¡Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia!

, mccj | Hoy mientras leía el pasaje del evangelio de Mc 6, 14-29, concretamente “La historia de la decapitación de Juan el Bautista”, narrada en los evangelios, que por cierto no es solo la narración de un episodio trágico del pasado, sino que por el contrario toca las venas de un problema muy actual y espinoso en nuestras sociedades. Es la narración de una advertencia eterna sobre: el poder corrompido, la cobardía moral y la traición a la conciencia.
Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, conocía la integridad de Juan, el bautista, lo apreciaba, lo escuchaba, lo protegía. El evangelio de Marcos lo retrata como alguien “perplejo” ante sus palabras, pero también fascinado por ellas. Juan, el Bautista, no era un agitador violento, era uno que con su calidad de vida moral agitaba las conciencias de los vendidos a la corrupción y a la maldad que azota desde tiempos inmemoriales nuestro mundo.
Juan, el Bautista, era un hombre justo, santo, voz profética y voz de aquellos a quienes la “sociedad” les ha quitado la voz. Y que denunciaba el pecado y la corrupción incluso en los palacios de los corruptos.
Sin embargo, nos relata el evangelio que Herodes lo entregó. No por convicción, sino por estrategia. Su decisión de ordenar la decapitación (“ordenar el asesinato para ser más precisos) de Juan el Bautista no fue moral, fue política. Cedió su poder a la frivolidad, su conciencia al espectáculo, su respeto por Juan a la presión social. Este acto no fue solo una ejecución. Fue una traición a la justicia. Herodes no mató a un enemigo: mató a alguien que admiraba.
¿Por qué?
Temía perder sus contactos, su prestigio ante los poderosos y su imagen frente a los invitados. El banquete se convirtió en teatro, y la justicia en víctima del protocolo. Herodes sabía que Juan el Bautista era justo y santo, pero prefirió conservar sus alianzas antes que su integridad. Cedió al chantaje disfrazado de danza, al deseo de agradar más que al deber de proteger. En ese gesto reveló la tragedia de quienes, teniendo luz, eligen las tinieblas.
Esta actitud no es ajena a nuestro tiempo. En distintas regiones del mundo, líderes que se presentan como defensores de la justicia y la verdad terminan cediendo ante presiones internas, pactos de poder, intereses económicos o cálculos electorales. Se rodean de asesores que les dicen lo que quieren oír, silencian voces críticas y sacrifican principios éticos en nombre de la gobernabilidad. Como Herodes, escuchan con agrado a quienes les confrontan, pero cuando la verdad incomoda demasiado, optan por callarla… cortando simbólicamente o literalmente la cabeza a quienes la anuncian.
Escuchan voces críticas que les interpelan, reconocen la validez de ciertas denuncias, incluso admiten en privado que hay razones para el cambio. Pero cuando llega el momento de actuar, prevalece el cálculo político. Se protege el cargo, no la verdad. Se preservan alianzas, no principios. Se silencia al justo, aunque se le admire.
Hoy, como sociedad, debemos repudiar esa actitud. Porque con mucha lastima comprobamos que hoy sigue habiendo “Herodes” que callan voces incómodas, que sacrifican la verdad por conveniencia, que prefieren el aplauso al arrepentimiento. Y sigue habiendo Juanes que, con valentía, denuncian lo que no es lícito, aunque les cueste la vida.
Que este relato nos inspire no solo a condenar la injusticia, sino también a no ser cómplices de ella. Que no se repita la historia de un Herodes que, aun sabiendo lo que es justo, elige el camino fácil de la corrupción.
Que seamos pueblo que defiende la verdad, aunque incomode, aunque duela, aunque nos cueste.