Corazón de Jesús, lleno de bondad y de amor

Cristo Buen Samaritano
Cristo Buen Samaritano (M. I. Rupnik y Taller de Arte del Centro Aletti)

Pablo Cervera Barranco | El ser de Dios es amor en sí mismo y amor interpersonal. Dios es amor, dice san Juan (1Jn 4,4). El amor, lejos de encerrarse en sí mismo, por su misma dinámica se da hacia afuera, sale en busca del otro.

La plenitud del ser de Dios, que es bondad y amor, «sale» hacia afuera con la obra creadora. «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos» (Sal 18,2). Con todo, aunque esa plenitud de ser se desborda en la creación es un pálido destello frente a la sobreabundancia de amor de un Dios que sale al encuentro del ser humano, creado «a imagen y semejanza de Dios» (Gén 1,26), y lo toma como interlocutor. Pero aún podemos dar un paso más. La abundancia de amor de Dios llega a su plenitud con la encarnación del hijo de Dios, Jesucristo hecho hombre. Su vida empieza, se desarrolla y termina bajo el signo del amor y la bondad. «He venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10). Es decir, que la plenitud de vida de que él goza, como persona divina, va a ser el don con que alcance a cada hombre. «Así es el Corazón humano del Hijo de Dios, incluso después de la experiencia de la cruz y del sacrificio. Mejor dicho, todavía más: rebosante de amor y de bondad» (Juan Pablo II, Ángelus, 21 de julio de 1985).

San Lucas recoge en los Hechos de los Apóstoles parte de la predicación de san Pedro que recuerda la bondad con que Cristo recorrió la existencia humana dando de esa plenitud: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. “El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,34-38).

Desde el inicio de su misión, tras el bautismo en el Jordán, hasta el Calvario toda su sed («Tengo sed» Jn 19,23) es dar el Espíritu, es decir, la Persona-Amor de la Trinidad. Y ello lo hace como Dios y como hombre. Cristo como Dios está unido en su persona divinas a las otras dos en una corriente inefable de amor. Como hombre, toda su existencia consiste en ir «acumulando» el tesoro del que dará cuenta el centurión romano cuando abra el costado con la lanza: «Salió sangre y agua» (Jn 19,34), es decir, las aguas del Espíritu prometidas en Jn 7 y que se desbordan desde la cruz «De su interior brotarán ríos de agua viva. Y esto lo decía referido al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (Jn 7, 38-39). «El Corazón vivo del Redentor resucitado y glorificado está “lleno de bondad y de amor”: infinita y sobreabundantemente lleno. El rebosar del corazón humano alcanza en Cristo la medida divina» (Juan Pablo II, Idem.)

«La plenitud del amor se manifiesta a través de la bondad: a través de la bondad irradiaba y se difundía sobre todos, en primer lugar sobre los que sufren y los pobres. Sobre todos según sus necesidades y expectativas más verdaderas» (Juan Pablo II, Idem.).

Esa bondad y amor son inagotables en Cristo: en la tierra y en el cielo, siempre intercediendo por nosotros. San Juan, a modo de testamento, nos deja estas palabras: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Jn 2,1-2).

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