Juan, el evangelista del Amor

141-06

Jesús García Gañán, Presbítero | Decía San Jerónimo: “Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”. Estas palabras tan acertadas, a la vez que profundas, han de interpelarnos a todos los que nos confesamos seguidores de Jesucristo. El discípulo siempre escucha al maestro, y aprende de él, poniendo en práctica sus enseñanzas. Así, para un cristiano, discípulo de Jesús, la Palabra de Dios debe ser lo primero. ¡Qué importante es leer cada día algún pasaje del Evangelio; rumiar las palabras de Jesús; meditar y reflexionar con la Escritura y sobre todo, tratar de vivir aquello que proclamamos y escuchamos! Hoy nos detenemos en uno de los cuatro evangelistas: San Juan.

 
Un Evangelio distinto

El suyo, es el llamado cuarto evangelio, y tiene un tono diferente a los otros tres, los de Mateo, Marcos y Lucas, que reciben el nombre de Sinópticos. Es fácil darse cuenta de este dato, pues si abrimos la primera página del evangelio de Juan, enseguida nos sorprende su lenguaje, y también el contenido de lo narrado. Mientras que en los evangelios Sinópticos el centro es la actividad de Jesús, en Juan lo importante es la persona misma de Jesús, unido íntimamente a Dios Padre y enviado por Él para la salvación de todos los hombres. En el primer capítulo de este evangelio, el prólogo de San Juan, se hace referencia al principio de todo, y Jesús es llamado Logos, es decir, Palabra eterna del Padre, que existe desde siempre con Él y por quien todo fue hecho. Jesús es enviado por el Padre y se hace carne, uno más con los hombres excepto en el pecado, pero sin embargo, Él, que es la luz eterna, no es recibido por los hombres, que prefirieron las tinieblas a la luz: “vino a los suyos y los suyos no le recibieron”. Ya desde este primer capítulo, podemos ver claramente lo que Juan busca con su evangelio: mostrarnos a Jesús como aquel que procede del Padre, es eterno, y entre los que existe una comunión muy estrecha e íntima. Hay además muchos pasajes de la vida de Jesús que solamente se encuentran en este evangelio, como las bodas de Caná, la mujer samaritana o la escena de Jesús crucificado con su Madre y el discípulo amado, entre otras.

 
“Haced lo que Él os diga”

María, la Madre de Jesús, tiene un papel relevante en esta escena. Es Ella la que se percata de que aquellos novios están pasándolo mal, ¡se les ha acabado el vino en uno de los días más importantes de su vida! Y María, como buena intercesora y amiga, le dice a Jesús que haga un milagro, el primero de todos, que se muestre como quien es y ayude a esos novios en el banquete. La frase de María a los sirvientes es contundente: “Haced lo que Él os diga”. Bien podemos aplicar estas palabras a nuestra vida, nosotros, tan necesitados de que el Señor nos hable y nos muestre su voluntad; pero sobre todo, tan necesitados de su ayuda para poner en práctica su palabra. María, además de darnos un consejo, nos transmite también su ejemplo, pues Ella no solo escuchó, sino que también hizo, se puso en manos de Dios, y confió plenamente en el Poderoso.

 
“Dame de beber”

El encuentro con la samaritana también destaca por la gran riqueza de expresiones y detalles. Jesús rompe todas las barreras, cuando cansado, junto al pozo de Jacob, pide de beber un poco de agua a una samaritana. Bien sabemos que los judíos y los samaritanos no se trataban, pero el Señor, una vez más, nos da ejemplo de caridad, de amor sin límites, de acogida profunda a todos. Es una nota característica de este evangelio: el amor. Lo vemos de una manera clara a partir del capítulo 13, con continuas referencias a esta virtud: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”; “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”; “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. El encuentro entre el Señor y esta mujer samaritana de mala vida, hacen que ella cambie y se convierta en una auténtica seguidora del Mesías. El evangelista nos dice que después de aquella conversación, ella corrió al poblado y “muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por las palabras de la mujer, que atestiguaba: me ha dicho todo lo que he hecho”. En este bello pasaje vemos cómo verdaderamente ella dejó que esa agua viva la renovara por dentro y purificara su corazón de tantas inmundicias e idolatrías, algo de lo que todos estamos muy necesitados.

 
“Ahí tienes a tu Madre”

Juan es el único evangelista que nos narra esa bella escena de Jesús crucificado con María y el discípulo amado. Antes de morir, nuestro Señor tiene una breve conversación con dos personas que habían sido muy importantes en su vida: María, su Madre, en quien Él se había encarnado y de quien había aprendido todo, junto con José, en el hogar de Nazaret; y su discípulo amado, aquel que se había recostado en su pecho en la última cena y el único que ahora, en el momento de la cruz, le acompañaba en tal suplicio. Jesús aprovecha ese momento para algo tan importante como entregarnos a su Madre. Es el último instante de su vida en la tierra antes de resucitar, y el Señor nos da como última consigna, a su Madre misma. El evangelista nos cuenta que inmediatamente “el discípulo, desde aquella hora, la acogió en su casa”. Hagamos nosotros lo mismo. El Señor nos hace el regalo de entregarnos a su misma Madre para acogerla como madre nuestra, intercesora, abogada, modelo y maestra de vida. Que jamás nos olvidemos de las palabras de Jesús al discípulo amado, en quien estamos representados todos nosotros: “Ahí tienes a tu Madre”.

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