Tiempo de color

131-28
Pentecostés, El Greco c.a. 1596
Museo Nacional del Prado, Madrid

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Ven, Espíritu Divino
de Jesús, vida y aliento.
Ven soplo eterno del Padre,
que creas al hombre nuevo.
Ven, intimidad de Cristo,
que das vida a los sarmientos.
Ven, energía divina,
tempestad de Dios y viento,
que abres las puertas cerradas
y rompes todos los cepos.

2014, Año de El Greco. El Griego de Toledo, pinta de nuevo las calles de nuestras ciudades. De modo singular, el Griego de Toledo, está convocando en este año cultural a miles de turistas y amantes de su color y sus formas, para muchos caracterizados como “extravagancias”, en el mejor de sus sentidos. ¿Acaso no lo es el misterio que en esta ocasión contemplamos? Un derroche de luz y fuego, de color y calor, de palabra y fiesta, de comunidad y acogida, es Pentecostés.

Los colores que ha teñido tantos sentimientos en esta Pascua, nos recuerdan la paleta del pintor de Pentecostés. La historia comenzó oscurecida por la ausencia del blanco. ¿Qué hacer? ¿Llorar la ausencia? ¿Vivir el recuerdo? ¿Ser intrépidos cantores del Color Esperanza? Seguramente San Juan Pablo II nos recuerda en su santidad la armonía y melodía, el acompañamiento del Encuentro con la juventud española en Cuatro Vientos: “Saber que se quiere, querer que se pueda… pintar el cielo color esperanza”.

En este Pentecostés “Agua Viva” recuerda la sinfonía del color del Espíritu. Nos alegramos con el testimonio de los nuevos santos Juan XXIII y Juan Pablo II, pintores de Pascua, su talento brilla en nuestro taller y sabemos con certeza que las “obras maestras” volverán.

 
DESDE LA PALABRA DE DIOS

Hechos 2, 1–11 es una secuencia de lo que ocurrió aquel día. El relato continúa en encuentros, discursos y adhesiones. La llegada del Espíritu eclosiona el Cenáculo y los signos de vida se multiplican en la plaza pública. Son los frutos de la presencia: el mensaje desborda los corazones y los labios ¿de dónde y cómo nos brotan estas palabras? Se dirían los apóstoles, ¿cómo y qué cambios operan en quienes les escuchamos? Se dirían los peregrinos y vecinos de Jerusalén.

Pascua y Pentecostés están ligados por un inicio común: Pasa Dios por nuestra vida, nos entregó la Ley y vivimos en Alianza; pasó Dios por la Cruz y el Sepulcro de Jesús resucitando para siempre. Pasa el Espíritu, y no sólo sopla. Su presencia es luz y lenguas y entendimiento y misión y pueblos y gentes.

La palabra se dice con el aliento de quien respira. Al Cenáculo llega un aliento que hace brotar palabras inauditas, no sólo en idiomas, sino en mensajes que desvelan dudas e incomprensiones. Todos los pueblos en sus idiomas y dialectos escuchan la buena noticia: una alianza universal nos hace hijos y hermanos. Dios es. En su ser y amar es Padre, es Hijo y es Espíritu.

El Espíritu es eje que guía lo acontecido. Está arriba y viene a los abajo. Todo estaba anunciado, cuántas veces Jesús lo había prometido, y ahora es cierto, está entre nosotros y actúa más allá de nuestros recuerdos y esperanzas. Las lenguas diversas de los reunidos en el Cenáculo anuncian una palabra que es discurso y mensaje: lo de Dios, lo de los hombres, lo de Jesús, lo de los testigos que desde ahora se llaman Iglesia.

Sólo existe comunicación si al anuncio prosigue la acogida, si hay respuesta. Aquel día la respuesta fue profética. Si decimos las palabras del Señor, en las estadísticas se invierten las tendencias. Aquel día se les agregaron unos cinco mil. (Artículo íntegro sólo para suscriptores)

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