Cerviz de hierro e intercesión (III)

, Misionero comboniano
“Yo te libraré y tú me darás gloria” (Sl 50,15), dice el salmista a propósito de la acción salvífica que Dios va a realizar en favor de Israel, a la sazón exiliado en Babilonia. Yo te levantaré de esta tierra en donde estás oprimido, y te haré volver libre y victorioso. Entonces, cuando lo veas con tus propios ojos, me darás gloria y, además, todos los pueblos me reconocerán como el Dios que salva. Todos verán la gloria de Dios. Así, con estas palabras, concluye Isaías su misión profética: “Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria. Pondré en ellos una señal y enviaré a los supervivientes a las naciones… a las islas lejanas que no oyeron mi fama ni vieron mi gloria. Ellos anunciarán mi gloria a las naciones” (Is 66,18-19).
Nos hemos recreado con bastante intensidad en la intercesión que Moisés realiza ante Yahveh para que no desista de su plan de salvación a favor de Israel. En el texto que viene a continuación, vemos que Moisés da, si se me permite hablar así, la puntilla a su argumentación en la que apoya su intercesión. Se limita a decirle: ¡Acuérdate! Acuérdate que saliste al encuentro de Abraham, Isaac y Jacob, y que éstos, a causa de la promesa que les hiciste empeñando tu honor en su cumplimiento, se pusieron en camino, se fiaron de ti. ¡Acuérdate, pues, de tu palabra dada, ya que ella es el aval que garantiza tu honor! Sabemos cuál fue la reacción de Dios: renunció a castigar a su pueblo.
Lo que acabamos de leer nos podría dejar un poco perplejos. Parece como si Dios estuviese cediendo al chantaje de Moisés: ¡Acuérdate de que lo prometiste…! Repito una vez más que estas narraciones del Éxodo están sujetas a estilos y géneros literarios que, a su vez, reflejan la religiosidad de los pueblos primitivos. Israel es uno más entre todos ellos, y el hecho de que Dios se avenga a hacer una historia especial con él, impulsándolo progresivamente hacia una relación basada en la verdad que se sobrepone al miedo y a las fantasías, da buena prueba del infinito amor y paciencia de nuestro Dios.
¡Acuérdate! He ahí una palabra de incalculable valor en la espiritualidad bíblica. Va mucho más allá de una actividad de la memoria. Es una palabra cuya riqueza anida en el corazón. Éste es la sede no sólo de amores, intuiciones y sentimientos, sino también de decisiones. En el caso del corazón de Dios que decide favorecer y salvar al hombre escogiéndose un pueblo concreto, el acuérdate que le susurra Moisés apunta al deseo profundo de Dios de salvar a toda la humanidad. Es un acuérdate que no tiene que ver tanto con ¡haz memoria! cuanto con ¡actúa!, pues llevas tu promesa grabada en tu corazón y no la puedes borrar.
Numerosos son los textos bíblicos en los que los profetas instan a Dios a que recuerde sus palabras y promesas a favor de su pueblo cuando éste vive épocas históricas turbulentas. Entre tantos de ellos nos podemos fijar en este de Isaías, ya que su intercesión ante Yahveh nos sobrecoge totalmente. Parece como si la audacia y la ternura se hubieran instalado en la boca del profeta para poder hablar así a Dios: “Observa desde los cielos y ve desde tu aposento santo y glorioso. ¿Dónde está tu celo y tu fuerza, la conmoción de tus entrañas? ¿Es que tus entrañas se han cerrado para mí? Porque tú eres nuestro Padre, que Abraham no nos conoce, ni Jacob nos recuerda. Tú, Yahveh, eres nuestro Padre, tu nombre es: “El que nos rescata” desde siempre (Is 63,15-16).
En su intercesión, el profeta empieza preguntando a Dios si las entrañas de misericordia que siempre han habitado en su corazón se han disipado. El atrevimiento de que hace gala Isaías da paso a la confianza amorosa. Le dice en un tono profundamente afectuoso que ninguno de los patriarcas es capaz de acordarse de Israel, que no pueden hacer nada por este pueblo. Siguen siendo nuestros patriarcas, nuestros padres en la fe, pero estamos en el destierro y solamente tú puedes ayudarnos. ¡Tú, que llevas a tu pueblo en tu corazón; tú, que sí te acuerdas; tú, cuyo nombre es el que nos rescata desde siempre!
¡Acuérdate!, suplica Moisés a Dios. ¡Acuérdate!, le insiste Isaías… Se acordó de su misericordia, tal y como había anunciado a nuestros padres, en favor de Abraham y su linaje por los siglos… (Lc 1,54-55), gritó exultante María al llevar en su seno el mayor acordarse de Dios: el Emmanuel, el salvador de toda la humanidad.