Dos cestos de mimbre

Cesto de mimbre

Ana Isabel Carballo | Aquella tarde dos campesinos habían trabajado afanosamente en sus tierras bajo un sol abrasador. Cuando el sol empezaba a declinar, decidieron emprender el regreso a sus casas. Según avanzaban por el camino vieron una humareda grande. Preguntándose de dónde vendría el fuego apresuraron su paso, pues era la dirección que ellos debían tomar. Al acercarse más, pudieron ver que eran precisamente sus casas las que ardían en llamas. Gracias a Dios, sus familias no llegarían hasta entrada la noche por lo que no podían temer por sus vidas. Asustados corrieron hacia el río cercano a sus casas con el único objeto que tenían en sus manos: un cesto de mimbre cada uno.

Se metieron en el río para llenar sus cestos y salieron de él cargados con litros de agua, mas según avanzaban por el sendero veían como esta se escapaba por entre los cruces de sus cuerdas en carrera veloz hacia el suelo. De tal forma caía que, cuando llegaban a sus casas, el recipiente contenía apenas un hilillo de agua incapaz de sofocar el fuego. Estaba claro que el mimbre no era el mejor medio para contener el agua. Pero todas sus pertenencias estaban en ese momento quemándose en el fuego sin posibilidad alguna de salvarlas.

Uno de los campesinos decidió volver a llenar el cesto y apresurar más el paso. Sus zancadas hacían el camino más corto y, aunque no impedían que siguiera cayendo agua, logró llegar con algo más a las llamas. Mas el otro hombre, abrumado ante la imposibilidad de solucionar el problema, hincó sus rodillas en tierra y levantando sus manos al cielo imploraba al Señor su ayuda: “¡Dios mío, sálvame! El cesto pierde y el río está muy alejado, el agua no llega y yo jamás podré apagar el fuego que está destruyendo mi hogar. Señor, ten compasión de mí. Realiza un milagro, Señor, Tú que puedes: haz que llueva torrencialmente. ¡UN MILAGRO! El fuego se apagará y yo seguiré fielmente tus mandatos por siempre”.

Mientras el hombre seguía en su oración sin hacer nada más, el otro campesino, al ver que conseguía llegar con el cesto algo lleno, empezó a apurar cada vez más el paso hasta que en veloces carreras lograba ir apagando su cabaña. Su esfuerzo estaba siendo enorme y su empeño cada vez mayor y, mientras esto sucedía, recitaba en silencio: “Señor, no abandones a tu siervo”. Fue así como el fuego de su casa fue extinguiéndose hasta ahogarse por completo. Cuando su casa ya estaba a salvo, corrió a ayudar a su vecino.

Al llegar su asombro fue estrepitoso al ver que las llamas habían alcanzado una gran altura y que aquel hombre estaba postrado en tierra en oración suplicante. Se acercó a él y zarandeándolo le gritó:

-¿Qué haces ahí parado? ¿Quieres perder tu hogar, tu vida, sin hacer nada por evitarlo?

-Solo un milagro puede arreglar esta tragedia –respondió el campesino- por eso pido al Señor su ayuda. Confío en Él y sé que lo solucionará.

El otro hombre lo cogió de un brazo, le puso la cesta en una mano y con voz tranquila le dijo: -¡Oh, insensato! ¡Ayúdate y el cielo te ayudará!-

Así fue como los dos hombres comenzaron la carrera del río a las llamas hasta que completamente extenuados lograron apagar el fuego. Cuando ya todo el peligro había acabado se sentaron en el suelo mirando sus hogares calcinados y el campesino preguntó tristemente a su compañero:

-¿Por qué Dios no realizó el milagro que le pedía si mi oración la hacía con fe? ¿Por qué quiso ponernos en peligro ante el fuego? ¿Y si no hubiésemos podido contenerlo?

-Pero lo hemos logrado ¿no? ¿Por qué afirmas que Dios no nos ayudó? Dios quiere tus manos, tu esfuerzo, tu cansancio para realizar sus obras y también quiere tu oración, por supuesto, pero no quiere que, pidiendo un milagro, tú no te esfuerces, no pongas tu mejor empeño y se lo dejes todo a Él en un portentoso y aclamado milagro. Nunca le digas a Dios lo que tiene que hacer, deja que Él haga por ti –afirmó el campesino-.

Los dos hombres se abrazaron felices pues habían comprendido que no solo su esfuerzo era suficiente, sino que la ayuda al más débil podía llevar a buen puerto cualquier empresa por imposible que pareciese… Confiando, por supuesto, en que la mano amorosa de Dios estaría ahí para sostenerlos.

Anterior

Decálogo del Rosario

Siguiente

Beber de su Costado