Tiempo de color

Pentecostés
Pentecostés, El Greco c.a. 1596
Museo Nacional del Prado, Madrid

Guillermo Camino Beazcua, Presbítero y Profesor de Historia del Arte

Ven, Espíritu Divino
de Jesús, vida y aliento.
Ven soplo eterno del Padre,
que creas al hombre nuevo.
Ven, intimidad de Cristo,
que das vida a los sarmientos.
Ven, energía divina,
tempestad de Dios y viento,
que abres las puertas cerradas
y rompes todos los cepos.

2014, Año de El Greco. El Griego de Toledo, pinta de nuevo las calles de nuestras ciudades. De modo singular, el Griego de Toledo, está convocando en este año cultural a miles de turistas y amantes de su color y sus formas, para muchos caracterizados como “extravagancias”, en el mejor de sus sentidos. ¿Acaso no lo es el misterio que en esta ocasión contemplamos? Un derroche de luz y fuego, de color y calor, de palabra y fiesta, de comunidad y acogida, es Pentecostés.

Los colores que ha teñido tantos sentimientos en esta Pascua, nos recuerdan la paleta del pintor de Pentecostés. La historia comenzó oscurecida por la ausencia del blanco. ¿Qué hacer? ¿Llorar la ausencia? ¿Vivir el recuerdo? ¿Ser intrépidos cantores del Color Esperanza? Seguramente San Juan Pablo II nos recuerda en su santidad la armonía y melodía, el acompañamiento del Encuentro con la juventud española en Cuatro Vientos: “Saber que se quiere, querer que se pueda… pintar el cielo color esperanza”.

En este Pentecostés “Agua Viva” recuerda la sinfonía del color del Espíritu. Nos alegramos con el testimonio de los nuevos santos Juan XXIII y Juan Pablo II, pintores de Pascua, su talento brilla en nuestro taller y sabemos con certeza que las “obras maestras” volverán.

 
DESDE LA PALABRA DE DIOS

Hechos 2, 1–11 es una secuencia de lo que ocurrió aquel día. El relato continúa en encuentros, discursos y adhesiones. La llegada del Espíritu eclosiona el Cenáculo y los signos de vida se multiplican en la plaza pública. Son los frutos de la presencia: el mensaje desborda los corazones y los labios ¿de dónde y cómo nos brotan estas palabras? Se dirían los apóstoles, ¿cómo y qué cambios operan en quienes les escuchamos? Se dirían los peregrinos y vecinos de Jerusalén.

Pascua y Pentecostés están ligados por un inicio común: Pasa Dios por nuestra vida, nos entregó la Ley y vivimos en Alianza; pasó Dios por la Cruz y el Sepulcro de Jesús resucitando para siempre. Pasa el Espíritu, y no sólo sopla. Su presencia es luz y lenguas y entendimiento y misión y pueblos y gentes.

La palabra se dice con el aliento de quien respira. Al Cenáculo llega un aliento que hace brotar palabras inauditas, no sólo en idiomas, sino en mensajes que desvelan dudas e incomprensiones. Todos los pueblos en sus idiomas y dialectos escuchan la buena noticia: una alianza universal nos hace hijos y hermanos. Dios es. En su ser y amar es Padre, es Hijo y es Espíritu.

El Espíritu es eje que guía lo acontecido. Está arriba y viene a los abajo. Todo estaba anunciado, cuántas veces Jesús lo había prometido, y ahora es cierto, está entre nosotros y actúa más allá de nuestros recuerdos y esperanzas. Las lenguas diversas de los reunidos en el Cenáculo anuncian una palabra que es discurso y mensaje: lo de Dios, lo de los hombres, lo de Jesús, lo de los testigos que desde ahora se llaman Iglesia.

Sólo existe comunicación si al anuncio prosigue la acogida, si hay respuesta. Aquel día la respuesta fue profética. Si decimos las palabras del Señor, en las estadísticas se invierten las tendencias. Aquel día se les agregaron unos cinco mil.

Detalle de Pentecostés

 
DESDE NUESTRA TRADICIÓN ESPIRITUAL

Al evocar las páginas de Pentecostés, hay un motivo que sintetiza todo lo acontecido: el Cenáculo. El Greco lo ha reducido a un fondo neutro en el que la arquitectura queda subordinada a la arquitectura vital: el cuerpo apostólico. El Pentecostés formaba parte del cuerpo alto del retablo realizado por El Greco entre 1595-1600 para el Colegio de Doña María de Aragón, tal como presentábamos en el anterior número. La Anunciación y el Bautismo serían compañeros, pero estaban colocados en el cuerpo bajo de dicho retablo y respecto a ellos debe relacionarse el color y el tema de la propia obra. Como en los demás cuadros del encargo, el artista ha empleado un triángulo, en este caso invertido, para organizar la composición. Las dos figuras de primer plano son vistas en una perspectiva diferente, posiblemente para acercarlas al espectador (recordemos que el lienzo ocupaba la parte superior del retablo junto a la Resurrección).

La Virgen, sentada, preside la Comunidad y a su alrededor se agrupan los Apóstoles y la Magdalena. Las figuras presentan una clara isocefalia que recuerda al gótico. La luz procede de la paloma del Espíritu Santo, hacia la que buen número de personajes elevan la mirada. Es una luz fuerte y clara que provoca la pérdida del color allí donde incide, especialmente en la túnica de María o en las figuras de primer plano. El maestro emplea una figura arquetípica en sus obras, alejada totalmente del canon clásico de belleza, en el que la proporción y la belleza son las claves.

Así, el cretense estiliza la silueta al desarrollar un canon de uno a trece, es decir la cabeza es la decimotercera parte del cuerpo. Se crean esas largas figuras con la cabeza muy pequeña y envueltas en amplios ropajes que impiden ver su anatomía, totalmente contrario a sus orígenes, cuando la personalidad de Miguel Ángel dejó una profunda huella en la obra del Candiota.

El colorido usado por el artista es muy variado, predominando los tonos fuertes en los que la luz hace estragos. Esta utilización teatral de la iluminación puede asegurarse que fue aprendida en Venecia junto a Tintoretto. La pincelada es rápida y vibrante, aplicada mediante manchas. Transcurre en un interior que se abre profético, el aliento del Espíritu necesita un respiradero que le haga recordar a la Comunidad que vive para lo que sucede más allá de sus puertas y muros.

Pentecostés es fuerte aliento, signo de vida. Tiene como punto focal la álgida acción del Espíritu, colocado en el Centro, arriba, se ha convertido en foco que ilumina, inunda de luz, marca en el desplegarse sus rayos, los caminos centrífugos de la misión. Y a cada uno le entrega su color: habrá quien anuncie en verde, quien lo haga en azul, amarillo, rojo o violeta… la paleta del Espíritu prodiga matices en forma de carismas. Pero su fuerza que lanza y envía, es también dinámica que reúne que convoca y forma Comunidad. Ha nacido la Misión y al nacer, viene a la vida la Comunidad de los Misioneros. Por eso los reunidos forman un corro de hermanos, hay un sitio igual para cada uno.

La unidad en el Cenáculo será signo de eficacia y validez de la misión. Quien anuncia unido dice palabras más que suyas. Quien vive en Comunidad se siente interpelado a anunciar lo que vive. La unidad de la familia es alentada por la presencia de la Madre. La habían recibido como la mejor herencia del Crucificado y la mejor memoria del Resucitado.

 
UNA IMAGEN PARA ORAR

En el trascurso de estos días al celebrar Pentecostés, recuerda lo narrado en Hechos 2. No te olvides del día entero. Este lienzo posee un bello enmarque de flores y frutos, son signo de la obra del Espíritu. Al acoger esta Palabra, piensa cómo situarte ante ella. Como siempre, en medio del Cenáculo hay un espacio para ti. Y a buen seguro que el artista no ha agotado la paleta de colores, ¿cuál es el tuyo? No dudes del regalo que se te ha dado ¿hay barnices que lo ocultan? ¿El paso del tiempo lo ha matizado? No estaría mal que nos dejemos restaurar y devolver la imagen prístina que el Espíritu nos otorgó y sigue pintando, en color esperanza.

Es viento, ¿qué te empuja? Es palabra ¿cuántas te callas y cuántas son demasiado tuyas? Es luz ¿qué dirección te marca con sus rayos? Es misión, te esperan. Conoces las puertas que te llevan a la plaza pública del día a día. No estaría mal que abrieses en estos días alguna cuyas bisagras estén oxidadas. En ese esfuerzo por abrir y renacer, que te acompañen las palabras del Espíritu. Con la Iglesia decimos éstas:

Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
Dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

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