Wikitólica: aprender para amar, conocer para acompañar

Wikitólica

Las preguntas afloran de repente en el momento menos esperado.

Un niño pregunta sobre la imagen de un santo que ha visto en la iglesia. Aquel que ha retomado la relación con Dios se pregunta por qué rezamos a la Virgen María. Un amigo pregunta qué significa la Eucaristía —o el perdón, o la vida eterna—; y está claro que lo que antes se daba por sentado ya no siempre resulta tan sencillo de explicar.

A veces sabemos qué responder; otras veces no.

Pero no pasa nada.

Quizá lo único que podemos hacer en ese instante es aceptar y seguir adelante con ello. No, escuchar no siempre implica responder inmediatamente. A veces implica dejar las preguntas pendientes como algo que podemos retomar más adelante.

Porque quizá haya otros modos de escuchar: detenerte en lo que te preguntan y no sentir la necesidad de reaccionar de forma coherente en ese mismo instante.

Puedo sugerir una respuesta sencilla: «No lo sé. Vamos a ver si encontramos algo al respecto».

Aprender también es un camino

La fe no es algo que solo aprendamos en el transcurso de nuestra vida. A veces, la gente reinterpreta lo que ya conocía de niño.

Una oración que se reza una y otra vez adquiere un nuevo matiz. Un pasaje del Evangelio que se conocía bien recibe una nueva interpretación tras unas vacaciones en el extranjero o algún acontecimiento concreto. Las enseñanzas de la Iglesia que se aprenden de memoria y se olvidan más tarde cobran sentido cuando uno ha vivido la experiencia humana en toda su plenitud, llegando a comprender que esas enseñanzas no son más que verdades eternas, y que uno simplemente las había desconocido.

Los propios cristianos son un buen ejemplo de ello: aprendemos de la Escritura, de la liturgia, de los santos, de la enseñanza de la Iglesia y de todo aquel que se nos antoje, y esto nos ayuda a convertirnos en mejores cristianos. Pero no podemos dejar de aprender, ya que, a menudo, nuestras experiencias nos enseñan mucho más que lo que aprendimos de memoria en la escuela.

Sin embargo, hacer preguntas no equivale precisamente a carecer de fe. Por el contrario, muchas preguntas surgen precisamente del deseo de conocer algo más a fondo. Quien pregunta demuestra que busca; por lo tanto, no debemos temer a las preguntas difíciles.

Un padre puede sentirse abrumado ante las preguntas que su hijo le plantea; una catequista puede no saber la respuesta a una pregunta sobre la religión; quizá el amigo concreto que plantea la pregunta necesite un poco más de tiempo para buscar la respuesta. Quizá merezca la pena dedicar este tiempo.

Hay caridad en no deprimir la búsqueda del conocimiento.

Cuando buscamos la respuesta

Hoy en día, Internet es nuestro aliado más sincero y nuestra herramienta más poderosa para encontrar respuestas de inmediato. Si buscamos un santo concreto, una definición concreta de fe o simplemente una palabra precisa pronunciada por el sacerdote en la celebración de la Misa, podemos obtener miles de resultados sin levantar apenas un dedo.

El problema es que, a veces, Internet ofrece demasiada información dispersa; en estas situaciones, lo que necesitamos es un punto de referencia fiable que sea fácil de consultar, donde podamos obtener un resumen adecuado del tema y sobre el que podamos basar nuestro propio juicio.

Es aquí donde puede resultar de ayuda una enciclopedia católica como Wikitólica, con artículos relacionados con la doctrina, la historia, los santos, la liturgia, la moral cristiana y la tradición. Su objetivo es ofrecer información general sobre el tema, así como un punto de partida hacia el conocimiento católico.

Por eso Wikitólica es lo que es: un lugar al que acudir cuando las preguntas afloran de la nada (quizá durante una visita a una iglesia, al descubrir algo nuevo sobre esta fe) y buscar una respuesta sencilla, pero precisa; o para investigar más sobre la fe, la liturgia, los santos u otras muchas cosas.

Una enciclopedia puede suponer una ayuda sencilla y práctica, pero no debe considerarse un sustituto de la peregrinación cristiana real hacia Dios en busca del conocimiento y la salvación.

Conocer para compartir

Como se ha mencionado anteriormente, el deseo de una persona de amar la fe puede darse de muchas formas; el deseo de comprender la hace valiosa.

No en un intento de demostrar su conocimiento, sino simplemente porque es algo que le importa. A veces creemos que la fe puede demostrarse; cuando conocemos, nuestra fe es mejor compartida.

San Pedro llama a los cristianos a ser lo que somos: discípulos de Cristo, llamados a dar cuenta de nuestra esperanza. Por lo tanto, nuestra fe no es algo que debamos ocultar, sino algo que debamos llevar a nuestras vidas para mejorar nuestra capacidad de comunicarnos y dar testimonio.

Para ello necesitamos un buen material sobre el que basar nuestro testimonio: la Escritura es nuestra principal fuente de conocimiento. El Catecismo de la Iglesia Católica y otros documentos del Magisterio de la Iglesia constituyen fuentes excelentes para conocer la doctrina y la fe de la Iglesia que hemos elegido. La tradición, los escritos de los santos y la historia de la Iglesia nos ayudan a verlo todo con perspectiva.

También podemos encontrar buenas herramientas para facilitar la búsqueda: por ejemplo, consultar una fuente externa, como una enciclopedia. Conocer es, en definitiva, un proceso: no se trata solo de acumular cientos de términos, definiciones o hechos, sino de llegar a comprenderlo todo y de aprender a estudiar. Una enciclopedia puede ofrecer un buen resumen de lo que necesitas saber. Podemos encontrar un mejor conocimiento de los santos gracias al resumen de la información sobre ellos. Podemos estudiar mejor la liturgia para celebrarla con dignidad. Podemos aprender doctrinas y utilizarlas más adelante como puntos de referencia en nuestras vidas. Encontrar un documento relevante puede ser la chispa que nos conduzca a su fuente original.

Todo ello contribuye a nuestra búsqueda del conocimiento, pero debemos ser humildes —sobre todo en lo que respecta a las fuentes—.

Como he mencionado anteriormente, Wikitólica es una excelente fuente de conocimiento para comprender la fe católica; pero eso no significa que debamos limitarnos a estas páginas. Al fin y al cabo, nuestra peregrinación hacia Dios no debe detenerse en una sola fuente.

Un corazón misericordioso

El Sagrado Corazón de Jesús es el reflejo de nuestro corazón misericordioso. El Hijo de Dios mismo llegó a la humanidad para enseñarnos misericordia acercándose más a nosotros. Dios, en su infinita misericordia, no se detiene ante nada para llevar la salvación a nuestras vidas: se acerca a nosotros, nos llama, nos escucha, nos ayuda, nos guía de regreso a casa, nos perdona y, finalmente, nos salva.

En este sentido, la misericordia puede llegar a nosotros no solo desde fuentes evidentes, sino también a través de detalles insignificantes. Ser misericordioso con quien siente la necesidad de preguntar puede significar simplemente estar abierto a la oportunidad de ayudar a otro en su camino hacia la fe.

Escuchar a alguien que busca a Dios puede consistir en escuchar la inspiración divina en sus palabras: quizá no todo lo que se dice proviene de Dios, pero sí te lleva a Él. Quizá no todo lo que uno busca proviene de Dios, pero sí le lleva a Él.

Quizá seamos testigos de la salvación de alguien a través de preguntas aparentemente inofensivas.

A veces damos respuestas antes de que se nos pregunten. O quizá no respondamos en absoluto, sino que simplemente nos quedemos callados porque lo habíamos olvidado.

Esa, desde luego, no es una razón para estar callados.

¿Quizá sea hora de recordar y decir algo? «¿Qué quieres saber?», «Vamos a ver qué podemos encontrar». Mira qué interesante es esto. «No lo sé; vamos a mirarlo». Quizá estas sean algunas de las formas más sencillas de acompañar a alguien en su búsqueda.

También hay que reconocer los límites

Como personas que intentan ayudar, debemos ser honestas con los medios que utilizamos para alcanzar nuestro objetivo.

A veces buscamos información que quizá no sea relevante; a veces necesitamos comprobar nuestra información en fuentes más fiables.

Puedo utilizar una enciclopedia católica para encontrar la respuesta a mis preguntas: esto me ayuda a obtener una buena comprensión del tema. Pero, al mismo tiempo, tengo que ser humilde ante aquello que quizá nunca pueda obtener a través de esta herramienta: la Sagrada Escritura, la tradición y el Magisterio de la Iglesia.

También debo ser humilde ante aquello que quizá no sea relevante para la pregunta de otra persona. Quizá el uso de una enciclopedia deba limitarse a servir de guía en la indagación. Siempre podemos remitir a nuestra interlocutora a alguna fuente más fiable, como las Escrituras, para que ella también tome la iniciativa en su búsqueda personal.

Quizá esto también sea una forma de practicar la misericordia hacia nosotros mismos.

Cuando no tenemos respuesta

De entre las muchas razones por las que las personas buscan a Dios, quizá la más frecuente sea el ansia de saber.

Quizá algunas personas quieran poner a prueba nuestros conocimientos; quizá tengan dificultades para creer debido a algo que quizá hemos dicho o no hemos dicho, o debido a nuestras acciones; quizá lo nuestro sea un ataque disfrazado de pregunta, una confesión velada de que nuestra fe no es tan sólida como creemos.

Siento que quizá haya algo que no sé. ¿Quizá sea hora de que alguien me recuerde algo?

La búsqueda de conocimiento no siempre nos reporta satisfacción; por el contrario, puede ser dolorosa. El doloroso descubrimiento de que no se sabe la respuesta puede conducir a la fe, si uno encuentra la respuesta en la misericordia de Dios. De hecho, la humildad de un corazón que no sabe puede llevarnos aún más cerca de ese conocimiento.

De hecho, no todas las preguntas llevan a la respuesta porque surgieron de un lugar inadecuado.

A veces se nos pueden dirigir preguntas que reflejan más bien una necesidad de ayuda, un deseo de consuelo o de confesión, un deseo de fe o —sí— una necesidad de esperanza. Como se ha mencionado anteriormente, la misericordia es profunda y puede llegar a ser salvadora desde la posición más inesperada; por lo tanto, quizá la mejor manera de ayudar a alguien sea preguntar en qué le ayudamos.

«¿Qué te preocupa?», «¿Puedes contármelo?»

Puede que esas preguntas sean más importantes que cualquier respuesta que tengamos preparada o que podamos encontrar. La misericordia puede llevarnos a cuestiones más profundas, pero eso no significa que debamos hacer suyos los problemas de los demás. De hecho, quizá debamos llevar sus problemas a Dios, a quien conocemos como Padre.

Aprender para amar

El conocimiento de la fe no debe detenerse en el cerebro ni limitarse a la lectura de unas cuantas páginas. También debe llegar a nuestro corazón, para hacer que amemos más y mejor. Conocer más no significa ser mejor cristiano, a menos que lo que aprendemos lo pongamos en práctica. Quizá nuestro mejor camino hacia Dios sea ayudar a otros a encontrar el suyo.

Sabemos que el conocimiento nos hace libres, pero también sabemos que no todo conocimiento es plenamente bueno. De hecho, a veces podemos ser los peores enemigos de nuestra propia fe debido a lo que decimos o no decimos. El conocimiento de la Santa Escritura, de los santos o del Magisterio de la Iglesia en su conjunto no basta si uno es incapaz de practicar la caridad y la fe en los demás. La verdad y la caridad deben ir unidas; la verdad no puede ser deficiente, ni puede la caridad ser falsa.

Todo esto nos demuestra que es bueno enseñar a otros a ser buscadores de la verdad. A veces debemos enseñar no solo con nuestros conocimientos, sino también con nuestra ignorancia, demostrando por qué nuestras vidas son dignas de ser vividas, por qué nuestra fe es nuestra fe.

Un niño puede preguntar y yo responder. Quizá mi respuesta no sea la que él esperaba, pero es algo que puede llevarle más cerca de lo que quiere saber. Un amigo puede preguntar, y yo puedo llevarle a las Escrituras. Quizá sea difícil entenderlo todo en una sola vez; quizá no sea fácil creer cada palabra, pero es un camino que merece la pena recorrer.

Un santo puede preguntar, y yo puedo remitirle a una enciclopedia católica y mostrarle que preguntar es tan habitual como respirar. Y quizá esta sea la mejor manera de acompañarles durante su peregrinación con nosotros.

Elijan, y quizá les enseñemos a seguir el camino desde el principio.

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