En el corazón de las flores

| Tomás caminaba rápido mientras dibujaba idénticos círculos sobre el envejecido claustro. El nerviosismo de sus pisadas marcaba el compás de un corazón inquieto tras varios días de idas y venidas a un almacén donde las estanterías empezaban a mostrar enormes huecos vacíos.
– Hermano Daniel, se están agotando nuestras provisiones y apenas tenemos dinero suficiente para subsistir tres meses más -dijo Tomás dirigiéndose al abad que se había acercado para acompañar sus pasos-.
– Te diré lo que haremos: dirígete al mercado, busca el puesto del viejo Pedro y pídele los bulbos de tulipanes que te pueda dar por estas monedas. Cuando vuelvas, plántalos a lo largo del camino que va hacia la capilla y… ¡confía!
Tomás no entendía nada y de camino al mercado refunfuñaba: «Apenas tenemos dinero y, en lugar de comprar el alimento necesario, lo malgasto en unas simples flores». Pero Tomás obedeció en todo a su superior, buscó al viejo Pedro y de vuelta al monasterio plantó los bulbos como se le había indicado. Pasó el tiempo y los tulipanes crecieron llenos de hermosura. A los tres meses sus bellas flores empezaban a dar el más agradable colorido al camino.
– Hermano Daniel, ya hemos agotado todo el alimento ¿qué vamos a hacer? -preguntó Tomas-. Hoy no tenemos para alimentar a nuestros hermanos y los pobres del pueblo vendrán pronto a por la ración que siempre les hemos ofrecido.
– Hermano Tomás, ¿cómo están los tulipanes?
– Bellos y grandes, hermano Daniel, pero no podemos alimentarnos con ellos.
– Confía, hermano Tomás, confía.
– Hasta que no vea el almacén lleno no creeré -contestó Tomás-.
Al día siguiente llegó al monasterio un gran carro de alimentos y, en medio, su pequeño saco lleno de monedas con las que los monjes pudieron alimentarse durante mucho tiempo. Y no sólo ellos, sino que todas las familias necesitadas del pueblo recibieron su parte.
Pasaron unos meses desde aquel bien llamado milagro cuando el monasterio se vio afectado por un fuerte virus que provocó que muchos de los monjes cayeran gravemente enfermos e, incluso, a algunos de los hermanos mayores les llegó la hora de entregarse al Señor. Tomás reunió las fuerzas suficientes para levantarse de su cama y, tambaleándose aún, se dirigió a su abad.
– Hermano Daniel, soy el más joven del monasterio y los demás me necesitan. Déjame ir a la ciudad en busca de las medicinas que nos hacen falta.
– Hermano Tomás, vas a ir a la ciudad, pero en lugar de dirigirte al boticario, vuelve al puesto del viejo Pedro y pídele todos los tubérculos de dalias que te pueda dar por estas monedas. Cuando regreses, plántalos a cada uno de los lados del camino junto a los tulipanes y… ¡confía!
Tomás, de nuevo, se dirigió incrédulo hacia el mercado pensando que, tal vez, la fiebre hubiese afectado también al hermano Daniel y, por esta razón, su agotamiento traería belleza al campo, pero no la salud a sus hermanos. Hizo como el abad le había mandado y, al cabo de un tiempo, el jardín del monasterio obtuvo una nota de color cada vez más bella gracias a las dalias.
– Hermano Daniel, -dudó Tomás- ¿qué pasó aquel día que fui al mercado y a la vuelta todos me recibisteis con una gran salud y una taza con aquella sopa que habíais preparado para mí?
– Hermano Tomás, ¿cómo están las dalias?
– Hermosas y florecidas, hermano David, pero… ¿qué tiene eso que ver?
– Confía, hermano Tomás, confía.
– Hasta que no comprenda qué fue lo que nos curó no creeré -contestó Tomás-.
Tiempo después una gran helada azotó aquellas tierras de modo que el campo casi no podía producir y el frío hacía interminables los días. El hermano Daniel volvió a hacerle un encargo a Tomás.
– Vuelve a la ciudad, hermano Tomás, busca el viejo Pedro y pídele todos los bulbos de azucenas que te pueda dar por estas monedas. Cuando vuelas, plántalas en el centro entre los tulipanes y las dalias y… ¡confía!
Tomás obedecía mientras se preguntaba si no sería más sencillo ir a buscar leña para calentarse en lugar de plantar unas azucenas que difícilmente podrían resistir la helada para poder crecer. Pero el tiempo pasó y el jardín se había convertido en el mayor regalo para los ojos del hombre. Todas las flores que habían sido plantadas se mantuvieron vivas a pesar del mal tiempo. Tomás, dirigiéndose al abad, dijo.
– Hermano Daniel, ¿cómo es posible que hayamos conseguido este hermoso jardín después de todo lo que hemos pasado?
– Querido Tomás, cada vez que tú te ibas a la ciudad, yo me confiaba al Sagrado Corazón para que su Divina Providencia cuidara de sus humildes siervos como tú has cuidado de esas bellas flores. Ellas confiaron en ti y se dejaron cuidar en tus manos. Por eso, en primer lugar, te mandé plantar los tulipanes porque ellos simbolizan una declaración de amor, el amor perfecto y ¡qué declaración de amor hay más perfecta que la que Dios ha hecho por nosotros al entregar a su Hijo amado!… A los pocos días llegó aquel carro lleno de provisiones que había enviado el conde al enterarse de nuestra situación. En segundo lugar, plantaste las dalias, símbolo de gratitud, como muestra de nuestro agradecimiento, el Señor por estar siempre a nuestro lado… Cuando tú te fuiste a la ciudad, apareció una anciana mujer con unas plantas que nos aseguraba servirían para nuestra curación y así lo hicieron de una forma asombrosamente rápida.
– ¿Y por qué plantamos las azucenas en el centro de toda esa hermosura?
– Porque las azucenas son el Corazón Inocente que nos ha salvado, la Majestuosidad a la que nos hemos rendido por la belleza de su Corazón del que brota la sangre y el agua que dan vida.
– Igual que del corazón de esos bulbos y tubérculos nacen una y otra vez las flores, así nosotros renacemos en el Corazón de Cristo -afirmó Tomás-. A pesar del mal tiempo las flores sobrevivieron y nosotros también, pues llevamos al que es Vida en nuestro interior.
¿Ahora que has visto, confías, hermano Tomás?