Bendita tradición

Bautismo de Jesús

Francisco Castro, Diácono Permanente | Hace unos días en la reunión que tenemos con los padres previa a los bautizos, hice la misma pregunta con la que suelo comenzar la charla: ¿Por qué venís bautizar a vuestro hijo? Y entre todas las respuesta hubo una que me sorprendió gratamente, no porque no la hubiera escuchado otras veces, sino por su argumentación posterior. Unos padres contestaron: “como católicos queremos y debemos seguir transmitiendo la tradición y costumbres que hemos recibido de nuestros abuelos y padres, por eso traemos hoy a nuestro hijo a bautizar. ¿Acaso Tradición y costumbres cristianas no son dos muy buenas razones bautizar a nuestro hijo?”

Ellos no entendían la nueva moda que está imponiéndose entre algunos padres de no bautizar a sus hijos, con la razón, o mejor dicho, con la excusa de que deben ser los niños cuando se hagan mayores quienes decidan si quieren ser cristianos o no. Utilizando ese mismo argumento no deberían enviar a sus hijos a la escuela o vacunarlos, o apuntarlos a mil y una actividades extraescolares. ¡Ya decidirán si quieren o no hacerlo cuando sean mayores!

Me pareció hermoso que unos padres que están a punto de presentar a su hijo a la Iglesia para celebrar su nuevo nacimiento por el Bautismo, hablaran de la Tradición. Porque la Tradición junto con la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia forman los pilares de nuestra religión. Los tres según el plan prudente de Dios están unidos y ligados, de modo que ninguno puede subsistir sin los otros, porque los tres, cada uno según su carácter, y bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.

Tradición y Escritura además de estar estrechamente unidas y compenetradas; manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal. La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto que está escrita por inspiración del Espíritu Santo, y la Tradición recibe la palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu Santo a los Apóstoles (Tradición Apostólica), y la transmite íntegra a los sucesores, para que ellos iluminados por el Espíritu de la verdad la conserven, la expongan y la difundan fielmente en su predicación.

La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje  de Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del cristianismo, por la predicación, el testimonio, el culto y los escritos inspirados por el Espíritu Santo. Y fueron los Apóstoles los que trasmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de éstos a todas las generaciones.

Esta Tradición que los apóstoles recibieron de Cristo, ellos la realizaron de dos maneras: primero con la transmisión viva de la Palabra de Dios y después con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación pero puesto por escrito. Es decir que lo que Cristo confío a los apóstoles, ellos lo transmitieron por su predicación y por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo, a todas las generaciones hasta el glorioso retorno de Cristo.

En cuanto a las costumbres cristianas tengo la sensación que poco a poco se ha ido perdiendo. Costumbres o hábitos como el rezo del Rosario en familia, la bendición de la mesa antes de comer o cenar, el signarse con la señal de la cruz cuando salimos por primera vez de casa a la calle, el arrodillarnos ante el Santísimo, el tener agua bendita en casa, o hechos tan simples como el ayudar a cruzar a una persona mayor la calle, o levantarnos y ceder al asiento en el autobús a quien lo necesite.

Una de esas buenas costumbres cristianas que recuerdo con verdadero cariño siendo aún un niño, era ver en casa de mis padres una imagen de la Virgen del Carmen que nos traía una vecina guardada en una urna con cristales a la que poníamos una velita y rezábamos todas las noches antes de acostarnos, y después de unas semanas mi madre llevaba la Virgen a casa de otra vecina y ésta a su vez se la pasaba a otra, y así hasta que con el tiempo volvía a nuestro hogar.  Ahora parece que por motivos que no alcanzo a comprender hemos desechado de nuestra vida todas estas buenas costumbres cristianas, que no sólo no hacen mal a nadie, sino que por el contrario reconfortan el alma y nos acercan un poco más (creo yo) al mandato que el Señor nos tiene encomendado a cada uno de nosotros, que es  trasmitir aquello que recibimos. San Pablo en su primera carta a los Corintios dice: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí”. Y ésta es nuestra misión, trasmitir a nuestros hijos y nietos aquello que a su vez recibidos de nuestros padres y abuelos.

Esta labor tan bella de transmitir la Tradición y costumbres cristianas, por diversos motivos está recayendo generalmente desde hace tiempo en los abuelos. Y no es una misión insignificante, todo lo contrario, pues a ejemplo de los apóstoles que en el principio transmitían aquello que recibieron oralmente, los abuelos hacen lo mismo, enseñando a sus nietos a persignarse, el Padrenuestro, el Ave María, explican quién es quién en el Belén… Y sobre todo lo que transmiten es su fe en Cristo, y lo hacen con su ejemplo y testimonio de vida.

Como cristianos tenemos la gran fortuna de contar con una Tradición heredada desde hace dos mil años, no podemos ni debemos olvidarlo, pues como hijos de Dios, es nuestra responsabilidad transmitir aquello que recibimos de nuestros mayores.

Anterior

La oración en la vida del monje (II): Los obstáculos

Siguiente

Aquella velada