Blancas rosas

Visión de san Francisco en la Porciúncula
Visión de san Francisco en la Porciúncula (Murillo)

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel, que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni oruga cultivo,
cultivo la rosa blanca.

José Martí

En el inicio de este mes de octubre tenemos la posibilidad de celebrar y evocar el ejemplo de vida de San Francisco de Asís. La grandeza de su testimonio de santidad, nos anima a vivir en el presente las gestas de misericordia, fraternidad universal, conciencia de creatura, la simplicidad evangélica que caracterizan su perfil. Francisco bien puede ser patrono de casi todas las nobles acciones humanas, no en vano, se ha reconocido en él uno de los testimonios de mayor cercanía a la vida evangélica y de la plenitud en el seguimiento de Jesús, de todos los tiempos.

Reconozco que al iniciar estas líneas, agradezco dos momentos vividos en este verano, en que regresaron dos anécdotas sobre los límites y extensión del Paraíso. Estos “limes” en el espacio y en el tiempo, no son equiparables a las categorías que aplicamos en la comprensión de la realidad, quizá por ello abundan tantos ejemplos y leyendas sencillas que nos lo hacen más cercano. San Ero de Armenteira y San Francisco de Asís se preguntaban sobre el espacio y el tiempo respecto al Paraíso, pero no lo hacían en clave de “cuánto”, Dios mismo les hizo entender que esa eternidad se vive ya en este mundo en la clave de perdón e indulgencia.

Uno de estos signos es el Jubileo de la Porcíncula, el Gran Perdón de Asís, que tanto nos habla de la magnanimidad en la misericordia de Dios: “Quiero llevaros a todos al Paraíso”. Esta expresión encontró en el Papa Francisco un comentario muy bello sobre la extensión de la misericordia de Dios. ¡Qué grande ha de ser el Paraíso para que todos podamos caber! ¡Qué grande! A buen seguro que de niños, nos hemos hecho muchas preguntas respecto a las posibilidades de esta extensión en comparación con las coordenadas espaciales de la realidad material. El Papa Francisco sugería: Quizás san Francisco, cuando pedía al Papa Honorio III la gracia de la indulgencia para quienes venían a la Porciúncula, pensaba en estas palabras de Jesús a sus discípulos: «En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros» (Jn 14,2-3).

Pero este Paraíso que deseaba San Francisco no sólo tiene unas connotaciones escatológicas, en el deseo de que todos se salven y disfruten de la gracia de contemplar eternamente a Dios. La inmensidad del Paraíso se refleja en este mundo en el que se ha de vivir la reconciliación universal, el perdón a todos, en todo y siempre, como tantas veces nos ha repetido el Papa. “El paraíso, después de todo, ¿qué es sino el misterio de amor que nos une por siempre con Dios para contemplarlo sin fin?” El perdón extenso de Jesús, como el del Padre, es el reflejo del hogar eterno de la misericordia de Dios.

Desde la Palabra

En su visita a la Porciúncula con motivo del VIII Centenario de este Jubileo, el 4 de agosto de 2016, el Papa Francisco reflexionaba sobre la necesidad del perdón en nuestro momento. Bien podemos contemplar que el suelo de nuestra Europa, de nuestro país, de nuestras ciudades y pueblos, presentan sus costuras aún más rasgadas que hace dos años… el tejido cruje. Y así los problemas de identidad territorial, la crisis de las migraciones, la radicalización de las ideas extremas… hacen crujir el entramado de nuestra sociedad. Los rotos de la tela ¿cómo pueden ser parcheados, sólo pueden ser parcheados? Los parches son manifiestos y podríamos hacer un elenco de los que en este mismo día, se hacen eco los medios de comunicación social y aún más, de los que nunca se habla o nos hemos acostumbrado a ver.

Cuando volvemos nuestra mirada al evangelio y resolvemos aprender a perdonar, percibimos que el perdón se muestra como una de las actitudes que determinan si realmente se ha cruzado el umbral del seguimiento de Jesús o no se ha cruzado aún. “Si el ser cristiano, pues, comporta, la actitud del perdón constante, resulta muy evidente que la comunidad cristiana debe ser un lugar modélico en este sentido. Y se podría decir que, según los criterios del evangelio, si dentro de la comunidad cristiana sus miembros no son capaces de tener ese espíritu de perdón mutuo, significa que poco cristianismo verdadero debe haber ahí” (J. Lligadas)

En su visita a la Porciúncula, Francisco invitaba a reflexionar sobre los “limes”, la extensión del perdón de Dios. Unos limes que se definen por indefinición, que no se traduce como “ingenuidad”, sino colocar la referencia de su extensión en los limes del corazón. El perdón cristiano manifiesta en Jesús esa bella expresión de ser “perdón desde el corazón”. El cristiano no espera que el otro pida perdón, ni exige reparaciones: el cristiano, simplemente, “perdona de corazón. Perdón cristiano es aquel que es total, sin plazos, sin letra pequeña, sin recuerdos, excusa ante el “no saben lo que hacen”. Perdón sin condiciones cuando existe arrepentimiento, con gestos y sin palabras, como el padre ante el hijo de Lc 15. Perdón desde el Corazón de Jesús.

En el fondo, perdonar tiene mucho de aventura y apuesta. ¿Qué hizo el propio padre con el hijo de la parábola? Le capacitó con la libertad de poder volver a pedir, e irse y gastar… El perdón es una apuesta, en el sentido de opción gratuita, como gesto de total confianza. Así lo comentaba el Papa Francisco en la Porciúncula: Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos. Es un perdón pleno, total, con el que nos da la certeza de que, aun cuando podemos recaer en los mismos pecados, él tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos… Nuestro Padre se apiada siempre cuando estamos arrepentidos, y nos manda a casa con el corazón tranquilo y sereno, diciéndonos que nos ha liberado y perdonado todo. El perdón de Dios no conoce límites; va más allá de nuestra imaginación y alcanza a quien reconoce, en el íntimo del corazón, haberse equivocado y quiere volver a él. Dios mira el corazón que pide ser perdonado.

Desde nuestra cultura

Un modo sencillo de acercarnos a la experiencia franciscana de este perdón ilimitado es leer la versión de Emilia Pardo Bazán. Su relato recoge bellamente las narraciones legendarias que cuentan esta gracia del Papa Honorio III, conseguida por Francisco para todos los que peregrinasen a la Porciúncula, después de haber recibido dicho encargo de Cristo y María en una visión. El origen de la Indulgencia de la Porciúncula, es uno de los sucesos más discutidos en la vida de San Francisco. Las leyendas franciscanas del siglo XIII no hablan de ella. Los detractores de la Indulgencia negaron incluso su valor teológico y jurídico. Por ello, los partidarios del Perdón agruparon los diversos testimonios y referencias hasta 1310, fijando sus rasgos esenciales, en base a la tradición histórica del documento de fray Teobaldo, obispo de Asís.

Y así, la tradición nos lleva cada 2 de agosto a vivir la comunión de este perdón desde la Porciúncula, en el interior de Santa María de los Ángeles, lugar en donde Francisco vivió acontecimientos tan significativos de su existencia. Desde allí recordamos este “Quiero llevaros a todos al Paraíso” expresión que se manifiesta en forma de perdón evangélico.

En anteriores artículos hemos ido describiendo el mensaje del retablo pictórico que realizó Murillo para los Capuchinos de Sevilla, hoy disgregado, aunque por este año, vuelto a reunir. Uno de los eventos más preciados de este año cultural Murillo, ha sido la posibilidad de contemplar este conjunto plenamente restaurado. El lienzo central de dicho retablo lo forma el tema que hoy nos ocupa, su restauración ha sido todo un “jubileo” en el mundo de la pintura. Junto a este ejemplo, podemos contemplar la versión que del mismo tema que se conserva en el Museo del Prado.

Este segundo ejemplo que ilustra este artículo, es de dimensiones más reducidas (206 cm x 146 cm), y en él se concentra las actitudes de los mismos personajes de la versión sevillana. La espacialidad se ha reducido, dadas las dimensiones, pero los detalles expresivos se nos hacen más evidentes: la actitud orante de Francisco intercediendo por todos, la concesión de este perdón manifestada en la bendición de Cristo y la mediación de María, el signo tangible de este perdón manifestado en rosas blancas y rojas que los ángeles y querubes regalan.

Contemplar esta imagen es como una escuela del perdón: aprender a perdonar. Es la actitud orante al final del padrenuestro, que nuestro perdón sea como el del Padre. Francisco nos enseña a orar aprendiendo a perdonar, a sentirnos perdonados y a desear el perdón para todos, que todos vivan reconciliados: las familias en sus dificultades de relación, los pueblos en su identidad y comunión, cada uno en la universalidad de nuestras relaciones y tareas.

Al inicio evocaba este sencillo poema: la rosa blanca del perdón. Es una rosa a cultivar, y ello conlleva sus espinas, esas mismas que en ocasiones y en dolor hacen teñir en escarlata sus pétalos, blancas y rojas. Ese perdón que conlleva transformar el dolor por amor. Ese perdón que es capaz de limpiar la gota salpicada para ser siempre blanca, perdonar es un modo de revivir y dar vida, resucitar.

Las setenta veces siete
son el perdón infinito
en el que yo resucito:
¡Gracias y nada me inquiete!

Un corazón compasivo
que se sintió perdonado,
un corazón dando gracias
sin saber cómo expresarlo;
un corazón que disculpa
cualquier ofensa y agravio,
un corazón…, eso pido,
que sea en verdad cristiano.

¿Cuál será mi corazón
para entender a mi hermano,
en el día en que me ofenda
y yo le tienda la mano?
Si he probado en carne propia
el perdón, que es el milagro,
compartir quiero gustoso
el milagro regalado.

Fray Rufino Grández. OFM Cap

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