Una túnica nueva para la Pascua

San Martín partiendo la capa con el pobre
San Martín partiendo la capa con el pobre (Maestro de Riglo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Cristo tiene que estar en nosotros
antes de que podamos ser vestidos de Él.
La gracia pone a Cristo en nuestro interior
y nos capacita para que nos revistamos de Cristo
en nuestro exterior.
Cristo tiene que estar por fe en el corazón
antes de que pueda estar en la vida por la santidad.

Siempre me ha parecido oportuna esta expresión que la célebre canción Hoy vuelvo de lejos, utiliza para significar el vestido con el que el padre de la parábola viste al hijo pródigo a su regreso. Si el pecado ha desnudado la condición del hijo que regresa, la acogida reconciliadora dignifica por medio del vestido nuevo. Un vestido que apunta a resurrección. Un vestido que viste de filiación divina, un vestido de Pascua.

Y todo ello tiene una cierta gracia, mientras observamos en el mundo televisivo que se han vuelto a poner de moda los programas de cambios de estilo. En ellos, personas que quieren un “cambio” se presentan sin recursos, emocionalmente inestables, “desnudos» ante situaciones que no saben gestionar: una imagen para un trabajo, crisis que les han dejado sin medios, etc. Los estilistas les aconsejan, les visten con un nuevo look y a la vez parecen acompañarles en lo que será una nueva etapa de su vida. De todos modos, estaréis conmigo en que la situación tiene mucho de absurdo pues el estilista comenta con ironía el gusto del concursante, para disfrazarle, que no vestirle de una forma y otorgarle un cambio de imagen. ¡Qué ironía! ¿Eso es vestir al desnudo?

Dice Marko Rupnik que “el vestido tiene que ver con la identidad más profunda de la persona. Tan es así que la desnudez es la pérdida de esa identidad y expresa su cercanía a la muerte”. El signo de vencer al enemigo es despojarle, mientras que la reconciliación conlleva la vestición. Seguro que todos retenemos la degradación a la que se sometía a los presos de los campos de concentración con el despojo. El despojo tiene múltiples lecturas, pues no sólo lo suele ser del vestido material. Son los muchos millones a los que estamos desnudando. “Si, pues, ha de ir al fuego eterno aquel a quien le diga: estuve desnudo y no me vestiste, ¿qué lugar tendrá en el fuego eterno aquel a quien le diga: estaba vestido y tú me desnudaste?” (San Agustín).

También argumentarán algunos que en nuestro medio español no son muchos los que realmente carezcan de vestido y que con frecuencia los contenedores próximos a los roperos, se convierte en el lugar en donde se abandona las prendas rechazadas. Pero son muchas las urgencias que exigen ser vestidas: quienes carecen de la vestidura del honor, del respeto, de la protección. Siempre tendremos que cubrir la desnudez del prójimo con el manto de la caridad. La desnudez se presenta de muchas maneras, por supuesto que no podemos olvidar a quienes necesitan de nuestra ayuda para vestir con dignidad. Hay momentos donde el vestido se convierte en una urgencia.

La Iglesia celebrará el lunes 5 de septiembre de 2016 el jubileo de los voluntarios y operadores de la misericordia, un día después de la fiesta en memoria de la Beata Teresa de Calcuta (1910-1997), quien tomó como lema revestir de dignidad a los despojados. Cuentan que un Lord inglés que visitó la casa de moribundos (Nirmal Hriday) en Calcuta (India) al ver a los asistidos por las Misioneras de la Caridad, mal nutridos, y semidesnudos le dijo a su acompañante con verdadera sinceridad que desearía estar peor vestido y peor alimentado: “Este traje me quema”, afirmó. Y es que es preferible estar vestido de dignidad que de Armani.

DESDE LA PALABRA

El vestido, el alimento y el techo son el punto de partida de la dignidad humana material. La bendición asegura el vestido y el pan (Dt 10, 18) y el castigo la desnudez y el hambre (Dt 28, 48).

Dios fue el primero que realizó esta obra de vestir al desnudo, pues lo hizo cuando vistió con túnicas a Adán y Eva, después de que cometieron el pecado. En la Sagrada Escritura la desnudez es interpretada de manera negativa, tanto como fruto del pecado (cfr. Gén 3,7), como por la relación con el esclavo que no tiene derecho a propiedad y está sujeto a explotación (cfr. Gén 37,23); la desnudez se relaciona con la situación del encarcelado (cfr. Is 20,4; Hch 12,8) y del enfermo mental que viven en condición de alienación (cfr. Mc 5,1-20). Hablamos de la desnudez humillada del marginado, tal como se cuenta en el libro de Job hablando de los pobres: “Pasan la noche desnudos, sin nada de ropa que ponerse, sin cobertor, a merced del frío… Andan desnudos, sin ropas y hambrientos” (Job 24,7.10).

Dados los sufrimientos de quienes carecen de vestido, la Sagrada Escritura propone una actitud de compasión para con la desnudez: “Comparte tu ropa con el que está desnudo” (cfr. Tob 4,16), alaba al que “viste al desnudo” (Ez 18,16) y “al que lo cubre” (Is 58,7). De allí que, en el juicio final, tal acción es vista como una obra de misericordia (cfr. Mt 25,36). En contraste con la desnudez, para la Biblia el vestido es signo de la condición espiritual del hombre, particularmente cuando se utiliza el color blanco, que remite a la dimensión escatológica salvadora como marca de los seres asociados a Dios (cfr. Qoh 9,8; Sir 43,18; cfr. Ap 2,17; 14,14). En este contexto, el contraste entre el “joven desnudo” (Mc 14,51s) –símbolo de la muerte de Jesús– y el “joven vestido de blanco” (Mc 16,5) –anunciador de la resurrección de Jesucristo–, sugiere plásticamente el significado profundo de “la atención para con el desnudo” (Mt 25,36). La tradición paulina, además, subraya con fuerza que la desnudez, expresión “del hombre viejo”, desaparece gracias al “revestimiento del hombre nuevo, que por el conocimiento se va renovando a imagen de su Creador” (Col 3,10; Ef 4,24), por mediación de la fe y el Bautismo (cfr. Rm 8,35; 2Cor 5,4).

Con la Resurrección de Cristo la humanidad tiene un vestido de Pascua. El hombre se puede vestir de incorruptibilidad (2Cor 5, 3 y ss). Al revestirse de Cristo la humanidad adquiere libertad, filiación, derecho a la herencia de Dios. Con los revestidos por el Bautismo, Dios constituye una Comunidad perfecta, animada por el Espíritu. No hay ya desnudez que pueda separarnos del Amor de Cristo (Rom 8, 35). Revestidos de blancas vestiduras de eternidad, saldremos al encuentro del Señor de la Historia.

UNA CAPA PARA DOS

La imagen es de San Juan Bautista De La Salle. Él conoció de primera mano la tradición de vestición que conservaba la Iglesia de Amiens, según la tradición que hacía vida el gesto de San Martín (que lo será de Tours) acontecido en el siglo IV. Tomemos su virtud como imagen. En la Meditación para el día de San Martín, nos cuenta el Señor De La Salle: “…Tenía especialmente tanta compasión de los necesitados que, sirviendo aún en el ejército, encontró cierto día a un pobre desnudo que le pedía con qué cubrirse, y él, cortando su capa en dos, le dio la mitad; por lo que Jesucristo, a fin de mostrarle que consideraba como hecho a Él este don, se le apareció la noche siguiente cubierto con aquella mitad de la capa y dijo: Martín siendo aún catecúmeno me ha vestido con este manto. Vosotros, alistados en la milicia de Cristo: ¿sois tan caritativos con los pobres como lo fue San Martín? Ya que estáis a diario con los niños pobres y, de parte de Dios, tenéis que revestirlos de Jesucristo y de su Espíritu. ¿Habéis procurado vestiros vosotros de él antes de emprender tan santo ministerio, de modo que podáis comunicarles esa gracia?” Está claro… si importante es revestir al desnudo siendo capaces de partir la propia capa, hasta perder la condición y rango (como el miles Martín), más digno aún es revestir del Espíritu de Cristo, algo que exige previamente tener experiencia de dicho revestimiento.

El arte cristiano ha recordado el gesto de Martín. Desde el románico más genuino (reproducimos un capitel del claustro de Moissac), pasando por las miniaturas y las vidrieras del XIII (véase la ilustración de Varennes) al gótico internacional que ejemplificó a Martín cuya memoria había sido acogida a lo largo del Camino de Santiago, como protector de la peste y otras enfermedades (no sólo Frómista o Briviesca conservan leyendas sobre una mula peregrina que llegó hasta Compostela (de ahí la relevancia de San Martín Pinario) portando las reliquias del Santo y sanando a muchísimos enfermos). No en vano el Maestro de Riglos, viste al pobre mendicante como un peregrino a Santiago.

Ojalá el ejemplo de San Martín nos mueva a saber vivir esta obra de misericordia que tan bellamente plasmó Gregorio Fernández, recién llegado a Valladolid en 1606 para la iglesia de San Martín, siendo su primer paso procesional. La obra de Gregorio Fernández no alcanza el tamaño natural, con 1,33 metros de altura. En ella aparece el santo cabalgando un caballo al paso. El santo viste una indumentaria militar, con loriga, faldellín, botas altas, un casco con penacho de plumas y armado con una espada, elemento desaparecido aunque aludido por la vaina que cuelga de su cintura. Por su parte, el mendigo, que permanece de pie junto al lomo del caballo en actitud suplicante, es un hombre maduro y tullido que tiene su pierna derecha de madera y viste una túnica corta, caída a la altura del pecho dejando al aire el brazo izquierdo, un pantalón que llega hasta la rodilla, un pañuelo colocado en la cabeza en forma de turbante y con el pie descalzo. Se apoya en un bastón con forma de «Tau» y levanta su cabeza suplicante hacia el santo. Su rostro es enjuto, con la nariz muy perfilada, la boca entreabierta, bigote y perilla y mechones del cabello asomando sobre las orejas. Esta figura sería retomada por Gregorio Fernández en 1621, cuando hace el grupo de Santa Isabel con un mendigo para el retablo mayor del convento de Santa Isabel de Valladolid. Contemplando la escena bien podemos animarnos a ejercer su gesto. Para ello, bien sabemos el entramado de Cáritas en nuestras diócesis, sus roperos y asociaciones semejantes que nos invitan a poner un toque de realismo y solidaridad en nuestros armarios. Pero que sobre todo, nos hacen pensar de qué vamos vestidos y por qué carecemos del más importante vestido: el Espíritu de Dios.

Cuando Cristo, la esperanza de gloria,
es formado en ti, no ocultes tu amor por Él,
sino vístete de Él en tu conducta
como la gloria de tu esperanza.
Así como tienes a Cristo como tu Salvador en tu interior,
el secreto de tu vida interior,
así revístete de Cristo para que sea la hermosura de tu vida diaria.
Que lo externo sea iluminado por lo interno
y eso constituirá para ti esas “armas de la luz”
con las que todos los soldados del Señor Jesús
tienen el privilegio de contar.

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