Los sacramentales

Bendición
Fotografía: Iglesia en Valladolid (Flickr)

Francisco Castro, Diácono Permanente | Los sacramentos de la Iglesia son un signo visible y eficaz que encierran la gracia invisible, por la que Dios nos comunica la salvación en la Iglesia. Son el fruto del sacrificio redentor de Jesús en la Cruz. El Catecismo de la Iglesia Católica (CCE) nos dice que los sacramentos fueron instituidos por Cristo, que son siete, y que cada uno de ellos corresponden a todas las etapas y todos los momentos importantes de la vida del cristiano. Estos están agrupados en un cierto orden: los sacramentos llamados de la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), los sacramentos de curación (Penitencia y Unción de enfermos), y los sacramentos que están al servicio de la comunión y de la misión (Orden y Matrimonio).

Todo cristiano está llamado a recibir los sacramentos, y debe ser consciente de la importancia que tienen para su salvación. Pero existen otros signos sagrados, que, no por ser menos significativos, deben estar presentes en nuestras vidas, me refiero a los sacramentales.

Los sacramentales son signos sagrados, a modo de sacramentos, pero que no provienen de la institución de Cristo. Los ha creado la misma Iglesia para que preparen, acompañen y prolonguen la acción de los sacramentos. Reciben su identidad y su fuerza de la fe de la Iglesia celebrante, y también de la fe de los cristianos que los piden y participan de ellos.

El Concilio Vaticano II, en su Constitución sobre la Sagrada Escritura “Sacrosanctum Concilium” (nº. 60) dice: “La Santa Madre Iglesia instituyó, además, los sacramentales. Estos son signos sagrados, con los que, imitando de alguna manera a los sacramentos, se expresan efectos, sobre todo espirituales, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida”.

La diferencia básica entre los sacramentos y los sacramentales es que los primeros, instituidos por Cristo, son necesarios para alcanzar la salvación, mientras que los segundos instituidos por la Iglesia nos preparan para recibir los sacramentos.

Los sacramentales no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con ella.

La liturgia de los sacramentos y los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los acontecimientos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, de quien reciben su poder todos los sacramentos y sacramentales, y que todo su uso honesto de las cosas materiales pueda ordenado a la santificación del hombre y la mujer a la alabanza de Dios (SC 61).

A lo largo del año litúrgico cristiano realizamos varios sacramentales entre los que figuran en primer lugar “las bendiciones”, ya sean de personas, de la mesa, de objetos o de lugares. Otros ejemplos son, la bendición e imposición de cenizas, o la bendición de las palmas el Domingo de Ramos.

Toda bendición es alabanza de Dios y oración para obtener sus dones. En Cristo, los cristianos son bendecidos por Dios Padre “con toda clase de bendiciones espirituales” (Ef 1,3). Por eso la Iglesia da la bendición invocando el nombre de Jesús y haciendo habitualmente la señal de la cruz de Cristo” (CCE 1671).

Existen otro tipo de sacramentales como la adoración de la Cruz el Viernes Santo, la procesión y las oraciones de rogativas, las procesiones en honor a la Virgen o los santos, y las procesiones de Semana Santa. Y no podemos olvidar el sentido religioso que el pueblo cristiano ha encontrado a través de la religiosidad popular, expresando así su sentir de la fe a través de manifestaciones de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia, tales como la veneración de reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, el vía crucis, las medallas con imágenes de la Virgen.

Una de las tareas propias de mi ministerio diaconal es precisamente administrar los sacramentales y he de confesar que el rezo del Santo Rosario para mí es una de las tareas sacramentales que mayor satisfacción me produce, pues durante el rezo del rosario en compañía de los fieles, recuerdo las palabras que la Virgen en su aparición en Fátima a los niños Lucia, Francisco y Jacinta: “debéis rezar muchos rosarios”. Es como si años después los que rezamos el rosario hubiéramos recogido el testigo de ese deseo de la Virgen de rezar aquello que ella quiere que oremos.

Es fundamental para todo cristiano recibir la gracia de Dios a través de los sacramentos, sin olvidar que el celebrar de forma habitual los sacramentales nos ayuda a vivir de forma más intensa la alabanza de Dios y nos ayudan a compartir nuestra fe en compañía de otros cristianos.

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