Las grandes temáticas patrísticas referidas al Corazón de Cristo (II)

Jesús crucificado
Fotografía: Lawrence OP (Flickr)

Pablo Cervera Barranco

4. Las grandes temáticas patrísticas referidas al Corazón de Cristo (cont)

b) La sangre y el agua, símbolos de los sacramentos[1]

Otro tema que se encuentra en los escritos de los Padres y que, en última instancia, está relacionado con el hecho del nacimiento de la Iglesia del Costado herido, es el de la sangre y el agua que simbolizan los dos sacramentos que construyen la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. Los primeros cristianos eran muy conscientes de este profundo simbolismo.

San Juan Crisóstomo (347- 407), el gran obispo orador de Constantinopla, nació en Antioquía. En esta ciudad los discípulos de Cristo fueron llamados cristianos por primera vez. Escribe:

Además de esto, se efectuó un maravilloso misterio. «La sangre y el agua fluyeron de inmediato de la herida». No por mera casualidad ni sin darse cuenta surgieron estas dos fuentes en esta coyuntura. Se debe a que la sangre y el agua son dos elementos constitutivos de la Iglesia. Los que ya están admitidos en los ritos sagrados lo saben bien; aquellos, quiero decir, que han sido regenerados en las aguas del bautismo y que en la Eucaristía se alimentan de la carne y la sangre de Cristo. A esta única fuente todos los misterios cristianos se remontan a su origen. Y así, cuando apliques tus labios a esta copa impresionante, hazlo como si bebieras esa preciosa sangre del Costado abierto de Cristo mismo[2].

Una referencia aún más explícita a esta verdad se encuentra en la Instrucción a los catecúmenos de Crisóstomo:

¿Deseas aprender de otra fuente el poder de esta sangre? Mira dónde comenzó a fluir, desde qué manantial brotó desde la Cruz: emanó desde el Costado del Maestro. El Evangelio relata que cuando Cristo había muerto y todavía estaba colgado de la Cruz, el soldado se le acercó y le atravesó el costado con la lanza, y de inmediato salió agua y sangre. Uno era un símbolo del bautismo, el otro de los misterios. Ese soldado, entonces, le atravesó el costado: rompió el muro del templo sagrado, y yo encontré el tesoro y adquirí la riqueza[3].

Los textos en la Iglesia latina, como vimos en san Agustín, son muy numerosos. El Doctor de la Gracia dice, por ejemplo:

Adán duerme, para que Eva nazca; Cristo muere, para que la Iglesia nazca. Cuando Adán duerme, Eva se forma de su costado; cuando Cristo está muerto, la lanza atraviesa su Costado para que broten los sacramentos por los cuales se forma la Iglesia[4].

 
c) San Juan en el Costado de Cristo[5]

La devoción medieval al Sagrado Corazón dará mucho valor a la relación de san Juan con el Corazón de Jesús, y a los secretos de amor y confianza que aprendió en la Última Cena, mientras descansaba la cabeza sobre el pecho de Cristo. La piedad medieval y moderna tuvieron en gran estima la tradición que identificaba a Juan como quien «estaba más cerca de él» en la Última Cena y se refieren a él como el «discípulo a quien Jesús amaba» (Jn 13,23). La tradición y la devoción son muy antiguas, y se remontan al menos a la segunda mitad del siglo II.

Los autores del siglo II insisten en el carácter paradigmático de Juan durante la Última Cena: «Diciendo esto, Jesús se turbó en su espíritu y dio testimonio diciendo: ‘En verdad, en verdad os digo: uno de vosotros me va a entregar’. Los discípulos se miraron unos a otros perplejos, por no saber de quién lo decía. Uno de ellos, al que Jesús amaba, estaba reclinado a la mesa en el seno de Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: ‘Señor, ¿quién es?’» (Jn 13,21-25). El evangelista subraya, en el contexto de la celebración eucarística, la importancia que da a esta narración haciendo una alusión implícita al final del evangelio: «Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: ‘Señor, ¿quién es el que te va a entregar?’. Al verlo, Pedro dice a Jesús: ‘Señor, y este, ¿qué?’».

Juan es el que se apoya en el pecho del Señor y permanece (21,22) tras haber dado testimonio de la transfixión al pie de la cruz (Jn 19, 35; 231,24).

El primero en mostrar una veneración especial para con san Juan, porque reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor (Jn 13,23-25) y se le permitió beber de la fuente de agua viva, fue una vez más el gran Orígenes[6]. Sus comentarios sobre el discípulo amado son cercanos, psicológicamente hablando, a lo que muchos, más tarde, llamaron devoción al Corazón del Señor. Escuchemos:

Juan bebe en el «Corazón de los corazones los tesoros de la sabiduría y conocimiento»[7].

Desde el seno de Jesús él (Juan) había entrado en el seno de la Palabra y de aquí al seno del Padre[8].

Estas palabras deben ser escuchadas: «Uno de sus discípulos se apoyó en el pecho de Jesús» (Jn 13,25) de una manera digna del honor que conviene dar al Hijo de Dios y de recibirlo a quien es amado.

Creo que, aunque Juan estaba entonces simbólicamente acostado en el vientre de Jesús, habiendo sido juzgado digno de este honor, ya que había sido juzgado digno de un amor de elección (exairetou agapès) por parte del Maestro, lo que es simbólico allí sugiere que Juan, inclinándose sobre el Verbo y reposando en los estados místicos más profundos, se inclinó sobre el seno (kolpos) del Verbo como, guardando todas las proporciones, él mismo está en el seno (kolpos) del Padre, según esta palabra: «El Dios, Hijo unigénito, que está hacia el seno del Padre, él nos lo ha contado» (Jn 1,18)[9].

Observemos el impresionante paralelismo verbal y de contenido, aunque analógico, que Orígenes traza entre el seno del Padre y el seno de Jesús. En ambos casos, en Jn 1,18 y 13,23, se utiliza la palabra kolpos. Juan parece decir: uno debe morar en el seno de Jesús para ir al seno del Padre, uno debe morar en el Corazón del Hijo para ir y ver a este Hijo eternamente engendrado por el Corazón del Padre[10].

De sus pensamientos, el alejandrino deduce una consecuencia importante, prefigurando e incluso conteniendo ya la redamatio.

Pongamos todo en obra para ser juzgados dignos del amor de Jesús: así, de hecho, reposaremos en el seno de Jesús[11].

El alejandrino va aún más lejos, en cierto sentido, en su introducción al cuarto evangelio:

Una cosa es cierta: [Dios] reserva para el que descansó sobre el pecho de Jesús revelaciones altas y perfectas sobre la palabra de Jesús. Ninguno de los tres primeros evangelistas nos revela tan puramente como Juan la divinidad del Hijo de Dios (…). Los Evangelios son las primicias de toda la Escritura y las primicias del Evangelio es el Evangelio de San Juan. Es un libro cuya inteligencia escapará a aquellos que no han descansado en el pecho de Jesús o recibido de Jesús a María que también se convirtió en su propia madre[12].

Desde Orígenes su enseñanza se transmitió a los Padres posteriores. De esta tradición citaremos algunos textos. El primero, tomado de san Ambrosio:

Juan, reclinando su cabeza sobre el seno de Jesús, «llegó a conocer los misterios de la sabiduría divina»[13].

San Agustín, aunque no añade nada al pensamiento original, le da un sentido retórico especial:

«Entre sus compañeros y colaboradores, otros evangelistas, San Juan recibió del Señor (sobre cuyo pecho se reclinó durante la última Cena, para significar que bebió los misterios más altos del más íntimo Corazón) el don especial y excepcional de decir tales cosas acerca del Hijo de Dios. Lo cual estimularía, sin satisfacer del todo, los espíritus de los pequeños, que son todavía incapaces de comprensión; pero para los más formados, que han alcanzado el estado adulto, estas mismas palabras sirven para ejercitar y nutrir sus almas»[14].

De Orígenes también se extiende a san Juan Crisóstomo («El que era el hijo del trueno bebió, en esta ocasión, en la fuente divina»), Paulino de Nola, Gregorio de Tours y Gre­gorio Magno.

Juan es el que bebe, en el principale cordis, los teso­ros de ciencia y sabiduría (Orígenes); el que mejor manifiesta la divinidad de Jesús (Orígenes); el que del seno de Jesús llega al seno del Verbo y al seno del Padre (Orígenes); el que conoce los misterios de la sabiduría di­vina (Ambrosio); es el hijo del trueno, que bebió de la fuente divina (Cri­sóstomo); el que bebe las cosas más secretas de lo íntimo del Corazón (Agus­tín).

Paulino de Nola (353-431), obispo, fue uno de los grandes poetas latinos de la era patrística. Conoció a san Ambrosio, a san Martín y a san Agustín y es un excelente ejemplo de este tema patrístico. Al igual que san Agustín, con cuya vida coincide casi exactamente, ve el Corazón de Jesús como fuente de sabiduría. Escribe en una de sus cartas:

Así que el bendito Juan que se reclinó sobre el pecho del Señor y bebió en una percepción más profunda que la de todas las demás criaturas del Corazón mismo de la Sabiduría que creó todas las cosas, se embriagó con el Espíritu Santo que escudriña incluso lo profundo de Dios…[15].

Por su parte, Gregorio de Nisa, en la lejana Asia, comentando el Cantar de los Cantares, es quizá el que supera a todos en sus reflexiones sobre la experiencia del discípulo amado. Dice:

Quien, durante la Cena, reposó sobre el pecho del Salvador, saboreó la leche de la doctrina del Verbo y sumergió su corazón en esta fuente de vida, como una esponja que se empapa en el agua. Totalmente impregnado de los misterios que Cristo le da a conocer de manera realmente inefable, el Apóstol se nos presenta con el alma desbordante de los dones que recibió del Verbo y que bebió en su verdadera fuente[16].


[1] I. De La Potterie, «Le Symbolisme du sang et de l’eau en Jn 19,34»: Didaskalia 14 (1984) [tr. esp. El misterio del Corazón traspasado. Fundamentos bíblicos de la espiritualidad del Corazón de Cristo (BAC, Madrid 2015) 91-126].
[2] San Juan Crisóstomo, In Ioannem Homil., 85: PG 59,463.
[3] Del uso, por parte de san Juan, de imágenes de tan alto significado, podemos ver claramente cómo la devoción al Corazón herido del Salvador se desarrollaría a partir de las riquezas de tal texto. Catequesis 3, 13-19: SCh 50, 174- 75.
[4] San Agustín, Tractatus in Ioannem IX, 10: PL 35,1463.
[5] Para una exégesis bíblica de este texto cf. I. de La Potterie, «Le témoin qui demeure: le disciple que Jésus aimait»: Biblica, 67 (1986) 350-353.
[6] In Cant., I: PG 10, 79; Homil. in Ex., 4: PG 9,298.
[7] Com. In Cant., I: PG 10,79.
[8] Hom. In Ex., 4: PG 9,298
[9] Comentario sobre el Evangelio de San Juan, XXIII, 13; PL 14, 797-800. Orígenes ve en la inclinación sobre el pecho un simbolismo de amor y no sólo de inteligencia.
[10] Cf. De Margerie, vol. 1, 68.
[11] Orígenes, In Psalmo 118: PG 14, 801.
[12] Orígenes, ibídem. I, 6: PG 14, 29-32.
[13] Carta: PL 16,1275 par 4.
[14] Tractatus in Joannem 18,1.
[15] San Paulino, Epistola 21, 4: PL 61,251.
[16] PG 44,786.
Anterior

Hablar con Dios para hablar de Dios

Siguiente

Hambre, sed… y Dios con ellos (I)