Dios se entrega totalmente (III)

, Misionero comboniano
Moisés baja del monte Sinaí. Ya sabemos lo que Dios le ha dicho para que se lo haga saber al pueblo acampado. Lo resumimos brevemente. Habéis visto que estoy con vosotros, de vuestro lado. Así pues, si me escucháis y guardáis mis palabras seréis míos a perpetuidad; os consideraré como mi pertenencia, mi propiedad elegida de entre todos los pueblos del mundo.
Los israelitas escuchan lo que les dice Moisés. Nos parece ver cómo todos y cada uno de ellos van asintiendo con sus cabezas lo que les está transmitiendo en forma de exhortación. Una vez que Moisés terminó de hablar, y, como nos da a conocer el cronista, todo el pueblo, de forma unánime, respondió diciendo: “Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”.
Fijémonos bien en lo que el pueblo acaba de proclamar como respuesta a las palabras de Moisés. Repetimos su asentimiento: “Haremos todo cuanto ha dicho Yahveh”. Si nos damos cuenta, los israelitas no están atando su vida a Moisés sino a Yahveh. Saben que lo que acaban de escuchar y que, en realidad, es la propuesta de la alianza que Dios quiere hacer con ellos, viene de Él, de Dios, no de Moisés.
Haremos… Quizá es bueno echar mano de nuestro refranero aunque modificándolo un poco. El hombre propone y su corazón, su débil corazón, dispone. En definitiva, es un ¡haremos, aquí estamos para hacer tu voluntad!, sin medir el alcance de nuestras promesas, y, más aún, sin tener en cuenta nuestra congénita debilidad.
No es la única vez que Israel se compromete con Dios proclamando a viva voz ¡haremos lo que nos dices, cumpliremos…! Recordemos, por ejemplo, la exhortación catequética, bellísima donde las haya, que Josué dirigió al pueblo, una vez consumada gracias a la manifiesta ayuda de Dios, la conquista de la tierra prometida. Josué da una catequesis al pueblo reunido e inculca en su corazón a modo de memorial, las obras portentosas que Dios hizo para que pudiesen disponer ahora de una tierra preciosa (Jos 24,1-13).
Terminada su exhortación catequética, invita al pueblo reunido a que escojan entre el Dios que les ha liberado y los dioses de los pueblos que acaban de someter bajo sus pies, dioses que, por cierto, no han podido hacer nada por ellos, pues han sido inapelablemente vencidos. Al emplazarles a escoger, Josué les hace saber que él y su clan ya han escogido a su Dios: “Pero, si no os parece bien servir a Yahveh, elegid hoy a quién habéis de servir… Yo y mi familia serviremos a Yahveh” (Jos 24,15).
La respuesta del pueblo no se hace esperar, por supuesto que escogen a Yahveh, su liberador; le escogen no por miedo sino por amor y gratitud, pues son testigos de que Él, Yahveh, se ha volcado por ellos: “El pueblo respondió: Lejos de nosotros abandonar a Yahveh para servir a otros dioses. Porque Yahveh nuestro Dios es el que nos hizo subir, a nosotros y a nuestros padres, de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre, y el que delante de nuestros ojos obró tan grandes señales…” (Jos 24,16-17).
Haremos, cumpliremos, prometemos… Ni una de estas promesas fue promulgada con doblez de corazón. Los corazones de cada uno de los israelitas estaban empeñados en cada una de estas promesas. Claro que son corazones tan pobres, tan volubles, tan inseguros, que las promesas en ellos albergadas quedaban diluidas con el tiempo, sobre todo cuando la tentación arreciaba.
Dios bien conoce el barro del hombre. Sabe que no es más que un soplo de vida, y por eso su ternura prevalece sobre tanta inconsistencia: “Él, con todo, enternecido, borraba las culpas y no exterminaba; bien de veces contuvo su cólera… se acordaba de que ellos eran carne, un soplo que se va y no vuelve más” (Sl 78,38-39). Es tal la ternura de Dios que, compadecido, dijo: basta de compromisos por parte del hombre. Seré yo quien me comprometa por ellos. Tomada esta resolución, hizo algo que nos dejó sin habla: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).