Del Carnaval a la Cuaresma

Máscaras de Carnaval

Francisco Castro, Diácono Permanente | Dentro de unas semanas los cristianos comenzaremos la Cuaresma, es decir el cuadragésimo día antes de la Pascua iniciaremos un tiempo de preparación y observancia “por el que se asciende al monte santo de la Pascua”, tal y como lo describe el Ceremonial de Obispos (CE 249). Este periodo cuaresmal da comienzo el Miércoles de Ceniza y concluye el Jueves Santo por la tarde, antes de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, con la que se inaugura el Triduo Pascual.

Pero justo antes de inaugurar este tiempo de camino hacia la Pascua, los cristianos ‘tenemos que soportar’ una fiesta que se celebra los días previos al Miércoles de Ceniza. Me refiero al carnaval.

El carnaval se celebra desde hace milenios en la humanidad. Su origen varía dependiendo de las fuentes, unos lo sitúan temporalmente en el antiguo Egipto, otros en el Imperio Romano, aludiendo procedencia a las fiestas de Saturno y de Baco (dios del vino). Otros en cambio consideran que probablemente el nombre de carnaval viene en honor del dios cananeo Baal. Sea cual sea su primigenio origen, lo que está claro es que sin la Cuaresma el carnaval no existiría.

El carnaval está ligado social e históricamente a la religión católica (aunque no apruebe su celebración), ya que surgió como desahogo a la continencia que requería el tiempo de la Cuaresma. Es una fiesta de origen pagano que se recuperó en la Edad Media y que la Iglesia toleró. La palabra carnaval viene del italiano “carnevale”, es decir “quitar la carne”. Y eso es lo que se hacía en los comercios y en las casas en la Edad Media, eliminar la carne como símbolo del tiempo cuaresmal que se acercaba, como símbolo de ayuno y abstinencia. De ahí que los días previos al Miércoles de Ceniza al tener que eliminar la carne, se hacían excesos con la comida y la bebida acompañada por bailes y máscaras.

Pero con el paso de los siglos el carnaval se ha ido transformando y como afirma el escritor Julio Caro Baroja, “el carnaval ha perdido su referencia a la Cuaresma. Hoy por hoy el carnaval se entiende como un festejo autónomo, incluso se reivindica un origen pagano excluyente, llegando a invadir el tiempo de la Cuaresma, en una muestra más de la secularización de las fiestas cristianas. Llegando a extenderse en algunas autonomías españolas hasta las mismas puertas de la Semana Santa, como es el caso de Canarias”.

Es evidente que los católicos vivimos en este mundo y en este tiempo y no podemos ser ajenos a aquello que nos rodea. Pero debemos ser conscientes de que el carnaval por el carnaval no es suficiente. Debemos estar atentos a las posibles desviaciones o excesos carnavalescos. Esta celebración puede y debe servirnos para explicar que su razón de ser es conducirnos hasta la Cuaresma, como cambio de renovación y misericordia y no en una mera fiesta de creatividad y disfraces. Por ello el Carnaval no debe despistarnos, sino que debe servirnos como puerta para el gran tiempo de preparación que es la Cuaresma. Un tiempo en el que recordaremos el paso de Nuestro Señor por el desierto y que nos llevará a la celebración de la Pascua.

Así pues, la Cuaresma debemos vivirla de forma intensa. Y una manera de vivirla con intensidad es llevar a la práctica las seis pistas que el Papa Francisco nos ha dado para este tiempo:

1ª Practicar la Caridad: Una caridad que brote del corazón y que nos acerque a los más débiles y necesitados. Una caridad que debe hacerse con amor y propiciar un verdadero encuentro con esas personas sufrientes.

2ª Hacernos ricos en Cristo: Jesús es nuestra mayor riqueza y cuando nos acercamos a Él nos hacemos ricos en la pobreza, compartiendo la “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas. Y esta riqueza consiste en la confianza ilimitada en Dios Padre buscando siempre su voluntad y su gloria.

3ª Fijarnos en las miserias de nuestros hermanos y en nuestras propias miserias: Existen tres tipos de miserias, la material (comida, trabajo), la moral (los esclavos del vicio y del pecado) y la espiritual (al alejarnos de Dios). Debemos hacer un examen propio para ver si poseemos alguna de ellas y busquemos la ayuda que la Iglesia nos ofrece y si alguno de nuestros amigos o conocidos padece alguna busquemos la manera de ayudarlos.

4ª Anunciar con alegría el Evangelio: Es hermoso experimentar la alegría de extender esta Buena Nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío.

5ª Despojarse: Siempre podemos despojarnos de algo para ayudar y enriquecer con la riqueza de Jesús, pero con sacrificio. “No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele”.

6ª Ser misericordiosos y agentes de misericordia: “Ayudados por el Espíritu Santo y bajo la intercesión maternal de la Virgen María, llevemos a Cristo a todos nuestros hermanos, no sólo con palabras, sino con hechos concretos: saludando en la calle a conocidos y desconocidos, perdonando las ofensas, orando por nuestros enemigos”.

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