lo que ocurrió en Nazaret y también en Belén: la luz de la fe de María transforma otra cueva oscura y fría en lugar de cercanía entre Dios y cada hombre. No es mayor ni más dura la espera de la fe de aquellos tres días que la de treinta años de normalidad, y sin embargo María se mantiene siempre y en todo momento preparada para acoger el anuncio gozoso y desconcertante que Dios esconde detrás de las grandes tribulaciones. En aquel primer momento fue el nacimiento de Dios hecho Niño, en este otro el nacimiento del Hijo de Dios a una nueva Vida.

Contemplando así sus actitudes, podemos decir que María nos cuida y nos acompaña esperanzada en nuestros silencios, en nuestras cruces, en el frío y el desgarro de nuestras muertes grandes y pequeñas. María, que es modelo de la fe en Cristo y su resurrección, es también reflejo del amor siempre nuevo, vigorizante y reconstructor que Dios tiene a los hombres.

Podemos decir con seguridad que el amor de María y su fidelidad, reflejo del amor y de la fidelidad de Dios, son más fuertes en nuestra vida, que esa “nada” y ese vacío de tristeza que a veces nos amenazan con fuerza. El calor de la fe de María que caldeó Belén y aquel sepulcro, ¿no va a poder iluminar con calidez nuestra oscuridad?

Detalle de elegancia

Sin embargo nos llevamos la sorpresa al leer las apariciones del Resucitado de que el Evangelio ¡no narra! el encuentro de Jesús y su Madre. Podemos pensar que Jesús no salió al encuentro de María y esto supuso una prueba más para la fe de su Madre; sin embargo tenemos más datos que afirman ese encuentro que los que tenemos para negarlo, pese al silencio de los evangelistas, que quizá tuvieron el detalle de elegancia de guardar para la intimidad de Madre e Hijo aquel momento de felicidad.

Entre los diversos motivos por los cuales encontramos ese silencio, se puede destacar el hecho de que los Evangelios no fueron escritos para decir lo que la gente quería oír, sino para manifestar la Verdad de nuestra Salvación, por inspiración del Espíritu Santo y con un fin evangelizador y catequético.

Del mismo modo quedan en la intimidad de aquella amistad muchísimos momentos de Jesús con los apóstoles, con los amigos, con los pecadores y con la propia Virgen María… si algo nos enseña el Evangelio es hasta qué punto el amor de Dios (ejemplo del amor que nos debemos los unos a los otros) es respetuoso y delicado. Dentro de ese amor delicado entra perfectamente el hecho de que el encuentro de Jesús y María quede en silencio para nosotros.

Coherencia, discreción y complicidad de María

Contemplemos además cómo desde Nazaret, pasando por la vida pública y las críticas que Jesús recibía y por el Calvario María siempre está… como es Ella: discreta pero coherente con ese amor que la inclina hacia su Hijo que sufre y goza y hacia todos los que se le acercan. Y conocida la coherencia del Amor de Dios a los hombres que le conduce a entregar la vida, y sabiendo que en cada momento de su vida María está íntimamente asociada a Cristo… ¿hay algún motivo para pensar que no la asocie a la alegría de la Resurrección? Es más… María ¡nunca se aparta del dolor!, allí está en la Pasión, allí está al pie de la cruz junto con otras mujeres buenas y valientes, ¿se iba a quedar María descansando mientras aquellas otras mujeres corren al sepulcro a embalsamar a su Hijo?…

María no va ¡porque ya sabe que Jesús no está allí! sino que espera a María Magdalena y a las demás, y las apoya y las cree con alegría y complicidad cuando vienen con un mensaje de parte de Cristo resucitado. Seguramente el asentimiento de la Virgen María sirvió de mucho para que los Apóstoles, que la querían y respetaban como Madre, creyeran a aquellas testigos nerviosas que hablaban atropelladamente sobre una piedra corrida… María siempre desde la discreción y la serenidad, teje el ambiente necesario para que unos acojan a otros pese a las diferencias, las traiciones, los miedos o las sospechas. Y María… ¡sigue haciéndolo hoy con nosotros!

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