Una túnica nueva para la Pascua

Regreso del hijo pródigo
Regreso del hijo pródigo (Bartolomé Estaban Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Cuando el hijo de casa se salía
El Padre a la ventana se quedaba,
Su corazón latía y caminaba
Al compás de aquel hijo que se perdía.
Su silla la guardó siempre vacía
Y en su mesa su plato le dejaba
Cualquier toque o llamada le agitaba
Y contaba las horas día a día… (Rafael Prieto)

Vestíos pues, (como escogidos de Dios, santos y amados) de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia”. Colosenses 3,2

Posiblemente en el trascurso de esta Cuaresma todos habremos entonado el versículo final de la última estrofa de la canción “Hoy vuelvo de lejos”, incluso tenemos una nueva versión publicada en estos días. Se nos invita a introducirnos en el itinerario del hijo pródigo, quien habiendo emprendido el camino de vuelta a casa desprovisto de vestido, llegó a su casa y despojado de harapos adquirió la digna vestidura de hijo. Esa dignidad del vestido nuevo, prefigura nuestra vestición bautismal, la condición de la pascual.

Ya en otra ocasión nos sirvió de reflexión en estas páginas el motivo del Hijo Pródigo según la plasmación de Rembrandt. La versión de Murillo enfatiza la vestición del Hijo Pródigo al ser reconciliado por el padre de la parábola lucana. La misericordia se manifiesta de parte de Dios como la concesión de una nueva dignidad, un nuevo vestido. Parafraseando al Cardenal Kasper podemos decir que “UN POCO DE MISERICORDIA HACE UN MUNDO MAS JUSTO Y MENOS FRÍO”, menos frío porque adquirimos el calor de una prenda de amor. Y más justo, porque el vestido nos dignifica, al hijo pródigo le manifestaba ser Hijo.

PONEDLE UN VESTIDO NUEVO

La parábola del Padre Bueno, es un retrato de la misericordia de Dios. En ella se nos ofrece infinidad de detalles que nunca agotamos. Podemos fijarnos en un eje nuevo de interpretación, quizá en numerosas ocasiones pensamos en ella como la trama de una película (no en vano en el 2016 se publicó una versión actualizada de la misma). Pensemos en ella seleccionando un fotograma, esta imagen de vestición que propone Murillo en su versión. Es verdad que “si a Dios no lo ha visto nadie”, también es cierto que Jesús nos ha dejado infinidad de retratos de su belleza y bondad. Profundicemos en éste.

¿Qué se nos dice en la parábola respecto al Padre? Se reconocen siete dolores: uno no mencionado, la ausencia de una madre-esposa y sin embargo sus manos son paterno-maternales. Manifiesto es el dolor del desgarro y rotura al ausentarse el hijo menor. Junto a él intuimos, de modo muy humano, un tercer dolor: la duda ¿por qué se marchó este hijo? El cuarto es la incertidumbre… no saber qué sería de él y más si estaba en un país lejano… cómo volver a casa ¿y si el camino de regreso se olvidara? El quinto dolor, consecuencia relacional del anterior, la incertidumbre del paradero y la suerte del hijo, el padre sentiría el hambre y el menosprecio que el hijo padecía. El sexto dolor fue el flash de ver las huellas del pecado en el hijo, pero el padre se sobrepuso abrazándolo. El séptimo, la actitud del hijo mayor, que es orgullo y desamor propio del fariseo y frío cumplidor.

Aprendemos del dolor de este padre, pero aprendamos de sus opciones. El padre es quien respeta las decisiones de los hijos (aún la del menor que pidiéndole la herencia, le está declarando ya difunto). El padre sufre, pero sufre y espera, no se pregunta en el relato ¿qué hecho mal con este hijo, por qué me ha salido distinto al mayor? No pre-condena al hijo ni le cierra la puerta, espera su vuelta por eso “cuando aún estaba lejos el Padre lo ve, se conmovió y echando a correr se le echó al cuello”.

El signo de la vestición es un hermoso gesto de perdón de este padre que en contraste con el hijo mayor, se enternece y conmueve hasta el punto de recuperar la identidad de su hijo, a la inversa que Adán, cubre la desnudez del recién llegado, puesto que ha pecado, con su misericordia le borda un plan de nuevo futuro.

La buena noticia que nos trae esta parábola no es que tantas veces seamos como los hijos (ya lo sabemos con nuestra experiencia), la noticia es que Dios es como el padre.

UNA IMAGEN PARA ORAR

En el año de Murillo, nos acompaña su versión del Regreso del hijo pródigo. Esta obra, junto con El hijo pródigo recoge su legítima, La despedida del hijo pródigo y La disipación del hijo pródigo son los cuatro únicos bocetos conocidos de una serie integrada por seis lienzos pertenecientes a la National Gallery de Dublín y que se inspiran en la parábola del hijo pródigo (Lc, 15). Están parcialmente basados en estampas de Jacques Callot (1592-1635). En ellos Murillo da rienda suelta a su habilidad para la narración y a su gusto por las escenas inspiradas en la vida cotidiana, y su carácter de boceto les aporta una gran frescura y libertad. Son obras en las que el pintor trabaja sin la presión del cuadro final, por lo que contienen fragmentos que, por su agilidad y dinamismo, sólo pueden ser comparados con los dibujos de su autor. Formaban parte del discurso iconográfico sobre la misericordia, realizados para el Hospital de la Caridad en Sevilla.

La Hermandad de la Caridad en Sevilla fue fundada a en el siglo XV para acoger a vagabundos, darles de comer en su hospicio, convertido en dispensario de incurables, recoger enfermos abandonados, ejercer en una palabra, la misericordia, realidad tangible en nuestros días a través del servicio que la Institución presta a través de las Hijas de la Caridad y los voluntarios colaboradores. El siglo XVII conoció el testimonio de Don Miguel de Mañara, a cuya leyenda algunos atribuyeron la imagen crápula del Don Juan Tenorio. Hoy su proceso de beatificación ha avanzado y se espera la pronta declaración de sus virtudes y santidad (recomiendo conocer su meritoria figura).

Para la iglesia de esta casa de Caridad se diseñó un programa iconográfico muy interesante a nivel histórico y pastoral. Todo ello fue programado con un discurso coherente y un programa figurativo en el que se incluían una serie de lienzos de Murillo y Valdés Leal, sobre seis de las obras de misericordia, coronando el conjunto la escena principal del retablo, realizada por Pedro Roldán con el tema del Santo Entierro (referencia cristológica a la última de las obras corporales).

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (Sevilla 1617-1682) pintó entre 1666 y 1670 «seis jeroglíficos que explican seis de las obras de Misericordia» para la nueva iglesia que, impulsada por Miguel de Mañara, construía la Hermandad de la Caridad, a la que el pintor había ingresado en 1665. En 1672 entregó otros dos cuadros de altar, los únicos que junto con dos de los jeroglíficos de las obras de misericordia se conservan en su lugar.

La peste que en 1649 en Sevilla produjo efectos devastadores, redujo la población a la mitad, contabilizó 60.000 muertos. Las clases populares más afectadas se agolpaban a las puertas del episcopado para recibir la hogaza, y cientos de pobres “vergonzantes” quedaron bajo la protección de la Hermandad de la Caridad, revitalizada en 1663 por Miguel Mañara, padrino de bautismo de dos de los hijos de Bartolomé Esteban Murillo, quien contrajo matrimonio con Beatriz Cabrera, hija de una familia de plateros, con quien tuvo nueve hijos.

Podemos destacar algunos detalles de esta obra: la capacidad del pintor para no repetirse, el dominio de la gesticulación en los personajes secundarios, que con la diversidad de sus reacciones profundizan los contenidos narrativos, donde por medio de la luz y el gradual desdibujamiento de las formas se alcanzan notables efectos de perspectiva aérea. Podríamos señalar las evidentes diferencias con la versión de Rembrandt, el padre no absorbe toda la escena, el hogar y el pater familiae forman una unidad: el perrillo que por fin saludo a su amigo, el ternero que viene a “implicarse en la fiesta”, los sirvientes que admiran la generosidad el padre, todo ello en un común tono amable y anecdótico, en los que Murillo muestra su atracción por los desheredados y la gente sencilla, con sus reacciones espontáneas.

Es así como podremos orar diciendo: quiero vivir como el padre quien…

…presiente, mariposa que aletea
que el tiempo se ha cumplido, a la mañana
esperando subía a la azotea
y aguardaba detrás de la ventana.
y un día fue verdad, sintió su aliento,
y el padre enloquecía de contento.

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