Ángeles Sorazu, descubrió la alegría del evangelio y hoy nos lo anuncia

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Hna. Mª Nuria Camps Vilaplana, OIC | El Papa Francisco nos ha dirigido una preciosa exhortación en la que nos recuerda que la misión evangelizadora es inherente al bautismo y que, por tanto, no podemos renunciar a ella. Cada cristiano hace su primer anuncio de la Buena Nueva con el testimonio de su vida misma y es evidente que, en quien ha vivido un encuentro personal con Jesús y ha hecho experiencia de su amor, uno de los frutos incuestionables es la alegría. Este dato se constata una y otra vez en la vida de los santos, que apostaron todo por Cristo y le siguieron sin reservas.

En este breve espacio os invitamos a mirar el testimonio de una mujer que vivió su seguimiento de Cristo en tierras castellanas y que, desde el silencio del que fue su monasterio, a través de sus escritos y del recuerdo vivo que perdura en sus hermanas concepcionistas, sigue siendo un desafío a descubrir el tesoro escondido y participar así del gozo de conocer y seguir a Jesucristo.

Ángeles Sorazu Aizpurua nació el 22 de febrero de 1873 en Zumaya (Guipúzcoa). Desde su más tierna infancia, se vio adornada de gracias sobrenaturales que anunciaban una predilección por parte de Dios: conocimiento claro de lo que es el pecado, la experiencia de la grandeza y la bondad de Dios, o el propósito de ser santa sintiendo una llamada interior al completo abandono en la voluntad de Dios.

El 26 de agosto de 1891 ingresa en el Monasterio de La Concepción de Valladolid, de la Orden de la Inmaculada Concepción. De su entrada al claustro nos dice, entre otras cosas: Experimenté una felicidad divina inexplicable. Emitirá su profesión solemne el 6 de octubre de 1892 y desde entonces se entregará con todo su ser a Jesucristo y a María Inmaculada: A partir del día que hice la consagración conté con la Stma. Virgen para todo. Sentía la imperiosa necesidad de ser toda de Dios en María.

El contacto directo con la Palabra de Dios la introdujo progresivamente en el conocimiento de Dios y la intimidad con Él. De la mano de la Liturgia vivirá intensamente los misterios de la vida de Jesús. En sus escritos describe, por ejemplo, cómo se preparaba para la Navidad durante el tiempo de adviento, cómo celebraba el nacimiento del Salvador y cómo se entusiasmaba en la fiesta del «Nombre de Jesús».

En 1893 atraviesa una intensa purificación interior que ella vivirá apoyada en la Virgen María. La noche purificadora, vivida en heroica fidelidad y amor, la conducirá al desposorio espiritual que tendrá lugar el 25 de septiembre de 1894, fecha que recordará y celebrará gozosa y agradecida durante toda su vida. El 21 de febrero de 1904 es elegida abadesa de la comunidad, cargo que desempeñará con notable acierto, influyendo grandemente en el crecimiento espiritual y material de la comunidad.

En julio de 1907 comienza una segunda purificación interior, más honda que la que viviera años atrás, que la dispone interiormente para el matrimonio espiritual, gracia que recibe el 10 de junio de 1911. M. Ángeles vive aún diez años más, a lo largo de los cuales va dejando constancia de los aspectos de la vida de unión con Dios, su contemplación de la vida humana y divina de Jesucristo, los atributos divinos, la lectura y comentario de diversos pasajes bíblicos, especialmente el Cantar de los Cantares, que aplica a la Virgen María. Debemos especial gratitud a sus directores espirituales, y particularmente al P. Mariano de Vega, ofm cap., que con sumo acierto le pidieron poner por escrito sus experiencias místicas.

En la Navidad de 1920 hace unos ejercicios espirituales de cuarenta días con la intención de prepararse para la vida del cielo, según ella misma afirma. El 28 de agosto de 1921, expiraba tras haber compartido los padecimientos de Cristo, según ella tanto deseó y pidió en su oración.

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A un siglo de distancia, la vida y escritos de M. Ángeles son anuncio y testimonio profético. Su experiencia, vivida en el asombro sereno que producen las cosas divinas y recogida sencillamente en unos pliegos de papel, pone en evidencia la existencia de Dios y desvela su rostro, al mismo tiempo que nos dice que no podemos permanecer indiferentes ante una realidad tan trascendente para el hombre.

M. Ángeles describe la dicha que embargó su corazón cuando oyó al Padre llamarla “hija mía”, nos habla de un Dios que es Padre, que nos ama infinitamente, cuya bondad y misericordia superan todos los cálculos humanos. Nos invita a elegir con decisión y coraje el camino de la santidad, concretándolo en las múltiples ocasiones que nos proporciona la jornada para hacer visible el amor. El ardor con que vivió enamorada de Jesucristo, hasta el «enjesusamiento», es una llamada elocuente a amar a Cristo apasionadamente. Nos habla del Espíritu de Dios como amor que purifica y enciende interiormente, que nos capacita para conocer y amar al Hijo y que, junto con el Hijo, nos eleva hasta el Padre y nos introduce en su intimidad.

Y todo vivido con María Inmaculada, la Esposa por excelencia, la Madre que, introduciéndonos en su seno nos acerca a Cristo, que nos enseña a acogerle y seguirle con fidelidad y amor, que, a través del Rosario nos introduce en la contemplación de los misterios de su Hijo.

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