Guiado por sus pasos

Custodia

Fernando Alonso | Hace un par de años viví un Seminario de Vida en el Espíritu organizado con motivo de Pentecostés y, desde entonces, comenzó un proceso de transformación interior que me llevó a una lucha intensa conmigo mismo entre mi vida anterior y la nueva que se me presentaba. De esta manera, llegué al día 10 de mayo del presente año, cuando, encontrándome en la capilla de la Adoración en Burgos, noté a mi lado que alguien me hablaba. Me giré y a mis lados no había nadie. Entonces escuché claramente una palabra y la escribí. Venía a decir que, en soledad, fuera en busca de El y me dejara guiar por sus pasos.

Salí de allí con desconcierto y decidí compartirlo con un hermano de la Renovación Carismática. Me dijo que me había hablado el Señor.
Durante un par de meses estuve orando, buscando a Dios y luchando por serle fiel, y al cabo de ese tiempo, estando ya de vacaciones, me levanté un día con mucha soledad, vacío, enfadado conmigo mismo y con el mundo. Sentía la necesidad de buscarle en soledad y alejado de todo. Decidí marcharme sin rumbo, sin un destino conocido. La vida me llevó a Valladolid, sin conocer la ciudad ni a nadie de allí. Después de unos días paseando, visitando iglesias, fui a parar a la Iglesia de las Esclavas.

Un día de los que estuve en adoración bastantes horas, di un paseo por la ciudad, entré a la Catedral y encontré un tríptico de la Basílica Nacional de la Gran Promesa. Sentí curiosidad y me dirigí allí. Al entrar, me impresionó sobremanera el Santísimo expuesto porque emanaba una luz casi cegadora. Esa imagen, con ese destello, la tenía metida en mí desde tiempo atrás y ahora me la encontraba de frente. Salí de allí con la intención de regresar al día siguiente. Me encontré con un grupo de personas de fuera que iban con una guía que estaba explicándoles la Basílica. Cuando acabaron me acerqué a ella y le pedí que me escuchara un momento. Me atendió muy amablemente, e incluso me entregó un librito sobre el “Centro de Espiritualidad del Corazón de Jesús” donde vienen las semanas de Ejercicios Espirituales que albergan durante todo el año. Al encontrarme de vacaciones me apunté a los más próximos a la fecha.

Regresé a Burgos y otra vez en la capilla de la Adoración noté como el Señor me invitaba a reposar mi cabeza en su regazo, como lo había hecho en ocasiones anteriores, pero yo nunca había podido hacerlo antes por el rechazo que siempre había tenido hacia mí mismo, por no encontrarme digno de ello. En esta ocasión, el Señor me dio la gracia y pude arrodillarme y posar mi cabeza en sus rodillas, mientras lloraba recibiendo una sanación. Viví una gran liberación y descanso.

Al día siguiente, me fui de ejercicios. Al tercer día, estando en adoración, el Señor me mostró todo el pecado de mi vida, que estaba arraigado en mi corazón y que lo había endurecido. Sentí mucho dolor y El, con su gran misericordia, lo tocó y arrancó ese corazón de piedra, transformándolo. Experimenté una gran paz y mucha libertad. Esto mismo ocurrió durante los tres días siguientes. El me sanaba con su mirada y su misericordia, y me hizo sentir que tenía que dejar todo lo que me causaba dolor en sus manos; que se lo dejara todo a El y que volviera a nacer de nuevo. Me pedía mi amor y mi corazón, viviendo para El desde El mismo. Me regaló una palabra por medio del sacerdote: “¡Si quieres puedes limpiarme!… ¡quiero, queda limpio!” (Mc 1, 40-45). Otra palabra que me dio personalmente fue: “… no fue un mensajero ni un ángel, El mismo en persona los liberó. Por su amor y su compasión El los rescató…” (Is 63, 7-9). Ambas palabras reflejan la realidad de lo que está sucediendo en mi vida.

Por todo, no puedo más que expresar un agradecimiento inmenso a este Padre amoroso, que en su Hijo Jesús me ha dado la maravillosa oportunidad de nacer de nuevo en su Espíritu, aferrado a su gran Amor y Misericordia que brota de su Sagrado Corazón. Le doy gracias también por traerme a este lugar donde se me ha revelado y me ha concedido estas gracias divinas: la “Basílica-Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid”. Que el Señor siga derramando su gracia en este lugar a todas las personas que pasen por allí. Amén. Gloria a Dios.

Anterior

Icono de San Tito

Siguiente

Blancas rosas