Santo Toribio de Mogrovejo. 300 años de santidad

, Diácono permanente | La Santa Sede concedió a la Archidiócesis de Valladolid el año Jubilar de la Santidad, enmarcado en el tercer centenario de la canonización de santo Toribio de Mogrovejo. Este año de Santidad comenzó el pasado 3 de enero y concluirá el 10 de diciembre de 2026, coincidiendo con los 300 años de su canonización proclamada por el papa Benedicto XIII mediante la bula Quoniam Spiritus el 10 de diciembre de 1726.
A santo Toribio de Mogrovejo se le conoce como el “Defensor del indio americano” según Napoleón Mogrovejo en su libro del mismo título, y también fue calificado como “El organizador y apóstol de sur-América”, según Vicente Rodríguez Valencia autor de su obra biográfica. Pero ¿quién fue santo Toribio de Mogrovejo? ¿Cuál fue vida, sus obras, sus milagros? Resumir una vida tan apasionante no es tarea sencilla, pues la intensidad con la que vivió el santo intentar sintetizar su gran legado en este breve artículo, estoy seguro, no hará justicia a la entrega con la que vivió en su encomienda como prelado.
Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo y Robledo, hijo del bachiller Luís Alfonso de Mogrovejo y Ana de Robledo, ambos de vieja estirpe, nació en la población de Mayorga, provincia de Valladolid el 16 de noviembre de 1538 y falleció a la edad de 67 años el 23 de marzo de 1606 en la localidad de Zaña (conocida históricamente como Saña) ubicada en la provincia de Chiclayo (Perú). Entre estas dos fechas transcurrió la apasionada vida de santo Toribio.
Recibió una educación esmerada, estudió Humanidades y Derecho. Precisamente esta formación universitaria y su profundo conocimiento del Derecho Canónico marcarían su actuación como arzobispo. Su vida bien puede resumirse en una palabra: “entrega”. Entrega a Cristo, a la Iglesia y de una manera muy especial a los hombres y mujeres que le fueron confiados, especialmente a los pueblos indígenas.
La vida de santo Toribio dio un giro inesperado cuando fue elegido para ocupar la sede arzobispal de Lima. Aceptó una misión para la que tuvo que preparase, recibiendo las órdenes sagradas y fue consagrado obispo antes de emprender el viaje a su nuevo destino. Llegó a Perú en 1581 y desde el principio comprendió que no podía ser un obispo encerrado en su palacio episcopal. Era consciente que la inmensa archidiócesis de Lima necesitaba un pastor que conociera personalmente a sus ovejas. Santo Toribio hizo de las visitas pastorales una de las características fundamentales de su episcopado. Y así comenzó una de las aventuras misioneras más impresionantes del siglo XVI.
Durante años recorrió su gigantesca diócesis. Pero no se limitó a visitar las poblaciones más pobladas, buscó también las aldeas más pequeñas y lugares apartados donde vivían comunidades indígenas, para lo cual tuvo que atravesar valles, desiertos, montañas, ríos y caminos prácticamente inexistentes. Testimonios de sus acompañantes describen estos viajes como extraordinariamente duros. En ocasiones iba a caballo o en mula (esta imagen del santo montado en caballo me trae a la memoria la fotografía del papa León en su etapa de misionero y obispo de Chiclayo, Perú), otras veces debía continuar a pie, hundido en el barro hasta las rodillas o atravesando senderos peligrosos entre montañas, pasando noches al aire libre y afrontando los cambios extremos de clima y altitud.
Su principio pastoral era tan sencillo como exigente: según santo Toribio el obispo debía estar donde estaba su pueblo. No quería que los indígenas tuvieran que desplazarse grandes distancias para recibir los sacramentos, por eso él mismo iba a buscarlos. Durante los testimonios del proceso de su canonización varios testigos narraron que si encontraba a una persona que necesitaba ser confirmada en un lugar remoto, prefería asumir personalmente el riesgo y el cansancio del viaje, antes que exponerla a esos peligros.
Santo Toribio vivió en una época en la que la evangelización de América estaba profundamente marcada por grandes desafíos sociales y políticos. Era consciente de su misión como pastor: conocer a los indígenas, evangelizar, administrar los sacramentos, corregir abusos, formar sacerdotes y defender la dignidad de los más pobres. Como arzobispo comprendió que anunciar el Evangelio no podía significar tolerar las injusticias. Por ello intervino con firmeza cuando encontró abusos contra los indígenas y procuró que los sacerdotes cumplieran adecuadamente con sus obligaciones pastorales. En cuanto a su preocupación por la formación cristiana, convocó el III Concilio de Limense (1582-1583) un hecho que fue fundamental para la organización de la iglesia peruana y la evangelización de América del Sur. Frutos de aquel esfuerzo fue la impresión del catecismo trilingüe: castellano, quechua (lengua muy común) y aimara, textos destinados a facilitar la transmisión de la fe a los pueblos originarios. Resulta una auténtica coincidencia que el mismo año (1583) en que se publicaba en Lima este conjunto de catecismos, se publicaba en Valladolid, la Cartilla de la doctrina cristiana, la famosa “cartilla de Valladolid” por privilegio de Felipe II, que se difundió por toda España y América.
Santo Toribio tenía claro que no se trataba sólo de bautizar, se trataba de que la fe pudiera ser comprendida y vivida. Estableció normas estrictas sobre la idoneidad de los sacerdotes para administrar los sacramentos y fijó un número máximo de fieles por parroquia (entre 200 y 300) para de esta forma poder asegurar una atención pastoral adecuada. Además en este Concilio se dictaron normas destinadas a frenar los abusos de los encomenderos españoles, exigiendo un trato justo de los nativos, así como reconocerles sus derechos como súbditos y fieles.
Una de las circunstancias más hermosas de su vida es su relación, ya sea directa o indirectamente con varias de las grandes figuras de la santidad peruana: santo Toribio administró la Confirmación a Santa Rosa de Lima.
En cuanto a cómo era su vida, los testimonios recogidos durante los procesos de beatificación y canonización, le describen como un hombre austero, dedicado a la oración y al ayuno. Dormía poco, comía con sobriedad y llevaba una vida de penitencia. Todos estos rasgos llegaron a considerar a sus contemporáneos como inexplicable que pudiera físicamente soportar tal ritmo de trabajo y viajes. Pero él tenía una explicación muy sencilla, decía: “el tiempo no es nuestro, pertenece a Dios y debía emplearse en el servicio a los demás”. Para él cada jornada era una oportunidad para hacer el bien.
En relación con sus viajes, hablar de los mismos, es hablar de una parte esencial de su santidad. No viajó por curiosidad, ni buscando reconocimiento. Viajó porque quería encontrarse con las personas allí donde vivían. Como he comentado sus viajes no fueron sencillos, al contrario, habitualmente se adentraba en lugares considerados muy peligrosos. Podríamos decir que su método pastoral era extraordinariamente moderno en un sentido profundo: “salir al encuentro”. Él no esperaba que las personas fueran hasta él. El iba hacia ellas. En este sentido, la figura de santo Toribio resulta especialmente significativa tres siglos después de su canonización, en una Iglesia que hoy continua hablando de una evangelización misionera, cercana y capaz de llegar a las periferias.
En cuanto a los milagros atribuidos al santo, la tradición recoge numerosos hechos considerados milagrosos. Algunos pertenecen a los relatos de su vida; otros son atribuidos a su intercesión después de su muerte. Uno de esos casos documentados es el de Mateo de Rojas y Agüero, seminarista que padecía una grave dolencia caracterizada por flujos de sangre. Según los testimonios del proceso, el seminarista obtuvo la curación después de que se le aplicara una reliquia de santo Toribio. También existe la tradición del llamado “milagro del agua de Macate”, según la cual, durante uno de sus viajes pastorales santo Toribio hizo brotar agua de una roca para aliviar la falta de agua que desde hacia tiempo sufrían los habitantes de esa población. Estos son dos de los milagros atribuidos al santo, pero quizá haya un sentido más profundo en la palabra milagro aplicada a santo Toribio: su verdadero milagro fue una vida entera entregada a los demás. Una vida dedicada visitando comunidades, celebrando sacramentos, formando sacerdotes, publicando catecismos en las lenguas vernáculas de los indígenas, defendiendo a los débiles y organizando una Iglesia en pleno proceso de consolidación.
Su última gran misión pastoral la emprendió el año 1605. Su cuerpo estaba ya agotado, pero su espíritu permanecía decidido. Recorrió nuevamente extensas regiones del norte del Perú. Durante la Semana Santa de ese año se encontraba en Trujillo. Desde allí quiso dirigirse a Zaña. Fue allí donde terminaron sus días. Su muerte tuvo algo de simbólico: “el pastor murió en camino hacia sus ovejas”.
El tercer centenario de su canonización no debería ser solamente una conmemoración histórica. Sobre todo teniendo en cuenta la lección sobre el tiempo que nos ha dejado santo Toribio; “el tiempo no es nuestro, pertenece a Dios y debía emplearse en el servicio a los demás”.