Beber de su Costado

La Preciosa Sangre de Jesús
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Luis Mª Mendizábal

Séptimo capítulo del evangelio de San Juan

Siguiendo nuestro comentario a San Juan llegamos al capítulo séptimo, donde encontramos elementos ya familiares: el templo, la sed, el agua, el Espíritu. Ahora, en medio de una polémica con los fariseos, se introduce un elemento nuevo: su Costado que se abrirá en la cruz. De él brotará el Agua Viva, el Espíritu dando sin medida. Muy pronto, cuando sea “glorificado”, cuando se manifieste a la humanidad su amor sin medida a través del Costado abierto en la cruz se cumplirá todo esto.

El contexto

El pasaje está ambientado en la fiesta solemne de los Tabernáculos o de las tiendas. Cada mañana un sacerdote iba a la fuente de Siloé con una jarra de oro para sacar agua. Y volvía al templo en procesión. Allí la vertía delante del altar de los holocaustos para que retornara a Dios y en su día pudiera descender nuevamente sobre los pastizales sedientos. Mientras el sacerdote sacaba el agua, y también durante la procesión hasta la puerta del templo llamada por eso mismo del Agua, el pueblo cantaba el verso de Isaías: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes del Salvador” (12, 3).

Con este rito, mientras se recordaba el agua sacada por Moisés de la peña y se simbolizaban las bendiciones mesiánicas, se pedía a Dios que enviara las primeras lluvias otoñales, que dispusiesen la tierra para poder sembrarla. Este es el contexto que dio pie para que Jesucristo dijera: “Si alguno tiene sed que venga a mí y beba. El que cree en mí -como dice la Escritura- de su seno brotarán torrentes de Agua Viva” (Jn 7, 37-39).

Dos traducciones, dos interpretaciones

El Papa, en su encíclica Dios es Amor, cita estos versículos del capítulo 7 de San Juan como acabamos de hacerlo. Están citados según la forma llamada tradicional. Esta es la manera en la que se puntúa en la tradición de los Padres de la Iglesia. En esta interpretación, el Corazón del creyente que ha bebido del Corazón de Jesús se convierte en un surtidor del Agua Viva.

El Padre Hugo Raner, gran patrólogo y conocedor de la literatura griega, lanzó otra interpretación con una puntuación distinta: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura de su seno brotarán torrentes de Agua Viva”. Así “de su seno” pasa a referirse al cristiano que bebe de Cristo. Sería del seno de Cristo de donde brotarán torrentes de Agua Viva. Por lo tanto, vendría a decirse: “el que cree en mí que beba porque de mi seno brotarán torrentes de Agua Viva”.

Todo el mundo fue aceptando esta nueva interpretación. Pero el Papa retoma la tradicional, aunque no ha sido el único, el Cardenal Martini lo hizo también en un comentario. La cuestión tiene mucho sentido: “Si alguno tiene sed que venga a Mí y beba [beba de Cristo, Él es el que dice que venga a mí y beba]. Quien cree en Mí -como dice la escritura- de su seno [del seno del que cree en mí] brotarán torrentes de Agua Viva”. Es aquello que el Señor le decía a la Samaritana: “el agua que yo le daré se convertirá en él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14). Se da dentro de él.

Y el Papa repite los dos aspectos: beber del Costado de Cristo, del Corazón de Cristo, y ser fuente de Agua Viva en un mundo sediento. La Iglesia tiene que beber del Costado de Cristo y ser fuente de amor que irradie. Es decir: ¿dónde está? En el Costado de Cristo porque del Costado de Cristo brotan los torrentes de agua para que bebamos.

¿Cómo se bebe?

La presencia de Cristo en la Iglesia no es simplemente el mero hecho estar presente. En la presencia de Cristo en la Eucaristía no se hace presente simplemente el cuerpo de Cristo glorioso, sino que se hace presente el acto de entrega de Cristo. En el amor no basta el puro conocimiento. En el amor tiene que verse, hacerse presente el amor de la persona que entrega, que da, que ama. Y si no, no se ama.

Si yo amo, yo doy algo a esa persona, amando nada más. Y esa persona recibe algo, con lo cual su amor enriquecido me ama. En el amor conyugal se ve muy claro. Y precisamente por eso, porque se enriquecen mutuamente y se aman enriqueciéndose, el amor de cada uno está enriquecido con el otro. A los hijos les transmiten ese amor unitivo de tal manera que amando a la madre no les separa del padre, sino les une al padre porque ella es uno con el padre. Ese es el misterio de la paternidad y de la maternidad. Y es el que nos acerca a Dios, al Señor, al misterio de la Trinidad misma, porque ahí está ese misterio del amor.

¿Qué es beber?

Todo este misterio del Costado abierto es el acto de entrega de Cristo. Lo que tiene que verse no es la herida física, sino el acto de entrega que ha hecho que la muerte cambia de sentido y sea expresión de amor y de vida. Y por eso el Cristo Costado abierto es Corazón vivo. Hay que contemplarlo con la fe, acogiendo ese amor, porque ese amor se me da ahora. Y en la Eucaristía se hace eso sacramentalmente.

La Eucaristía no es simplemente estar presente. Es el acto de entrega de Cristo que se hace estar presente, dándose a la Iglesia y al que comulga. Esa es su entrega. Y la comunión es el abrazo de esa entrega de amor personal. Y entregándose transforma, da su espíritu. Y transformando abre los ojos, y capta, y recibe, y ama. Y sale hecho fuente de Agua Viva, pero no independizándose de lo que él recibe, sino dando lo que de Él recibe. Como el padre o la madre que ama al hijo no lo independiza. Está recibiendo ese amor que está dando.

Cuando San Juan dice “Dios es amor” (1 Jn 4, 16), no creo que haga una definición metafísica de lo que es el amor de excepción. Sino quiere decir que Dios se revela amor. Dios es visible. Y precisamente se ha acercado en la Encarnación. Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos llegando hasta la última cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. Y Él se da ahora.

Ser “fuente de Agua Viva”

Y a nosotros nos toca transmitir a Jesús dando ese amor que recibimos con el que Él ahora nos ama. Así construimos la Iglesia, nacida para ser una realidad viva de amor. Esto es lo que nos une.

A partir del número 18 de la “Deus Caritas est” el Santo Padre recalca algo muy luminoso. El mandamiento del amor no es un mandamiento moral, sino es una expresión de lo que es el amor de Dios en nosotros. Este amor de Dios no puede menos de abrazar a todos si es de verdad el amor de Dios el que está en nosotros. O sea que es por la naturaleza misma de ese amor nos convertimos en fuentes de Agua Viva, por el amor recibido.

El Espíritu, dice en el número 19, es esa potencia interior que armoniza su Corazón en el cristiano con el Corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como él los ha amado cuando se ha puesto a lavar los pies de sus discípulos, sobre todo cuando ha entregado su vida por todos. Por tanto no amamos tanto a imitación, sino participando de su amor, Él ama en nosotros.

El amor ha de irradiar

El cristiano debe salir a ver a quién doy, a ver a quién puedo dar. Y ¿qué dar? Pues en nuestros gestos. En la misma mirada a los demás debe estar amando ya.

Y ¿dónde? Pues donde está. En sus lugares habituales, en el trabajo, a la gente a que saluda. Debe ser una persona que mira con amor. Sólo el mirar con amor cambia el mundo, sólo el mirar con amor, porque el mundo no tiene amor.

Tiene placer, tiene satisfacciones, pero no tiene amor. Entonces todo el mundo se basa en la competencia, en la agresividad. El mundo vive pensando en qué puesto debo alcanzar, y a ver cómo hago más carrera. El que irradia el cristiano debería romper esta lógica.

Encontramos su amor en la Iglesia nacida de su Costado

La llamada de Jesús une entre sí a los llamados. No le decía “ven conmigo”, a solas vamos a ir tú y yo”, sino “ven conmigo”, métete en el grupo, participa. Este fue el germen de la Iglesia. Por tanto, Dios ama en la Iglesia, y por medio de aquellos que han sido alcanzados por su amor.

Así al amar a otros los incorporamos a la Iglesia y no solamente al propio círculo. Hemos de tener cuidado de que nuestro amor sea realmente limpio en este sentido. A quien seguimos es a la Iglesia, a Cristo. Este es uno de los grandes temas de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.

Esto se expresa bellamente en la plegaria eucarística. En ella pedimos que el Espíritu Santo nos reúna a todos los que participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo. Que vivamos unidos en su amor.

Anterior

Dos cestos de mimbre

Siguiente

Cerviz de hierro e intercesión (III)