La espera confiada

Mujer mirando al mar

Luis Mª Mendizábal | El Señor ha prometido la plenitud en nuestra vida. También ha prometido su Reino en toda la humanidad, que debemos desear y esperar. Lo que pasa es que nosotros no sabemos la proporción y las características a las que llegará ese Reino. Y aquí es donde solemos introducir nuestra mentalidad humana y revestimos ese Reino con unas características que quizá no son el Reino de la unión con Dios, sino que son el reino de la mentalidad humana con la que nosotros pensamos.

Podemos equivocarnos, porque describimos, a veces por nuestra cuenta, cómo va a ser ese Reino, cómo va a ser esa unión con Dios. Y nos fijamos sobre todo en los aspectos psicológicos en los cuales puede realizarse, pero no nos consta que exista una verdadera promesa de Dios referente a estos aspectos en los cuales, a veces, nosotros descansamos.

Todos conocemos las promesas que han existido a lo largo de los tiempos. Conocemos cómo, frecuentemente, apoyándose en alguna de las frases del Apocalipsis se ha soñado, casi continuamente a lo largo de la historia, en el triunfo de la virtud en este mundo a la manera humana. En que, antes del fin del mundo, triunfará la virtud, con bienestar, orden, justicia, paz… Ese paraíso perfecto terrestre.

La Iglesia nunca se ha pronunciado ni en contra ni en favor. Fuera de ciertos excesos milenaristas, queda abierto. Se puede pensar que este mundo va a llegar a un grado ideal. Puede ser, pero no puedo apoyarme como cosa segura en ello. Debemos procurar y anhelar de nuestra parte, pero en qué grado se realizará sobre la tierra no nos lo ha manifestado el Señor con certeza y con claridad.

Cuando hablamos de esperanza cristiana nos referimos al conjunto de lo que Dios se ha comprometido a realizar en nosotros y con nosotros, poniendo en juego su poder y fuerza creadora. No en proporción de nuestras capacidades, sino de su potencia creadora, aunque pidiendo al mismo tiempo nuestra colaboración. Y este es un juego delicado y difícil. Esto es lo que esperamos, algo que el Señor realizará en nosotros y con nosotros, mediante su fuerza creadora.

Esperamos esa realidad, lo que Él ha prometido. Subjetivamente lo esperamos, con espera confiada, firme, paciente, segura, diligente y orante. Aquí está la función de la oración. Esta espera confiada está garantizada ya en el don del Espíritu Santo. Está probada por las tribulaciones y se apoya en la promesa del Espíritu, y en su asistencia. Somos en el espíritu de Cristo y ese espíritu da testimonio dentro de nosotros de que somos hijos de Dios.

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